Un puente Bayley para ordenar el caos / Wade Davis

Mi opinión

La cita de esta semana la tomo de un libro sensacional: El Río, el trabajo del antropólogo canadiense Wade Davis que reseña las andanzas del notable etnobotánico estadounidense Richard Evans Schultes (1915-2001) por la Amazonía colombiana. A inicios de los años 70, Wade Davis y Tim Plowman, otro discípulo del prestigioso científico, recorren las selvas sudamericanas con el “ánimo de estudiar los secretos de la coca” y las huellas y el legado dejado por Schulte quien ha sido considerado por muchos como el más grande explorador de la flora amazónica del siglo XX. Las páginas que Davis le dedica a nuestro país, menores en comparación a las que escribe sobre Colombia, son intensas y por momentos dramáticas.

El Río, el libro que escribiera Wade Davis sobre los doce (¿o fueron trece?) años que pasó el notable botánico Richard Evans Schultes en las selvas de Colombia a partir de 1941 es una obra maestra de la herbolaria y la antropología amazónica. Lo tengo como uno de los más valiosos de mi biblioteca personal. Wade Davis (1953), nacido y educado en libertad en la Columbia británica, es uno de los estudiosos más preclaros y lúcidos de los pueblos indígenas que sobreviven a duras penas en el planeta. Siendo un advenedizo estudiante de la universidad de Harvard se tropezó, a inicios de los años setenta, con el consagrado etnobotánico a poco de su jubilación. Enterado Schultes de la ilusión del mozalbete por conocer el país sudamericano le propone sumarse a las expediciones que en Colombia realizaba, también por encargo suyo, otro de sus discípulos,  el biólogo tropical Tim Plowman.

Durante dos años y un poco más Davis acompaña a Plowman por las escarpadas montañas y llanos de la floresta amazónica de Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Bolivia, los territorios donde se domesticó y aún florece la coca, el enteógeno que le ha servido y le sirve a los pueblos originarios de nuestra región para comprender el paisaje que habitan y construir la cosmología singular y valiosa que han sabido, pese a tanto, mantener. El libro que menciono, como lo ha manifestado su propio autor, es un homenaje al maestro que dedicó sus afanes a entender el comportamiento de las plantas maestras y las que curan y al mismo tiempo un canto a la amistad y la camaradería que se fraguó entre Wade Davis y Plowman, muerto a temprana edad, a poco de finiquitar sus andanzas por esta parte del continente

De El Río extraigo la siguiente cita:

 “Cuando volvimos a Villavicencio, pasando por la misma llanura interminable con sus manadas de ganado cebú y aislados morichales supimos que un deslizamiento de tierra había taponado la carretera a Bogotá dos días después de que llegáramos. El derrumbe ocurrió en Quebrada Blanca, el cañón muy inestable de un arroyo donde el monte se había venido abajo una docena de veces, la más reciente tres meses antes, cuando perecieron doscientas personas, entre ellas dos buses llenos de niños. Estas estrechas carreteras destapadas, sobre las que se inclina la vegetación y abiertas en las faldas de las montañas, son peligrosas incluso con buen clima. En la estación lluviosa, cuando la precipitación llega a los 4.000 milímetros en los Llanos y es mayor incluso en las montañas, el peligro aumenta por la constante amenaza de deslizamientos. Prácticamente no hay manera de construir una carretera segura a través de los Andes. Cuando se altera el bosque y las excavaciones desnudan la tierra, ésta puede ceder en casi cualquier punto. Si no fueran por los bosques húmedos, los Andes se habrían caído al Amazonas desde hace muchísimo tiempo”. Literal.

“Pero como el derrumbe había bloqueado el transporte de gasolina desde la capital y las reservas locales estaban a punto de agotarse, los camiones estaban varados. Los que tenían suficiente gasolina para llegar a Bogotá hacían larga cola al lado occidental de la ciudad, a la espera de noticias de Quebrada Blanca. Los demás estaban aparcados por toda la ciudad, pudriéndose bajo el sol ardiente sus cargas de carne, frutas y verduras. Sin gasolina, también nosotros estábamos varados. Sin poder herborizar, matamos el tiempo en los bares locales, bebiendo cerveza y escuchando los originales ritmos flamencos de la música llanera”. Me ha pasado: el tiempo en los caminos rurales de esta sección sudamericana, tiene, definitivamente, otro tictac. Tratar de asirlo de la misma manera como lo domeñamos en las ciudades, convierte al viajero en esclavo de la desesperación y el desasosiego. Lo aconsejable, entonces, si es que un huaico interrumpe la vía que se está transitando, tal vez sea dejarse absorber por la densidad de las horas y buscar una sombra, si hay una cerca, para cultivar la paciencia.

“A los tres días corrió el rumor de que la tarde siguiente se abriría la carretera. Salimos de inmediato de la ciudad y nos unimos a la romería de camiones que se internaba lentamente en los Andes. Al acercarnos a Quebrada Blanca, la carretera que viene del Llano se topa con una empinada montaña que se precipita en una profunda garganta. En la curva cerrada donde cruza el río y trepa abruptamente en la falda opuesta del valle, sucesivos derrumbes habían excavado los barrancos de los dos costados, depositando toneladas de piedras y detritos y dejando expuesto un corte peligrosamente inestable que se elevaba unos trescientos metros sobre la carretera. Era un escenario devastador; todavía se podían ver en el fondo del desfiladero los esqueletos oxidados de los buses escolares, pero reinaba un ambiente festivo. Los derrumbes eran tan previsibles allí que los campesinos habían levantado una fila de expendios de comida en ambos lados del río. Niños que iban y venían, corriendo por la fila de camiones, ofrecían a gritos empanados, bollos de maíz, tinto y gaseosa.

Los choferes de los camiones tomaban aguardiente y cerveza y brindaban por la pronta apertura de la carretera.

A las cuatro de la tarde, por fin, con mucho escándalo aumentado por un coro de pitazos que hacía eco por todo el valle, los funcionarios del gobierno llegados de Bogotá cortaron la cinta para inaugurar un puente nuevo. Era un puente Bayley de una sola vía que los ingleses inventaron durante la Primera Guerra Mundial y que los ingenieros colombianos habían logrado ensamblar en menos de una semana. Enseguida pasaron lentos y rugientes algo más de cien tanqueros que venían de la capital con gasolina. Cuando finalmente empezamos a movernos, ya estaba casi oscuro y además llovía, por lo que trepamos con cautela hacia Bogotá, orillándonos con frecuencia para dar paso a los camiones que iban rumbo a los Llanos. Creyendo que los pitazos equivalen a frenar y que las luces delanteras son demasiado caras para desperdiciarlas, los choferes parecían inusualmente resueltos.

Nos detuvimos para comer en el primer pueblo, a una hora o más de la carretera, y antes de acabar llegó la noticia de que el puente se había caído. Algún chofer recordó que había visto pasar nuestra camioneta justo unos momentos antes del accidente, y un policía del sitio nos pidió información. No sabíamos nada. No hubo forma de confirmar el rumor hasta que a la mañana siguiente, en Bogotá, vimos la noticia en primera página de El Espectador. Sobre una foto muy borrosa de la ceremonia de inauguración había un titular que decía: “¡Se cayó el puente!”. Una segunda foto mostraba el puente retorcido en el fondo de la garganta, al lado de un camión al parecer intacto. El chofer que había tratado de pasar con una carga de arroz de siete toneladas, superior a la capacidad del puente, resultó sin un rasguño. Nadie había podido identificarlo en medio de la confusión. Sin duda, anotó Tim, ya se había escondido en el monte y en menos de una semana estaría al timón de otro camión, manejando a toda velocidad en alguna carretera, tomando aguardiente y cantando en la noche. Una cosa era cierta: en un buen tiempo no iba a ser posible viajar a Villavicencio. No había otro puente Bayley disponible en todo el país. Por diez minutos, nos habíamos salvado de quedar atrapados en los Llanos un mes entero”.

Cosas que pasan en el corazón de nuestro continente. Y que a veces, muchas veces, preceden la tragedia y la muerte.

El Río
Exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica
Crítica, 2017