Rocío Lombardi, la felicidad de viajar, la felicidad de ser uno mismo

Viajo para construir mi propia historia personal. Viajo para no perder mi capacidad de asombro, viajo porque me encanta ver otros amaneceres, atardeceres, escuchar otros idiomas, respirar otro aire, observar rostros imaginando sus vidas, viajo para entenderme desde el otro, entender el pasado, viajo para ser una mejor persona, viajo para que mi mundo sea mejor.

Mi madre cuenta siempre la anécdota de mi primer día en el nido. Ella había pedido permiso en su trabajo para llegar más tarde porque quería acompañarme ya que tenía miedo de dejarme sola. En la puerta del nido era mi madre la que lloraba y sostenía una antigua cámara fotográfica para perpetuar ese momento, ella seguía llorando hasta que me escucha: “Mami ya voy a entrar, tienes que irte porque llegarás tarde a trabajar”. Así que al parecer, desde niña fui independiente y sin miedo a los cambios.

Recuerdo que los domingos mi madre solía manejar su Volkswagen amarillo del año 1976 para llevarnos de paseo. En ese entonces mi destino favorito era el Morro Solar, observar todo desde arriba era como llegar a otro mundo. Al principio me asustaba  la subida, cerraba los ojos y lloraba; hasta que comprendí que ese era el camino necesario y debía también disfrutarlo sino las lágrimas no me permitirán contemplar todo. Mi padre es ingeniero forestal, así que viajaba mucho cuando era pequeña, escucharlo despertó mi curiosidad acerca de otros lugares diferentes a mi casa.

Mi más grande aventura era ir de campamento hasta el km. 116.5 de la Panamericana Sur. Ya había realizado un viaje en avión a Houston con mi familia que realmente disfruté pero nada se comparaba con ir en bus rumbo al sur, contar cada kilómetro de la carretera con ansias y sentir que mi corazón estallaba de alegría, ese era mi máximo viaje, era como cruzar a otra dimensión, una dimensión donde únicamente existían risas, amigos, amigas, juegos y aventuras. Con esos amigos que te duran para toda la vida.

Islas Galápagos
Islas Galápagos

Hasta que un verano unas amigas de mi mamá me invitaron a pasar unas vacaciones en Puerto Etén, y así fui descubriendo antes de los 15 años que el mundo era más grande de lo que había pensado y quería verlo todo.

En la Universidad cualquier excusa era buena para ir de viaje: Huacho, Lunahuaná, Chincha, Paracas, en fin, el Perú empezó a enamorarme, era inmensamente feliz observando cada detalle de la carretera desde la ventana de un bus. No tenía trabajo fijo ni mucho dinero, pero para los viajes siempre rompía el chanchito. No me interesaba la ropa de marca, ni las carteras y mucho menos los zapatos, me interesaba seguir descubriendo lugares. Aquí descubrí la magia de los mercados, las plazas, los parques, las calles, las iglesias, pero principalmente la magia de las historias.

Luego con un poco más de presupuesto llegaron los viajes internacionales: Buenos Aires, Montevideo, Varadero, disfruté cada uno de estos lugares, conocí gente extraordinaria y entrañable, algunos son amigos con los que comparto historias hasta hoy y a otros nunca volví a ver.

Viví un par de años en Tambopata y la Selva marcó un punto de quiebre: el bosque, la comunidad, la cosmovisión, la medicina tradicional, todo era un diario aprendizaje.

MARRUECOS
Marruecos

Retomamos los viajes familiares cada vez que coincidimos, cambiamos el Churín de nuestra infancia por lugares como Isla de Pascua y Galápagos.

Llegó finalmente la oportunidad de cruzar el charco, una beca me llevó dos años a estudiar a Alicante, desde ahí visité ciudades increíbles que sólo había visto en fotos en los libros de “Historia del Arte” en el colegio, amé el olor a chocolate de Brujas, me sentí protagonista de la película “Gladiador” en Roma, descubrí el Oporto en la ciudad del mismo nombre, y no paré de escuchar historias de amor en Venecia. No soy capaz de decidir acerca de mi lugar favorito.

toro
Brooklyn

No puedo negar lo afortunada que soy, he tenido el privilegio de ser inmensamente feliz recorriendo una trocha en medio de la selva de Tambopata, preparando pan en la Comunidad de Vicos, imitando las muecas de las cabezas clavas en Chavín, tomando un tinto de verano en Madrid, regateando en los “zocos” (mercadillos) de Marruecos, trenzando mi cabello en Varadero, mirando la Torre Eiffel desde la ventana de mi hotel en París, nadando en el mar Mediterráneo, asistiendo a una obra de teatro en Broadway, observando ballenas en Órganos, sonriendo en Bratislava y en tantos otros momentos y lugares especiales que siempre formarán parte de mi vida.

He viajado sola, acompañada, por amor, por traición, por amistad, por curiosidad, por trabajo, por eventos, algunas veces incluso para huir y reconstruirme. Finalmente viajo y seguiré viajando para ser feliz.

Roma
Roma