Por Guillermo Reaño
Balaguer llegó al Perú al inicio del levantamiento senderista, época infausta que nos trajo a los peruanos tanto dolor y tantos muertos. Venía de una Argentina, 1983, cuyos habitantes empezaban a darse cuenta del horror causado por una dictadura militar que hizo de las desapariciones y las torturas su rasgo distintivo. Digamos que de la sartén pasó al fuego: en Lima fue reclutado por Enrique Zileri, el director de la emblemática revista Caretas, para convertirlo en corresponsal de guerra. Porque eso era lo que se vivía en Ayacucho, en el VRAEM, en Cutivireni, en el Alto Huallaga, los lugares que tuvo que frecuentar el recién estrendo fotógrafo en el cumplimiento de su trabajo.
De esos años el documentalista multimedia a tiempo completo guarda los recuerdos más imperecederos de su inagotable recorrido por el planeta que ha descrito con su lente y con su pluma. Y también las historias más dolorosas de una tragedia -toda guerra es eso, una tragedia- vivida por los asháninkas de Cutivireni, en la selva central, una nación atrapada entre todos los fuegos y el abandono secular.
En esas tierras inflamadas por la violencia Balaguer pudo retratar el rostro y los pesares de decenas de hombres y mujeres -niños, niñas y adolescentes- víctimas de la insania terrorista y los excesos cometidos para reprimir al infausto PCP-SL. De eso ya habíamos hablado en otra oportunidad, como es claro para los que nos siguen por aquí, Alejandro es un iejo amigo de esta casa. Esa otra conversación la pueden encontar el el podcast:
Con Alejandro Balaguer para hablar de VOLVER A VER y el genocidio ashaninka
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La conversación que les dejo por aquí nos volvió a encontrar en esa Lima tan opaca que de vez en cuando se olvida de sus grises para llenarse de celestes y brillos solares. Sobre el malecón de Chorrillos, en el límite del distrito con Barranco, el lugar donde viven sus hijos y sus nietos, Alejandro nos conó a grandes brazadas un poco de su navegación personal y sis convencimientos. También de las tareas cumplidas en Panamá, el país que lo acogió luego de su estancia peruana, con el fin de convertir su extrema biodiversidad en alimento cotifiano de sus habitantes: objetivo que ha cumplido con creces desde Fundación Albatros, su marca personal y en eesto días a través de
Allí va:
