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Carta a Antonia un día después de la guerra / Alfredo Molano

Mi opinión

Molano sabe de lo que habla, ha pasado una pila de años en el exilio y ha visto a muchos de sus amigos morir abatidos por el horror de una guerra que ha envuelto a su país durante más de seis décadas. Conocí su trabajo gracias a los buenos consejos de Pedro Botero, llanero y de niño admirador de tres peruanos que le daban duro y con calidad a la pelota en el Deportivo Cali: Valeriano López, Vides Mosquera y Willy Barbadillo.

Hace algunos meses me tocó viajar con Pedro y con Deyanira Vanegas por los descampados de San José de Guaviare, una tierra peligrosa, poblada por paracos, guerrilleros y militares. En ese viaje terminé de atisbar con mucho respeto ciertas fracturas de una sociedad tan convulsa y en algunas items tan parecida a la nuestra.

Como la de Botero, como la de muchísimos colombianos, la historia de Alfredo Molano Bravo, sociólogo y escritor comprometido, ha estado marcada por el conflicto y los desplazamientos forzados. En uno de sus libros más notables y vívidos, “Desterrados, crónicas del desarraigo”, ha dicho con claridad que “en Colombia casi todo campesino puede decir que su padre, o su tío, o su abuelo fue asesinado por la fuerza pública, por los militares o por las guerrillas. Es la diabólica inercia de la violencia, que desde antes de 1948, año del asesinato de Gaitán, ha dejado más de un millón de muertos”.

Es increíble, cuando uno ha conocido a colombianos tan buena nota como los que he tenido la suerte de conocer o se ha tenido el tiempo de conversar en Bogotá, Medellín, Villavicencio o Santa Marta, con cachacos, paisas, samarios, caleños, guajiros, llaneros y demás nominaciones que señalan el origen de los colombianos, no puede entender cómo gente tan amable y dicharachera se ha venido matando desde hace tanto y sin piedad. La guerra en Colombia, la que ha impulsado la FARC en complicidad con los militares y otros sectores de la sociedad ha sido de una violencia descomunal, fratricida, inexplicable. Solo basta leer el libro de Héctor Abad Faciolince –“El olvido que seremos”- para comprobar el nivel de odio al que llegó la violencia en momentos claves de la historia última de ese país hermano.

Me entusiasma la paz que se ha firmado en La Habana entre el Estado colombiano y el alto mando de las FARC. He seguido con atención las conversaciones que iniciaron el presidente Santos y «Timochenko» en Cuba. He estado siempre al tanto de los buenos oficios de personalidades tan ejemplares como Pepe Mujica o el mismísimo papa Francisco, de las tensiones a las que se llegó en determinadas circunstancias y, por cierto, de los arrebatos del ex presidente Uribe, como es sabido impugnador a rabiar del proceso que acaba de llegar a su hora más preciada. Y en todos los casos me ha animado la esperanza que el proceso iniciado en la capital cubana, gracias a la mediación de los gobiernos de Noruega y Cuba, llegue a buen puerto. Para la salud de Colombia y de todos aquellos que seguimos creyendo en el perdón y la reconciliación entre los seres humanos.

Espero que lo acordado la semana pasada en La Habana se ratifique en el referéndum que se va a llevar a cabo próximamente, que las voces disidentes de atemperen y que los siguientes pasos sean, de verdad, los primeros de la paz para siempre. Los dejo con este extraordinario texto de Alfredo Molano a propósito de lo que se está cerrando con el gesto de La Habana. Les recomiendo también la lectura de su último libro, “A lomo de mula, viajes al corazón de las FARC”, su testimonio de febrero del 2016, desde el campo, el hábitat donde mejor se mueve el escritor de 72 años, sobre la rebeldía de un grupo de empecinados campesinos y jóvenes idealistas que produjo un cataclismo irreparable. Buen domingo para todos, especialmente para mis amigos colombianos.


Mi primer recuerdo de Bogotá —porque sabes que nací detrás de ella— fue un cielo rojo que no era de atardecer sino de llamas. El centro de la ciudad había sido destruido e incendiado por el pueblo furioso contra el Gobierno, al que culpaban del asesinato de su jefe, Jorge Eliécer Gaitán. Yo no había cumplido cuatro años. En La Calera, el alcalde civil y militar, general Amadeo Rodríguez, fusiló en el cerro de las Tres Cruces a unos campesinos que acusó de rojos. Días después, me llevaron a ver el humo que aún salía de las ruinas de casas y edificios en la carrera Séptima. No sentí mi propio miedo, pero sentí el de la gente que miraba. Después, un poco más grande, frente a la Alcaldía de Chicoral —un pueblo de Tolima donde veraneábamos—, vi tirar de una mula el cadáver de un campesino. Fue como oír caer un bulto de ojos quietos y cuerpo ensangrentado. Tarde mi mamá me tapó los ojos.

¡Y desde esos días he visto tanta sangre y tanta violencia! En las carreteras había soldados que a gritos hacían bajar de los buses a los pasajeros para esculcarlos. A mí me daba rabia que no me esculcaran y me trataran como a las mujeres, a las que tampoco hacían bajar. Un día que íbamos hacia Santandercito, en el salto de Tequendama un camión del Ejército golpeó la camioneta en que paseábamos a mi abuela. Rompió la puerta, el espejo, los vidrios. Mi papá, furioso, se bajó a revirarles a los soldados y estos lo golpearon con las chapas de sus cinturones.

En Ibagué, donde teníamos familiares, mis tíos comentaban lo que sucedía en un pueblo cercano llamado Rovira: les cortaban la cabeza a los rojos y los rojos se estaban armando contra el gobierno azul. Tendría entonces tu edad. En San Martín, Meta, que conoces, el mayordomo de unas tierras que mi familia tenía contaba cómo ametrallaban los hatos desde aviones del Gobierno y mataban gente, reses, perros, gallinas. Lo que se moviera. No lo vi, pero vi temblar de rabia al hombre que lo contaba.

En la iglesia de La Porciúncula, donde me llevaban a oír misa mientras yo miraba los zapatos de los fieles, un día, la Policía tiró bombas lacrimógenas adentro. La estampida de la gente, sus caídas corriendo, me hicieron oler por primera vez el terror. Después, también, el júbilo del pueblo con banderas por las calles cuando Rojas Pinilla cayó. Mi papá hablaba de los estudiantes como si fueran héroes de la patria.

En la universidad quise serlo. Queríamos bajar a piedra el cielo a la tierra. Y entonces apareció Camilo… Y desapareció, y lo mataron y siguieron otras muertes y otras. Muertes de compañeros de cafetería, conocidos que murieron para que nosotros no muriéramos. Pero muchos lo hicieron con el morral al hombro y el fusil en las manos. Muchachos tan generosos como los que después me encontré en las costas del Guayabero, que no les temían ni a la noche oscura ni a los ríos crecidos. Fue cuando comencé a escribir sobre ellos y sobre su gente. Escribí deslumbrado, alucinado. No paraba de escribir sobre un país que no se conocía, y de conocerlo, por supuesto.

No eran venidos de otro mundo, no habían caído en paracaídas. Habían llegado huyendo, comiendo mico, tumbando selva. Se defendían y defendían a sus viejos y a sus críos. Por eso me dio tanta alegría ver a esos muchachos —hoy ya no tanto— enterrando la guerra, derrotándola. Dejando el poder de las armas en manos del Estado, confiando en que no volverá a ser usado contra ellos, contra el pueblo —el pueblo existe, Antonia, y así hay que llamarlo—, ni para defender a unos pocos bolsillos de por sí llenos.

Te confieso que he sentido esa alegría plena —esa que llena el pecho y eriza el cuero— tres veces: cuando los guerrilleros del M-19 salieron en avión para Cuba después de haberse tomado la Embajada de República Dominicana, cuando se firmó la Constitución de 1991, y el jueves pasado, cuando las Farc y el Gobierno le dijeron al mundo: Es el último día de guerra en Colombia.

Tú eres el puente entre mi nieto mayor y los menores. Cuéntales a todos lo que ustedes nunca vivirán.

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