Teresa, una nana peruana en Santiago de Chile

Mi opinión

Las fronteras nacionales ya no existen, se agotaron, lo que separa a las comunidades no son los hitos fronterizos, tampoco los controles migratorios. La transnacionalización de nuestras vidas solo sabe de fronteras sociales, económicas, jurídicas. Se puede ser un extranjero en el propio suelo que nos vio nacer.

Teresa es puneña, pero se gana la vida trabajando como empleada doméstica en un lujoso barrio de Santiago de Chile. La conocí en el rodoviario de Arica mientras esperábamos nuestro bus. Curioso, entre tantos rostros aparentemente relajados, propios de quienes ya se acostumbraron al rito de viajar, el suyo era el que más llamaba la atención.

Estaba sola, sentadita en una de las butacas frente al punto de embarque. Pensé de inmediato que su contrición y soledad escondían algún problema de difícil solución. No siempre se viaja por placer, en busca de aventuras; lo común, más bien, es el apuro, la cita con algún suceso inesperado. Siempre es así, en una estación de pasajeros las alegrías y tristezas se entrelazan.

Me senté a su lado y de inmediato empezamos a platicar. En un principio con cierta distancia, luego, al enterarnos de que los dos éramos peruanos, con fluidez, como dos amigos entrañables. Teresa también viene de Lima, la diferencia es que ella salió de Villa El Salvador, donde vive con su esposo e hijos, hace 21 horas y le faltan otras treinta y seis para llegar a su destino final. Me cuenta su historia: “Tengo dos hijos pequeños a los que voy a dejar con su papá. Qué se puede hacer, pues, el trabajo manda. Me espera en Santiago un trabajo de seiscientos dólares, en Lima ganaba 500 soles. Como se dice, joven, por mejoría mi casa dejaría…”

Teresa conoce el mercado laboral chileno mejor que nadie: estuvo en Santiago hace unos años trabajando en una casa de Las Condes hasta que el terremoto del 2010 la obligó a volver.  “Fue horrible, todo se movía y no tenía cuando acabar. Me enfermé de los nervios, lloraba todo el día, no sabía qué hacer. Lo peor no fue el terremoto, lo terrible fueron las réplicas”, me cuenta.

Las cifras dicen que suman ciento treinta mil los peruanos radicados en Chile, hasta hace poco tiempo la colonia extranjera más nutrida en el país del sur. Más que la argentina, históricamente fortísima. O la haitiana, que empieza a ser muy visible. Entonces, cuando me encontré con Teresa en Arica, los peruanos en el Mapocho sumábamos más miembros que el ahora dominante exilio venezolano.

La diáspora peruana a Chile empezó a inicios de la década de los noventa, hoy gran parte de la población peruana es femenina, mujeres de entre veinte y cincuenta años que trabajan como empleadas domésticas, en la jerga local nanas o asesoras del hogar. Asesoras del hogar, que eufemismo tan dramático.

Carolina Stefoni, la socióloga chilena dedicada al tema de las migraciones, afirma que estas ya no son necesariamente convencionales, es decir, ya no siguen los patrones  de antes, cuando el migrante era el colono, el pionero que dejaba para  siempre su ecosistema familiar para instalarse en un lugar lejano, lleno de privaciones, por lo general en un confín del mundo distinto radicalmente al suyo.

Las migraciones en un mundo cada vez más globalizado se definen de otra manera, son circulares, temporales o de retorno. Tienen como característica principal el hecho de que se dan al margen de un cambio de residencia definitiva: los migrantes de la actualidad tienden a mantener dos lugares de residencia. O más. 

Teresa, como tantos connacionales dispersos por el mundo, estrenará en los próximos días un segundo domicilio, esta vez en un edificio en la avenida Vitacura, en el centro de uno de los barrios más exclusivos de Santiago. “¿Sabe por qué estoy regresando? Me llamó por teléfono una amiga de mi antigua patrona. Ella le había hablado muy bien de mí, por eso me ubicó. Me dijo: Teresa, véngase a vivir conmigo, tengo dos hijas pequeñas y quisiera que usted me ayude a educarlas. Pucha, no supe que contestarle, pero felizmente se me ocurrió decirle que lo iba a consultar con mi marido”.

Sabia decisión, Teresa y Abel, su esposo, son dueños de un puesto de abarrotes en un mercado popular cerca a su casa y con las ganancias que el negocio genera, más los ahorros de su primera estancia chilena, estaban terminando de construir su casa. Ya tienen paredes firmes, un piso con losetas, baños con sanitarios, solo les falta techar.

Cuatro días después, Teresa, pensando en la casa terminada, le dijo sí a su nueva empleadora y ni tonta ni perezosa elevó sus condiciones laborales. Increíblemente, todo lo que exigió de buena manera fue aceptado.

Las fronteras nacionales no existen, lo que separa a las comunidades no son los hitos fronterizos, tampoco los controles migratorios. La transnacionalización de nuestras vidas solo sabe de fronteras sociales, económicas, jurídicas. Se puede ser un extranjero en el propio suelo que nos vio nacer.  Teresa lo sabe. “En el Perú se trabaja mucho más, en Chile todo es automático, hay máquinas para lavar los platos, para la ropa…en Lima todo lo hacía a mano, me rompía los lomos, en Santiago no, salvo la comida, que es horrible, todo es mejor”. ¿Y los hijos, Teresa, cómo vas a hacer?, le pregunto.  Se le llenan los ojos de lágrimas y me dice que después me va a contestar que ahora tiene que ir al baño.

Me levanto y doy unos pasos, acomodo algo en mi mochila y empiezo la preparación de un bocadillo peruanísimo, unas cuantas galletas de soda con unas rodajas de palta salpimentadas a discreción. Teresa regresa y me dice que su bus ya llegó, no hay tiempo para más dilaciones, tiene que p

Teresa es puneña, pero se gana la vida trabajando como empleada doméstica en un lujoso barrio de Santiago de Chile. La conocí en el rodoviario de Arica mientras esperábamos nuestro bus. Curioso, entre tantos rostros aparentemente relajados, propios de quienes ya se acostumbraron al rito de viajar, el suyo era el que más llamaba la atención.

Estaba sola, sentadita en una de las butacas frente al punto de embarque. Pensé de inmediato que su contrición y soledad escondían algún problema de difícil solución. No siempre se viaja por placer, en busca de aventuras; lo común, más bien, es el apuro, la cita con algún suceso inesperado. Siempre es así, en una estación de pasajeros las alegrías y tristezas se entrelazan.

Me senté a su lado y de inmediato empezamos a platicar. En un principio con cierta distancia, luego, al enterarnos de que los dos éramos peruanos, con fluidez, como dos amigos entrañables. Teresa también viene de Lima, la diferencia es que ella salió de Villa El Salvador, donde vive con su esposo e hijos, hace 21 horas y le faltan otras treinta y seis para llegar a su destino final. Me cuenta su historia: “Tengo dos hijos pequeños a los que voy a dejar con su papá. Qué se puede hacer, pues, el trabajo manda. Me espera en Santiago un trabajo de seiscientos dólares, en Lima ganaba 500 soles. Como se dice, joven, por mejoría mi casa dejaría…”

Teresa conoce el mercado laboral chileno mejor que nadie: estuvo en Santiago hace unos años trabajando en una casa de Las Condes hasta que el terremoto del 2010 la obligó a volver.  “Fue horrible, todo se movía y no tenía cuando acabar. Me enfermé de los nervios, lloraba todo el día, no sabía qué hacer. Lo peor no fue el terremoto, lo terrible fueron las réplicas”, me cuenta.

Las cifras dicen que suman ciento treinta mil los peruanos radicados en Chile, hasta hace poco tiempo la colonia extranjera más nutrida en el país del sur. Más que la argentina, históricamente fortísima. O la haitiana, que empieza a ser muy visible. Entonces, cuando me encontré con Teresa en Arica, los peruanos en el Mapocho sumábamos más miembros que el ahora dominante exilio venezolano.

La diáspora peruana a Chile empezó a inicios de la década de los noventa, hoy gran parte de la población peruana es femenina, mujeres de entre veinte y cincuenta años que trabajan como empleadas domésticas, en la jerga local nanas o asesoras del hogar. Asesoras del hogar, que eufemismo tan dramático.

Carolina Stefoni, la socióloga chilena dedicada al tema de las migraciones, afirma que estas ya no son necesariamente convencionales, es decir, ya no siguen los patrones  de antes, cuando el migrante era el colono, el pionero que dejaba para  siempre su ecosistema familiar para instalarse en un lugar lejano, lleno de privaciones, por lo general en un confín del mundo distinto radicalmente al suyo.

Las migraciones en un mundo cada vez más globalizado se definen de otra manera, son circulares, temporales o de retorno. Tienen como característica principal el hecho de que se dan al margen de un cambio de residencia definitiva: los migrantes de la actualidad tienden a mantener dos lugares de residencia. O más. 

Teresa, como tantos connacionales dispersos por el mundo, estrenará en los próximos días un segundo domicilio, esta vez en un edificio en la avenida Vitacura, en el centro de uno de los barrios más exclusivos de Santiago. “¿Sabe por qué estoy regresando? Me llamó por teléfono una amiga de mi antigua patrona. Ella le había hablado muy bien de mí, por eso me ubicó. Me dijo: Teresa, véngase a vivir conmigo, tengo dos hijas pequeñas y quisiera que usted me ayude a educarlas. Pucha, no supe que contestarle, pero felizmente se me ocurrió decirle que lo iba a consultar con mi marido”.

Sabia decisión, Teresa y Abel, su esposo, son dueños de un puesto de abarrotes en un mercado popular cerca a su casa y con las ganancias que el negocio genera, más los ahorros de su primera estancia chilena, estaban terminando de construir su casa. Ya tienen paredes firmes, un piso con losetas, baños con sanitarios, solo les falta techar.

Cuatro días después, Teresa, pensando en la casa terminada, le dijo sí a su nueva empleadora y ni tonta ni perezosa elevó sus condiciones laborales. Increíblemente, todo lo que exigió de buena manera fue aceptado.

Las fronteras nacionales no existen, lo que separa a las comunidades no son los hitos fronterizos, tampoco los controles migratorios. La transnacionalización de nuestras vidas solo sabe de fronteras sociales, económicas, jurídicas. Se puede ser un extranjero en el propio suelo que nos vio nacer.  Teresa lo sabe. “En el Perú se trabaja mucho más, en Chile todo es automático, hay máquinas para lavar los platos, para la ropa…en Lima todo lo hacía a mano, me rompía los lomos, en Santiago no, salvo la comida, que es horrible, todo es mejor”. ¿Y los hijos, Teresa, cómo vas a hacer?, le pregunto.  Se le llenan los ojos de lágrimas y me dice que después me va a contestar que ahora tiene que ir al baño.

Me levanto y doy unos pasos, acomodo algo en mi mochila y empiezo la preparación de un bocadillo peruanísimo, unas cuantas galletas de soda con unas rodajas de palta salpimentadas a discreción. Teresa regresa y me dice que su bus ya llegó, no hay tiempo para más dilaciones, tiene que partir. Nos despedimos como dos viejos amigos, sonrientes, ella va a Santiago a trabajar, dentro de unos días iré a su ciudad de tránsito a gozar de un viaje diferente, qué suerte la mía. Soy un privilegiado…

Buen viaje…