Un hostel en Cochabamba

Me encantan los hostels. Me he alojado en muchos en estos últimos años y en  casi todos he podido conocer gente hermosa y anfitriones, como Tamara Jacobowitz, del Jaguar House Hostel en Cochabamba, Bolivia,  buena nota, extremadamente afables y llenos de ganas de estrechar lazos con los visitantes que llegan de todo el mundo para empezar a crear la fraternidad universal que necesitamos para salvar el mundo.

Su hostel de la calle Baptista, en Cochabamba, cumple en estos días cuatro años de  existencia, qué bueno…

“Si el cielo está cerca serás bienvenido a la casa jaguar”, dice la canción de Illya Kuryaki  & Valderramas, la pegajosa melodía que cautivó a la Jacobowitz  mientras organizaba el reto del hostel que fue ideando después de viajar por el extremo suroriental del continente y convencerse de lo que debía hacer.

Cochabamba es una ciudad especial, de muchos encantos, poblada de molles y jacarandas. Su centro histórico, republicano, guarda la altivez de una burguesía local que supo plegarse antes que otras a la causa de la independencia americana. La recorrí con calma, papandO moscas y deteniéndome en sus casonas más conocidas para apreciar sus zaguanes y la arquitectura que ha sobrevivido al paso de los años. Me pareció por momentos estar en Arequipa, en la parte donde Yanahuara y su campiña se introducen como pueden en la vieja ciudad.

La pasé bien en Cochabamba, primero en un hostel de cuyo nombre no me quiero acordar, ganado por la abulia de sus propietarios y el desorden de los dos o tres parroquianos que lo frecuentaban, para mudarme después a la casita de huéspedes que Tamara ha dispuesto en una calle principal de una zona cosmopolita y muy bien organizada, entre el paseo El Prado  y las espléndidas palmeras de la avenida Ayacucho.

El Jaguar House es un hostel vital, ordenado, con todos los detalles que se necesitan en su lugar. El cuarto que ocupé, mi fortín durante los días que permanecí en la ciudad, se encontraba en el segundo piso, al final del barandal que recorría la propiedad construida en el estilo barco que en a mediados del siglo pasado impuso condiciones en las ciudades portuarias. En La Punta he visto tantas que un momento, mientras escuchaba el graznar de los loros en las cercanías, llegué a pensar que estaba frente al mar.

Difícil, la exagerada mediterraneidad de Cochabamba la pude apreciar desde lo alto del Cristo de la Concordia, la mole de 34 metros que domina la ciudad y que enorgullece a sus vecinos por ser un poco más grande que el Cristo de Rio de Janeiro.

Desde esa posición, la dueña del Jaguar House me fue mostrando los atractivos y espacios físicos de la Cochabamba actual: la laguna Alalay y sus orillas pobladas de barrios emergentes, sus zonas jailonas (pitucas, pijas): el barrio Norte y el de la Recoleta; también el Pueblito, un rincón de la ciudad detenido en el siglo XIX y la parte en que la ciudad se desborda para absolver al vecino municipio del Chapare, la tierra de Evo Morales.

Me encantan los hostels, lo repito, podría pasar la vida de uno en uno. Han sido concebidos para compartir con los demás el sentimiento de hermandad, solidaridad  y compromiso que supone el salir de casa para conocer el  mundo donde habitan los otros.

Larga vida al concepto, a la filosofía que se esconde detrás de la propuesta: ser uno mismo al contacto con los demás; compartir con ellos la ilusión de estar construyendo un planeta mejor para seguir viviendo.

Larga vida al Jaguar House Hostel, el invento de Tamara Jacobowitz en una tierra fecunda y tan llena de caminos…