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Alejandro Balaguer, una travesía interminable

Mi opinión

A la naturaleza, hace ya unos años que no le va muy bien. Indefensa ante la expansión del ser humano, la naturaleza quiere contarnos acerca de su fragilidad. Por ejemplo, de lo mucho que tarda un águila arpía en empezar su etapa reproductiva y los pocos polluelos que puede traer a la vida, mientras que el hombre ha tardado escasos años en poner a esta majestuosa ave en un serio peligro de extinción. Y si es por contar, también puede decirnos que no es inmortal: una vez que una especie de animal o planta desaparece de la faz de la Tierra, jamás vuelve a resurgir.


Pero hay secretos que la naturaleza todavía guarda y que también está dispuesta a revelar. Y, si se lo permiten, también le gustaría hacer un trato: si el ser humano la cuida, ella le aportará beneficios y prosperidad. Escuchar a la naturaleza y transmitir sus mensajes es un trabajo que exige establecer estrategias bien definidas. Estrategias que van acompañadas de un lenguaje compuesto por palabras llenas de vida como biodiversidad, ecosistemas, especies, genes, que no a todo el mundo le interesa aprender, ni siquiera entender.

“La naturaleza no le interesa a todo el mundo. Por eso los productos de comunicación relacionados con la protección ambiental deben llevar un ingrediente primordial: ser necesariamente entretenidos para poder plantarle trincheras a esa cultura horrible del talk show”, dice Alejandro Balaguer, uno de esos periodistas que se ha pasado gran parte de su carrera sirviendo de mediador entre el lenguaje humano y el de la vida natural.

Fotógrafo profesional, Balaguer nació en Argentina hace 50 años, 20 de los cuales ha vivido en Perú. Sus trabajos sobre la naturaleza y el costumbrismo latinoamericano se han publicado en revistas como National Geographic, Geo, Time y Newsweek, entre otras, y ha sido corresponsal fotográfico de la agencia de noticias Associated Press.

En Perú, Balaguer ha sido director de la Asociación Andes y Mares, una organización periodística que difunde criterios de conservación de la naturaleza, de turismo sostenible, y de rescate y difusión del patrimonio cultural. Su trabajo como divulgador de temas ambientales y científicos lo trajo a Panamá y aquí encontró suficientes razones para quedarse. En la actualidad es el director editorial de la Fundación Albatros Media, una empresa que él llama la “hermana” de Andes y Mares, porque su objetivo es convertirse en una plataforma que ayude a los panameños a valorar sus recursos naturales.

Estrategias de guerra
En Panamá, Alejandro Balaguer tuvo un estreno de lujo: el Parque Nacional Coiba. “Llegué a Panamá y enseguida me fui para Coiba, como si fuera un preso”, ríe Balaguer. Para entonces se empezaba a discutir en el pleno de la Asamblea Legislativa la ley que debe proteger el parque. Un grupo de científicos e investigadores, que conocían el trabajo de Balaguer en Perú, lo invitaron a Panamá para que pusiera en práctica sus estrategias de comunicación a favor de la conservación de la que se ha convertido en la más controversial de las áreas protegidas.

Balaguer encontró en Coiba un lugar de características ecológicas que lo hacían merecedor de una atención especial: un territorio insular formado por un 85% de bosque primario con grandes porciones que jamás han sido pisadas por el hombre, además de que la isla es el refugio de 147 especies de aves, entre ellas especies que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo como el colaespina de Coiba, así como el águila crestada, el colibrí gorgizafiro, el saltarín coludo y la guacamaya bandera, cuyas poblaciones han desaparecido en el resto del país.

En sus aguas, el parque alberga 1,700 hectáreas de arrecifes coralinos y comunidades de coral, lo que constituye la mayor extensión de arrecifes coralinos continentales del Pacífico oriental. Además, en los mares de Coiba han establecido su hábitat ballenas jorobadas, orcas y diversas especies de delfines, y es un semillero de peces como el dorado y el atún.

Balaguer tenía muy claro de qué forma iba a utilizar toda esta información. “Hace unos años desarrollé una fórmula para, a través de una serie de productos periodísticos, crear una campaña de prensa donde aplicamos la dinámica de cobertura de un enfrentamiento armado a una expedición con fines científicos e investigativos”, cuenta el periodista.

En otras palabras, en vez de filmar y documentar a militares y desplazados de una guerra, filman sus propias aventuras en los lugares que recorren y recogen las opiniones de los pescadores, científicos, indígenas y de todo aquel que de alguna manera tenga una opinión o se vea afectado por esa continua controversia que se produce entre el hombre y la naturaleza.

De las expediciones a Coiba salieron tres documentales de tres a cinco minutos que ya se han transmitido por una televisora local. En una de esas aventuras encontraron dos delfines varados en una playa. Después de permanecer toda la noche fuera del agua, ambos mamíferos parecían perder las pocas energías que les quedaban a consecuencia del fulminante sol que caía sobre ellos.

Balaguer y su equipo, compuesto únicamente por cinco personas, cogieron a los delfines en brazos y se metieron con ellos en el agua, en un intento por reanimarlos. “Era como cargar a un ser humano”, dice Kevan Mantell, buzo profesional y gran conocedor de las profundidades marinas de Coiba, quien trabaja como productor de campo en el equipo de Albatros.

El documental resulta dramático e incluso un poco angustiante porque los delfines pasan un rato sin moverse. El equipo de Albatros se resiste a darse por vencido y finalmente ambos mamíferos, animados por la frescura del agua y sintiéndose en su ambiente, empiezan a nadar y terminan por alejarse de la playa. Además de estos cortometrajes, el plan es desarrollar una serie de seis documentales de 30 minutos cada uno, también para televisión, que recibirán el nombre de “Bitácora” y que se realizarán en forma de un diario de viaje durante las expediciones a áreas naturales.
La Fundación Albatros Media también distribuye material periodístico de forma gratuita a un periódico local y, a través de una radio de cobertura nacional, transmiten en directo desde lugares alejados gracias a la ayuda de teléfonos satelitales, como si se tratara de una agencia de noticias pero para la naturaleza.

Pero ahí no queda todo. Existe un proyecto de un libro que se llamará “Panamá desde el aire” y que recogerá las fotografías que Balaguer ha tomado en diversos lugares desde un avión. Igualmente, se publicará un libro para niños de fauna panameña que incluirá animales como las águilas arpías, los monos cariblancos, las guacamayas, ballenas, cocodrilos y caimanes.

“Al mostrar las bellezas naturales y acompañarlas con algunos mensajes tratamos de ir creando un sentido de pertenencia en la gente, que digan esto es mío”, explica Balaguer. Albatros se sostiene con recursos propios que le permiten invertir en productos que dentro de tres años podrían ayudar a sostener la empresa. También cuentan con el apoyo de empresas privadas que empiezan a creer que invertir en la conservación y en la educación es una forma de responsabilidad social.

Cocodrilos que practican surf 
Si bien Coiba fue el paraíso natural con el que la Fundación Albatros Media vio su origen, Panamá tiene muchas más cosas que mostrar. En julio, Alejandro Balaguer y su equipo seguirán a las ballenas jorobadas que llegan al Archipiélago de las Perlas provenientes de ambos polos. Un fenómeno muy poco estudiado que, sin embargo, ocurre todos los años muy cerca de nosotros.

Panamá parece tener lo suficientemente maravillado a Balaguer como para entretenerlo por lo menos durante los próximos dos años, después de los cuales la estrategia de comunicación será dirigida también al resto de los países de Centroamérica.

“Para mí, Panamá ha sido una sorpresa”, reconoce Balaguer. “En los últimos 20 años, en mi casa no me han visto la cara porque he estado recorriendo los cinco continentes, desarrollando un montón de proyectos, y pensé que ya nada me asombraba. Sin embargo, la imagen que tiene cualquier extranjero de Panamá proviene de un vacío de información que lo llena únicamente el Canal de Panamá. Esa percepción cambia cuando llegas aquí y tienes la suerte de ver ese Panamá profundo que no se muestra: Río Caimito, donde hay unos bosques primarios increíbles; San Blas, Darién, todo el Archipiélago de las Perlas, donde en un solo día vimos hasta 15 tiburones ballena de casi 20 metros; y Coiba, en cuyas playas vírgenes he visto cocodrilos corriendo olas como si fueran surfers”.

De acuerdo con Balaguer, la investigación científica y la educación ambiental que se va a desarrollar tiene que ver directamente con el desarrollo de las comunidades locales, porque el turismo sostenible de bajo impacto que se genera alrededor de actividades dentro de áreas protegidas produce millones de dólares.

Sin salir del continente, sólo Costa Rica genera ocho millones de dólares al año en recursos derivados del buceo en la Isla de Cocos, donde llegan personas de todo el mundo dispuestas a pagar mucho dinero por ver tiburones y ballenas. Y las islas Galápagos recaudan para Ecuador 200 millones de dólares anuales en ecoturismo.“Para un buzo, ver un tiburón ballena es como para un escalador llegar a la punta del Everest”, asegura el director editorial de Albatros. Y, para la naturaleza, saber que alguien está dispuesta a escucharla y transmitir su mensaje, es haber encontrado el modo perfecto para dar a conocer esas historias que quiere contar.

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