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Un puente sobre el dosel del bosque nuboso

Diario de viaje, día 29 John Achicalagua es cusqueño por donde se le mire y ama su trabajo. Biólogo por la Universidad San Antonio Abad del Cusco y responsable del funcionamiento de la Estación Biológica de Wayqecha, el buen John es el encargado de sostener mi visita al gabinete científico que Conservación Amazónica ACCA ha construido en medio de uno de los bosques de neblina más extraordinarios que conozco.

Aquí, sobre los 3,200 msnm, instalados con esfuerzo en los flancos orientales de la cordillera andina, se siente en toda su magnitud la fuerza de los vientos y de las nubes que vienen soplando desde el océano Atlántico para estrellarse, irse de bruces, contra las paredes rocosas de unas montañas poderosas y llenas de vegetación.

Y pensar que a pocos kilómetros de donde estoy, a tan solo diez minutos en auto, el ichu y la desolación de la puna siguen imponiendo condiciones.

Es el Perú un papel arrugado por los dioses, poblado por geografías encontradas e infinitos contrastes en la vida de las criaturas que pueblan sus rincones.

Estoy en el reino de las epífitas y de los excesos de la humedad y el agua por todas partes. El que llegó a este escenario natural  para recorrer sus bosques siente la tentación de convertir sus pulmones en branquias para retroceder millones de años en el calendario de la evolución y sentirse a gusto ante tan colosal diluvio.

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Mi habitación en medio de esta selva en el techo del mundo es un balcón, literal, sobre las nubes, parafraseando a Walter Wust quien ha pasado por aquí varias veces y anotó la idea en el cuaderno de visitantes que conserva las opiniones de muchos de  mis amigos: Brunella Vásquez, Kurt Holle, Álvaro del Campo, Manolo del Castillo, el Sapo Camino, Fernando Angulo, Oscar Vilca…

En el comedor de la estación biológica Achicalagua me presenta a los demás inquilinos de Wayqecha: cuatro chicas muy jóvenes, investigadoras todas de una universidad británica; dos estudiantes peruanos de la Universidad Nacional Agraria de Lima y de la varias veces centenaria Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco; una pareja de birdwatchers que ha llegado desde California y un pajarero inglés que recorre el mundo en bicicleta y no deja de hablar de sus hazañas por todas partes.

Los escucho, soy el extranjero en el país de la naturaleza extrema y lo mucho por aprender. Y admirar.

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 A las seis de la mañana salí con John Achicalagua  a recorrer el sendero que lleva a los visitantes al fabuloso canopy walkway de la estación biológica, una construcción metálica suspendida sobre el dosel del bosque justamente donde se funden el páramo andino con la vegetación tropical que empieza a   enseñorearse del paisaje que nos rodea.

La caminata por esta trocha sembrada de musgos, helechos, bromelias, orquídeas es de una belleza inigualable, una asombrosa inmersión por un jardín poblado por árboles de todas las trazas: algunos sobrevivientes del ecosistema que hemos dejado atrás, como los polylepis, y otros inmensos, rebozantes de vida, idénticos a los gigantes que dominan el llano amazónico.

Atravesar el canopy es asunto de bravos, sin duda. Como puedo me animo a hacerlo con la ilusión de conocer la parcela demostrativa que el biólogo Daniel Metcalfe, de la Universidad de Lund, Suiza, ha construido al otro lado de la estructura, al cercar con malla raschel metros y metros del bosque nuboso.

Metcalfe y su equipo están estudiando el comportamiento adaptativo de las especies del bosque frente a los cambios en el clima de la tierra.  En esa porción de la selva de Wayqecha el estrés  que produce el cambio de la temperatura en los seres vivos es registrado a través de múltiples aparatos. Genial, un gabinete de ciencias en medio de la selva del Cusco.

“Los árboles caminan, juguetea conmigo el biólogo, de verdad, el equipo de la Universidad de Lund y el que lidera Miles Silman de la Wake Forest University, otro investigador asociado a nuestra estación biológica, están demostrando lo mismo: las especies del bosque están colonizando nuevos territorios como una respuesta adaptativa a los cambios en el clima de la tierra. Este desplazamiento incluye también a las especies arbóreas”.

Vuelvo a cruzar el canopy  y en el camino, suspendidas a decenas de metros sobre el dosel del bosque, me tropiezo con las chicas que han llegado desde Inglaterra para desarrollar sus investigaciones en este Edén tan particular. Caramba, me digo, cruzan el puente colgante como si estuvieran en Abbey Road, impresionante…

 

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