Solo Para Viajeros

Mi primera aproximación al Lejano Sur de Sudamérica: “En la Patagonia” de Bruce Chatwin

Mi opinión

El Bruce Chatwin que conozco es dinamita pura aunque la crítica, especialmente la de su país, y el establishment académico hayan querido demonizarlo por genial y por disoluto. “En la Patagonia”, el relato de su viaje de seis meses por el extremo sur de la Argentina que les dejo en estos #100librosparaviajeros, es para mí uno de los títulos más espléndidos de lo que hemos convenido en llamar literatura de viajes. Chatwin es un autor de culto. Murió muy pronto, a los 48 años. Fue amigo de Salmand Rushdie, Susan Sontag, Werner Herzog y otros grandes.


“SI NO SE ESCRIBE DESPUÉS DE UN VIAJE, ¿QUÉ SENTIDO TIENE HABERLO HECHO? “
—BRUCE CHATWIN

El recorrido de seis meses que Bruce Chatwin realiza en 1972 por la inhóspita Patagonia, como todos los viajes que trascienden, no hay que ser Michel Onfray para decirlo, empieza con una remembranza: la de un niño ensimismado que en la casa familiar atisba el retazo de una piel de brontosaurio traída desde los confines del planeta por un pariente lejano que decía haber pasado sus mejores días navegando sobre las tempestuosas aguas del estrecho de Magallanes.

Chatwin, nacido en 1940 en Yorkshire, Inglaterra, fue un niño genio que a los veintitantos años se había convertido en un notable y excéntrico curador de arte de la galería Sotheby’s, en Londres, donde frecuentó a artistas de renombre y años después, publicada su opera prima, En la Patagonia, a casi toda la capilla intelectual de su tiempo. Amigos suyos fueron Susan Sontag, Paul Theroux, Werner Herzog, Salman Rushdie y también Nicholas Shakespeare, su biógrafo más confiable. Bisexual, lúcido, siempre a contracorriente, antes de cumplir los treinta había permutado el arte por la arqueología y a ésta por viajar, como un nómada, por todo el planeta.

Como un periodista nómada, agrego.

Cumplidos los 32 años, el inglés dejó atrás su meteórica carrera como reportero en el Sunday Times para ir tras el rastro de ese animal prehistórico que alguna vez debió mover su prodigiosa anatomía sobre una pampa inacabable que con el correr de los siglos y el paso inexorable del tiempo devino en un territorio poblado por indígenas maltratados y exiliados de todos los confines del mundo.

La leyenda urbana atestigua que en una de las tantas comisiones periodísticas asignadas conoció en Paris a la arquitecta de 93 años Eileen Gray. Mientras conversaban, Chatwin se percata de la presencia de un mapa de la Patagonia pintado por la entrevistada.  «Siempre deseé ir allí» le confiesa Chatwin impulsado por sus recuerdos más antiguos. «Yo también» le replica ella, «ve allí por mí».

Bruce Chatwin dejó todo y partió con prisa hacia Sudamérica. Dicen también que estando por aquí cortó su relación laboral con el diario inglés con un telegrama bastante escueto: «Me he ido a la Patagonia». El libro donde organizó las infinitas notas que fue escribiendo sobre las hojas muy bien alineadas de sus libretas Moleskine salió a la luz en 1977 para convertirlo en un referente de la literatura de viajes.

Dos novelas exteriorizan su diáspora por el mundo interrumpida por la inoportuna muerte, a los 48 años, víctima del entonces novedoso sida: “En la Patagonia”, el libro que les dejo esta semana y “Los trazos de la canción”, el compendio de sus andanzas por el territorio de la Australia aborigen. Sobre él, Salman Rushdie, que lo conoció, lo he mencionado, dejó este comentario: “entre mis coetáneos, el suyo era el espíritu más erudito y quizá el más brillante que yo haya visto nunca”.

La Patagonia que recorre el escritor inglés es un territorio poblado de indios retraídos, ganaderos broncos e inmigrantes –galeses en su mayoría, pero también escoceses, alemanes, italianos, judíos, rusos y hasta boers- impedidos de dejar el encierro al que los había sometido la geografía brutal del último rincón de la tierra. En la descripción de las fisonomías humanas con las que se topa Chatwin es más detallista y prolijo que W. H. Hudson, el autodidacta inglés, aunque nacido en los Estados Unidos, que recorrió esa región ignota a fines del siglo XIX para diseccionar su belleza natural y dejar para la inmortalidad un título que he leído una y mil veces: “Días de ocio en la Patagonia”

Aunque muchos de los protagonistas de la trepidante narración de Chatwin negaron la veracidad del relato del inglés, el libro es de una prosa brillante y muy bien sostenida. El desierto patagónico de “En la Patagonia” es el lejano oeste, la tierra de promisión para algunos o el país del nunca volver para otros. Las historias que relata, la mayor parte salidas de las bibliotecas que el autor frecuentó en su calidad de erudito insomne, son fabulosas.

Y aquí una primera digresión: Chatwin no ha sido el único de los escritores de viajes esquilmados por la crítica debido a la aparente ligereza –o falta de veracidad- de sus relatos. Sus críticos más severos  le achacan al londinense el haber inventado situaciones que jamás se dieron y/o fraguar testimonios con el propósito de darle mayor prestancia a sus descripciones. A Hemingway le paso lo mismo, sus impugnadores consideran que sus cuitas por el planeta son un canto a la exageración y la mitomanía. Lo mismo le sucedió al gran Manu Leguineche, uno de los favoritos de estos #100librosparaviajeros: “El camino más corto, ha dicho el periodista Víctor López en una biografía última sobre el vasco, describe diversos avatares, algunos de los cuales pudo adornarlos con la magia del lenguaje”.

Nicholas Shakespeare, que por cierto es autor de una novelita muy interesante sobre la captura de Abimael Guzmán, dirá, para bajarle estruendo a los pistoletazos de los impugnadores de su compañero de andanzas que en lugar de verdades, el autor de En la Patagonia se fue dejándonos verdades y medias sobre el bioma sudamericano. Esa manera chatwiniana de exagerarlo todo es valorada por otros de sus amigos, el montañista alemán Werner Herzog. Para el himalayista “si los hechos fueran únicamente realidad no habría poesía”. Y en los relatos del londinense abunda la poesía.

“No mienten por mentir -dijo, de él y de Hemingway, Martha Gellhorn, la célebre corresponsal de guerra-. Inventan, para acrecentar todo lo que se refiere a ello, y a sus vidas, y se lo creen. Se creen todo lo que dicen”.

Por En la Patagonia de Chatwin desfilan Butch Cassidy y Sundance Kid, tremebundos y malosos entre los gauchos de la frontera; su Alteza Real el Príncipe Philippe de la Araucanía y la Patagonia, un iluso seguro de haber heredado un reino inacabable; los corsarios del rey, John Davis y  Thomas Cavendish y los afanosos buscadores de Trapalanda, la Ciudad Encantada de los Césares, un El Dorado enclavado justamente donde acaban los Andes meridionales y comienza el hielo magallánico.

También Darwin, Fitz Roy y el mismísimo Florentino Ameghino.

Debo decir que he viajado con el libro de Chatwin en mis manos por la Patagonia de Chile y Argentina: nada de lo que vi y sentí, treinta años después del periplo del escritor muerto dejando una obra inconclusa que pudo ser brillante, tenía la densidad, el fuego y la tesitura de sus relatos. Entonces comprendí la verdad de esta otra cita recogida al azar del libro de un viajero por el Perú: “Diréis que me tomo demasiadas libertades, a pesar de la licencia que se debe acordar a todo viajero desde los tiempos de Simbad el Marino- a su regreso de tierras lejanas”.

Licencias, de eso se trata.

Lean el retrato real-maravillo de Chatwin sobre la Patagonia de todos los tiempos. Es soberbio, se los recomiendo. Buen viaje…

Otrosí digo:

Luis Sepúlveda, el escritor chileno, narra en “Patagonia Express”, su libro más comentado, un encuentro con Bruce Chatwin en Barcelona a sugerencia de sus editores españoles. Los dos escritores patagónicos se habían citado para repasar las correrías de Butch Cassidy y Sundance Kid por el fin del mundo. De esa conversación regada con abundante coñac, el chileno recuerda la promesa que le hiciera al inglés de un viaje juntos por la Patagonia y un regalo inesperado del consagrado escritor: una delicada libreta Moleskine. “Bruce sugirió que antes de usarla hiciera como él: primero numerar las hojas, luego anotar en la contratapa por lo menos dos direcciones en el mundo y, finalmente, prometer una recompensa a quien devolviera la libreta en caso de pérdida”.

Ese viaje al alimón, lamentablemente, nunca se produjo. Cuando Sepúlveda recibió de parte de la dictadura chilena el visto bueno para regresar a su país, Bruce Chatwin ya había muerto. Curioso, los dos grandes autores de la Patagonia, ese fin del mundo que a pesar de haber cambiado tanto seguimos amando, se fueron de este planeta iluso por acción y omisión de dos de las pandemias generadas por el Armagedón que hemos creado, el Sida y el Covid-19.

“Viajero irredento, extraordinario contador de historias y con una fina sensibilidad para el arte: se dice que fue durante su período en Sotheby’s que detectó un falso Picasso y que esa agudeza le valió posicionarse como “la” autoridad en arte impresionista”.
Con Borges en Londres. Bruce Chatwin (1940-1989) se ha convertido con el pasar de los años en un escritor de culto.

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