Un prado en medio del desierto

Mi opinión

Hace unos buenos días que ando metido de nuevo en el tema de las lomas costeras, ese ecosistema sensacional que decora durante unos meses con sus verdes y amarillos inauditos los pliegues de las montañas de la cordillera de los Andes que se precipitan al mar para poblarlo de roqueríos e islotes. Esos prados en el desierto, la definición es del etnobotánico T. Harper Goodspeed, autor de Cazadores de plantas en los Andes, un libro poco conocido sobre la flora de la costa peruana, deberían ser vistas y entendidas, lo he dicho repetidas veces, como un lienzo con datos extremadamente útiles para entender la ocupación humana de estas tierras y el proceso de la cultura peruana que se prolonga hasta nuestros días.

Buscando entre mis apuntes me tropecé con este texto de hace más de veinte años publicado en el fenecido diario El Sol de Lima sobre las lomas de Lachay, la más conocidas de estas islas de verdor en medio del desierto costero. Se los dejo, se trata de una nota llena de nostalgia y evocaciones que espero seguir mejorando cuando acabe mi recorrido lomero de este año. A mi visita última a las lomas de Quebrada Verde le voy a sumar en estos días una esperada caminata por la recientemente creada ACP Lomas de Quebrada Verde. Les cuento más la semana entrante.

El Niño no sólo trae destrucción y muerte. También, y esto es lo increíble de nuestro paisaje e historia, suele aportar con su inaudita fiereza cambios que pueden favorecer al hombre: una playa nueva, una quebrada saturada de tierra fértil, un desierto en floración…Este verano, el fenómeno destructivo ha sabido pincelar de verde las lomas de la costa. Y la fiesta de la vida ha afincado en sus linderos.

Las lomas constituyen uno de los escenarios más antiguos utilizados por el hombre primitivo en el Perú. La Dra. Rostworowski afirma que en tiempos remotos la franja costera toda era una inmensa estepa verde por acción de la nubosidad que los vientos del Pacífico empujan desde tiempos inmemoriales sobre las estribaciones y pendientes andinas de la región también llamada Chala. Estas tímidas nubes al chocar contra los cerros -durante los meses de mayo a octubre- humedecen la tierra generando ciclos biológicos impactantes. Hoy las lomas son sólo simples bolsones vivos en medio de un desierto árido y calcinante (Dourojeanni-Ponce, 1983).

Naturalmente el esplendor que surge en los meses de invierno en estos ecosistemas únicos de la Tierra se desvanece al llegar los meses de sol, “secándose” los campos y escapando a otros parajes mucho de su fauna. Los que quedan modifican sus hábitos y resisten el mal tiempo a la espera de la humedad del año siguiente.  Todo esto ocurre, invariablemente, en Lachay, tal vez la más famosa -y mejor conservada- de las lomas del Perú.

Ubicada a un poco más de cien kilómetros de Lima esta Reserva Nacional fue creada en 1977 para proteger este singular hábitat de sus más encarnecidos depredadores: los chivateros y pastores de todo tipo -también los comerciantes de carbón y madera- que destruyen su vegetación única. Desde entonces ha podido encerrar dentro de sus cinco mil km.2 de extensión lo más representativo de la biodiversidad lomera. Se dice que en Lachay viven 74 especies vegetales, de las que se estima 25 están en peligro de extinción, y una variedad considerable de invertebrados (el más común, el simpático insecto palito). También ciertos mamíferos (zorros, ratones de campo, vizcachas, murciélagos) y 47 especies de aves.

Antes fue lugar de cita para pumas y venados grises. Jamás se logrará saber cuántas especies silvestres y desconocidas desaparecieron de las lomas debido al mal uso del recurso. Una expedición científica a las lomas de Atocongo en 1938 (otra de las que también ha reverdecido con el Niño) logró colectar 60 especies de flora…en media hora de caminata. Ahora Lachay se esmera en preservar típicos mitos (Carica candicans) y leñosos taros (Caesalpina tinctorea) al lado de fresnos, eucaliptos y casuarinas sembradas en una campaña de forestación en la década del treinta. Verlos fantasmagóricos entre la bruma de la mañana tratando de coger con sus ramas desprovistas de naturalidad el vapor que viene del mar resulta un espectáculo maravilloso, a poco más de una hora de la ciudad en la que vivimos.

Y espectar el vuelo desafiante y libre de los turtupilines (Pyrocephalus rubinus) que se han reproducido por miles en las lomas es también un regalo para los ojos. Hermoso es, a su vez, el porte de los gorriones americanos (Zonotrichia capensis) que lanzan al aire sus melodías y trinos. Para quien quiera iniciarse en el alucinante oficio de ver aves, Lachay es un lugar estupendo. En invierno son comunes los aguiluchos, pericos andinos, tortolitas, palomas silvestres y lechuzas de los arenales. En verano, en cambio, llegado el tiempo de la emigración o la muerte, se hacen presentes los gallinazos, gavilanes, halcones y, con suerte, cóndores. Hay quienes han visto bandurrias y patos arroceros. Un viajero del siglo pasado anunciaba que aquella era zona de sisontes y flamencos.

Visitar Lachay es también un buen ejercicio de apreciación de lo que es una bien cuidada área de conservación. Los caminos están bien señalizados, los carteles explicativos aportan información acertada y los espacios de recreación están muy bien definidos. Como lo dijo alguna vez Barbara D’Achille la reserva “presenta insospechadas oportunidades para comprender el medio en que vivimos”. Y preservarlo. Miles de años de vientos y humedad han modificado las rocas y ahora estas advierten al visitante de lo increíble de la fuerza de la naturaleza. Pero, también, de lo hábil que resulta ser como artesana en piedra y figuras de asombro. Flora, fauna y relieve se han conjugado para crear un paisaje sobrecogedor y bello.

Hace unos días Álvaro Rocha al mencionar la buena temporada de Lachay decía que Bore Rubio -su compañero de ruta por los recovecos y jirones de la Reserva- era un salvaje que tenía algo de Dios y nosotros, que seguimos extrañando tanto su voz como su alegría incomparable y en desafío, no encontramos otra definición más exacta que aquella. Yo también, Álvaro, cuando me acerco a Lachay y camino por sus recodos -verdes, exultantes, llenos de magia y misterio- suelo escuchar en el eco el tono de ese Dios salvaje que tenía algo de hombre. Y entonces me alegro y  repito viejas canciones.

Buen viaje…