Balneario de Silaca / Arequipa

Silaca, costa de Arequipa, abril de 1999

A las diez y pico -vamos sin mucha prisa- exactamente a la altura del kilómetro 590 de la Panamericana Sur, tomamos el ingreso a Silaca. El camino hacia este singular balneario de otros tiempos me pareció en mejor estado de conservación que la última vez que navegué por aquí. Las huellas del último Niño se dejan ver hasta en el verdor de las propias piedras.

Nos recibieron los Segura, el grupo familiar que habita temporalmente y desde hace tanto este rarísimo conjunto de tambos de piedra junto al encrespado mar arequipeño. Los Segura proceden de Jaquí, a 20 kilómetros de Yauca, el valle de los olivos y la abundancia de aceitunas. Ellos aseguran que las habitaciones que ocupan cada verano fueron construidas por sus mayores hace un siglo. Y que las generaciones de Seguras que los precedieron no han permitido la destrucción de las estructuras principales, ni siquiera la introducción de modificaciones en las viviendas que vemos con admiración.

Uno de los más habladores del clan me dijo con firmeza que había nacido en una de las casas de Silaca. Le creo.

Los que veranean en Silaca suelen quedarse toda la temporada alimentándose del pescado y los mariscos que recolectan en las pozas y en mar abierto. Refieren que el lugar es visitado por pingüinos y ballenas en algunas épocas del año. También les creo, es así, soy testigo de esa presencia.

Han sembrado algunas poncianas y palmeras y aunque no lo quieran reconocer me quedé con la impresión de que también habíann remodelado alguno de los sectores del villorrio. Dicen que son quince las familias que siguen repitiendo el peregrinaje ancestral. Los Segura de Silaca son parientes de los de Atiquipa y afirman que Yauca, Jaquí y Atiquipa son comunidades afines y que sus habitantes, los antiguos, los que no han llegado recién, están vinculados entre sí.

Silaca es un asentamiento humano impresionante, propio de un paisaje lunar. Cuando el viajero atento lega a Tanaka (Km 577) puede observar que un ramal cordillerano se desprende de los Andes para lanzarse al mar y convertir el litoral en un concierto de piedras y rocas de todos los volúmenes. En ese espectáculo de la naturaleza, en esa “estampida inmóvil” de rocas y peñascos se encuentra Silaca, al fondo del precipicio, en una bahía pequeñísima donde las pozas que definen el sentido de esta costa heterodoxa le dan calma a un océano que no sé cómo permite la flotación y vida de bosques de aracantos.

Alguna vez inferimos que los constructores de aquellas viviendas de nadie  fueron los mismos que regaron de andenes la geografía que se extiende entre Tanaka y Puerto Inca, casi llegando a Chala. Y lo afirmamos una y mil veces porque habíamos escuchado la leyenda de unos bancos de oro escondidos entre las olas que sirvieron antaño de posaderas a príncipes y gobernantes del Tahuantinusyo.

Cada vez que recorro esta zona vuelvo a esta playa única, singular, extraordinaria: es, sin duda, uno de mis lugares favoritos.

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