Alturas del Ausangate: La mujer elegida por los apus para ser altomisayoc

Ana Núñez para la revista Somos

5a74d6fd6ba89

OTROS DESTINOS:

En agosto del 2015 recorrí el apu Ausangate con Chema Formentí, el americanista asturiano y con el equipo de Camino Films, mis compañeros de cuitas de un proyecto de TV lindísimo, que lamentablemente duró poco. Con ellos y con Lichi Vásquez, mujer-montaña, caminé durante cinco días las alturas insondables de la cordillera del Ausangate. ¡Qué viaje!, lo tengo grabado en la retina.

El Ausangate es el reino de los últimos alpaqueros (paqocheros) de la altiplanicie cusqueña, una raza de hombres recios que adoraron, y adoran, a las montañas, las deidades broncas de las que depende la suerte de los animales en sus pagos y que no guardan relación con los dioses que fecundan la tierra para hacerla próspera. En la cordillera donde brilla con luz propia el Ausangate, el coloso de 6372 m que se divisa desde el Cusco, son los apus, no la pachamama, los que ordenan el mundo. O el mundo-otro como lo ha llamado Xavier Ricard, el estudioso francés que se ha ocupado de los pastores de altura de este fin del mundo.

¿Cómo se convierte un mortal en altomisayoq, la máxima jerarquía “eclesiástica” de una religión animista que ha sobrevivido más de la cuenta en los Andes? Ricard comenta que hay dos maneras, la elección sobrenatural y el aprendizaje del oficio bajo la tutela de un altomisayoq afanado, que ya no van quedando, debo decirlo. Tal vez el último haya sido Nazario Turpo, víctima de una muerte absurda, mientras hacia la ruta Ocongate-Cusco durante un paro del SUTEP .“La elección sobrenatural, anota Ricard en “Ladrones de sombra”, su trabajo sobre la región, se manifiesta por una “descarga de rayo”, de la cual debe librarse el futuro chamán. Así de sencillo, vivir después de la descarga eléctrica de un rayo, convierte a un simple mortal, hombre o mujer, en un emisario de los dioses.

Desde este punto de vista el rayo -qhaqya- es concebido como un “mensajero de los Dioses”. Vale decir, “los apus lo emplean para designar al común de los mortales, aquel a quien dios ha elegido para que se convierta en su waynillu, su servidor”. Sincretismo religioso, en las alturas de la provincia de Quispicanchi.

Al igual que a Pocho Ochoa, la lectura de esta nota que trajo la revista Somos el sábado que acaba de pasar me hizo el día. Se las dejo.

Saludos Lichi, Juan Carlos Flórez, wayquis de Andean Lodges, socios de los comuneros de Chilca y Osefina, dueños de esta parte de la ruta.

Hasta 300 millones de voltios podrían haber pasado por el cuerpo de María Apaza aquella tarde de 1943, lo suficiente para encender una bombilla de cien vatios durante todo un año. El rayo cayó sobre la joven de 16 años mientras pastaba a sus animales en las alturas de Paucartambo (Cusco). Debía haber muerto ese día María, pero estaba destinada a ser una altomisayoc (máxima sacerdotisa de la nación Q’ero) y sobrevivir al doloroso beso del rayo era solo una señal de ese sino.

De hecho, pocos días después de que recibió la fuerte descarga, un pampamisayoc (sacerdote sanador de los Q’eros) lo pudo leer en la hoja de coca: María había sido elegida entre los hombres y las mujeres de las comunidades herederas de la sangre y tradiciones de los incas para ser la sacerdotisa sagrada que puede tener contacto directo con los Apus, para soportar el poder de fuerzas que ningún otro ser humano podría soportar, y para limpiar, sanar y recargar energías con sus cuyas (piedras).

Recorrer ese camino no fue fácil. Antes de poder soportar la fuerza de los Apus, María pasó por un proceso en el que diferentes pampamisayoc realizaron hasta doce ceremonias de Karpay (rito de iniciación). Según su tradición, si el rayo te elige como altomisayoc, primero te mata, luego te desarticula y finalmente te resucita, así es que esas ceremonias intentaban integrar sus ‘partes disgregadas’.

María recién pudo soportar la fuerza de los Apus el día que fue a la fiesta del Quyllurit’i, en las faldas del nevado del Ausangate (Cusco).

La magia de los mitos andinos ha sido parte de la vida de María Apaza. En la comunidad de Kiko, donde nació, es común escuchar a los pobladores narrar historias en quechua sobre el día que “Mamá María se fue volando con el cóndor” o la vez que “se la llevó el viento”. En su familia, dicen incluso que hubo ocasiones en las que la altomisayoc desapareció y la encontraron varias semanas después durmiendo bajo un árbol, lo que era interpretado como que ella se había ido a otro plano en tiempo y espacio.

Cuentan que cuando los Apus se comunican con María hay muestras tangibles de ese contacto con la naturaleza: vuela el cóndor, ruge el puma, el colibrí se queda estático y habla el viento.

La existencia de la nación Q´ero, considerada el último ayllu del Imperio Incaico, se conoció en 1955, liuego de que llegara hasta esa zona de las alturas de Paucartambo una expedición de la Universidad Nacional de San Antonio Abad, dirigida por Óscar Núñez del Prado. Hasta entonces, los miembros de esas comunidades se habían ocultado para escapar de la colonización y habían logrado mantener las tradiciones, ritos, vestimenta y espiritualidad de sus ancestros. En el 2007, la cultura del pueblo Q´ero fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

Esta semana María Apaza llegó a Lima junto a su hijo Alejandro, un pampamisayoc, y otros miembros de tres generaciones de su familia que son parte del linaje de los Apaza. En cumplimiento de sus profecías, los Q’ero han abierto su cultura, ofreciendo su sabiduría y espiritualidad al mundo.

María solo habla quechua, pero sabe reconocer los corazones. La altomisayoc mide menos de metro y medio, tiene los ojos dulces pero profundos y si le pides que cante, soltará una de esas melodías andinas que son dulces y tristes. Si la miras de lejos, puedes pensar que se trata solo de una abuelita andina. Pero si te fijas bien, te darás cuenta de que tiene las piernas tan jóvenes como las tuyas. Con esas piernas, María aún sube a las montañas, se enfrenta cara a cara con los Apus y hasta pide a la Pachamama que nos cuide.

4/2/2018

Montañas de colores en el altiplano andino