Con Pipo en el bosque nuboso

“Chapa tu combi en el control de San Jerónimo”, me había recomendado Gloria cuando hablamos. No solo eso, tuvo la gentileza de enviarme por Whatsapp el número telefónico de la señorita que organiza el servicio del comité de transportistas que cubre la ruta Cusco-Patria-Pillcopata con puntualidad sibilina: todos los días a las once de la mañana, que siempre son las doce o con suerte once y cuarenta y cinco.

Con todos mis bártulos a cuestas me apersoné San Jerónimo a la hora pactada. Celia, la ama y señora de la ruta, me esperaba con mi asiento a disposición, el número 6. Ventana e individual

Tomamos el camino a Paucartambo escuchando a Armonía 10 y al Grupo 5. En Oropesa paramos para la obligada compra de pan chuta y hacernos de las últimas provisiones. De allí a Huancarane, un pueblo típicamente Ausangate, pensé, en cuya plaza central se levanta una alegoría en metal que da cuenta del ataque de un puma a una hato de vicuñas, debió transcurrir una hora.

A partir de allí la pista se convierte en un campo minado y los precipicios, qué precipicios, se suceden unos a otros. Hemos quedado a merced de la pericia marinera de Willy, muestro chofer, un muchachito que en un principio pensé era el práctico –cobrador o lo que sea- de la nave en que me hallo. Joder.

Willy maneja, inmutable, a mil por hora, con el volumen de la radio a todo dar. Toma cada curva como si estuviera en una vía rápida seguro de que en estos zigzags no hay camiones al asecho o paseantes distraídos. O una piedra, o una zanja en medio de la trocha, o un barrizal…

Dejamos atrás Paucartambo para continuar por una ruta menos apache, esta vez en ascenso, que nos va llevando de a poquitos hacia las alturas de Acjanaco, un páramo a 3,800 msnm desde donde se puede apreciar, en lontananza, el manto verde de la floresta amazónica. En la radio de Willy suenan los acordes de una melodía romántica. El muchacho tararea la canción mientras sostiene el timón con una sola mano.

Es un equilibrista.

Dejamos atrás el control de ingreso al Parque Nacional Manu para introducirnos, de sopetón, en una de las geografías más extraordinarias que conozco, la que crea y recrea el bosque nuboso oriental del Perú. Un Edén natural en medio de una cordillera bañada permanentemente por las nubes que llegan, atropellándose, desde el Atlántico sudamericano.

Fantástico. Qué explosión de vida…

El bosque nublado montañoso tropical, también conocido como bosque de neblina o bosque lluvioso, prefiero utilizar el poético nombre de bosque de nubes, es un ecosistema singular, único en el planeta, “una red casi impenetrable, copio a Luis Nieto Degregori, en la que predominan los arbustos, helechos arborescentes, bambúes, algunos árboles grandes y abundantes epífitas; es decir las plantas que crecen sobre otras plantas”. Musgos, líquenes, bromelias, orquídeas, helechos…

No menciona el bardo cusqueño, no tenía por qué, la presencia menos onírica del serpentín carretero que la colonización de antaño se encargó de trazar en estas montañas cinceladas a punta de machete por la furia de los dioses, para que transiten a su antojo camiones de todas las tallas y vehículos como el nuestro, el de Willy.

Dios, si la ruta de la mañana fue esperpéntica, esta, la de ahorita, no es apta para cardíacos. Rezar es lo que toca … o confiar, volver a confiar, en las competencias del piloto de veintiún años de edad.

***

Entre suspiro y suspiro, la belleza y el peligro suelen maridarse a veces de manera sorprendente, me percato de la presencia, tres horas y media después de haber empezado esta navegación, de un pasajero inesperado: Pipo, un chusco de porte poco generoso, que venía viajando con nosotros, muy orondo y silencioso, bajo los asientos de la combi.

Su dueña empieza a mirarlo de soslayo en cada curva, Pipo se inquieta un poco: vamos, hemos salido del Cusco a las doce y el engreído de la familia hace rato que quiere estirar las piernas y lanzar de paso su perruno chorro de orines. 

Willy ha vuelto a las cumbias, un poco de Chacalón otro tanto del grupo Néctar.

Seguimos descendiendo por el bosque nuboso dejando bultos que esperan a sus propietarios y también a los pasajeros que subieron en Paucartambo. El momento de Pipo ha llegado. En cada parada, el buen Pipo, se lanza a la vía para hacer pichi, olisquear un poco  entre los rastrojos de hierba y subir al vuelo para tomar posesión de su ubicación en la combi.

Así una diez veces. En todas, el perrito con algo de pekinés y entrado en años, salta al ruedo a repetir la rutina aprendida en tantos viajes.

Si Pipo anda relajado, pienso, es hora de relajarse también. Nada va a pasar, Willy es un maestro, conoce su negocio. Me entrego entonces, por un rato, al delicioso oficio de dormitar mientras damos brincos y más brincos por el paraíso.

A las siete de la noche o un poco más, Pipo y yo estábamos en casa.