Solo Para Viajeros

Reflexiones sueltas sobre nuestras montañas y montañistas…

Por Guillermo Reaño / Notas de campo

Reconquistar las montañas del planeta, no hay otra…

I
El accidente de Andrés Regueira, el montañista que perdiera la vida hace unos días tratando de llegar a la cima del Huascarán, así como la desaparición de los tres muchachos (Chicho, Saúl y Artidoro) en el mismo nevado y, por cierto, la muerte de Ignacio Chinchay, el porteador local que formaba parte de uno de los equipos que trataba de hallar a los deportistas extraviados, vuelve a mostrar los componentes de un hecho -una verdad, una constante-  que tenemos  la obligación, como colectivo, de controlar antes de  que sea demasiado tarde: me refiero al acceso masivo (la palabra que uso puede ser exagerada) y a veces descontrolado a las rutas que conducen a las cumbres de  las  montañas más extremas de la Cordillera Blanca por deportistas sin tanta experiencia. Poco duchos, digamos, para tan colosal tarea.

Y, además, tratando de lograr su cometido en una época donde las avalanchas debido al retroceso glaciar y  los súbitos  cambios en el clima cordillerano se han vuelto frecuentes e imprevisibles.  

(Ojo, lo que digo no lo digo necesariamente en relación  a los chicos accidentados en las montañas de nuestro país en las últimas semanas, no, me refiero a los tantos, tantísimos, grupos de montañistas que intentan ascender hacia objetivos de la Cordillera Blanca prácticamente inalcanzables para noveles -el Huascarán, sin duda, uno de ellos-  por rutas de escalada complejas, muy técnicas, solo aptas para deportistas extremos).

La causa de esta inusitada afición contemporánea por intentar tocar con las manos los techos del mundo  es universal y para entenderla podemos encontrar muchas explicaciones sociológicas. Una de ellas, la que se relaciona con esa fascinación que tenemos los terrícolas de este milenio por ser parte de  la “sociedad del espectáculo”, ese constructo –no encuentro mejor palabra que ésta–  en el que los vínculos entre las personas ya no se basan, necesariamente, en la experiencia directa, en el contacto epidérmico, de piel a piel, entre los H. sapiens sino en todo lo contrario: ósea, en la dependencia y/o la mediación de las imágenes y las representaciones.

Vale decir, por la preeminencia del  parecer, antes que el ser. Lo que ha llevado a la entronización del reino en  el que  el selfie (o la foto, el video, el meme, la llamada telefónica, lo que sea que tenga inmediatez y sea útil para “comunicarnos” sin interferencias de ninguna clase) ha devenido en la moneda de cambio, en el objeto con mayor valor que nos ha regalado la nueva normalidad.  Y en esa aldea global donde nos ha depositado el algoritmo y las otras piezas claves de la nueva cultura de masas (o del egoselfismo) todos quieren ser influencers: grandes, medianos o pequeños, no importa el tamaño. Solo importa el parecer.

Así de claro.

II

Vuelvo al tema con el que iniciamos esta conversación. Lo acaban de comentar mejor que nadie en Facebook los amigos de El llamado de la Montaña, una simpática plataforma mexicana que se ha ocupado de este mismo tema. Los copio: “Dicen que el montañismo está creciendo. Yo, en cambio, siento que se está muriendo. No porque haya menos gente en los senderos, sino porque cada vez hay menos montañistas y más influencers. Personas que no suben para conocer la montaña, sino para que la montaña los haga famosos. Van con la mirada puestas en el celular, no en el horizonte; les importa más el ángulo de la foto que el estado del bosque (…) Un sitio que permaneció intacto durante años puede llenarse de basura, ruido y destrucción en cuestión de semanas, todo porque alguien quiso hacerse viral. La montaña nunca necesitó publicidad. Necesitó guardianes”.

¿Sí o no, Víctor Rímac? Nuestro hombre de acero, el peruano que ha logrado alzarse con diez de las catorce montañas del planeta con más de 8 mil metros de altura, ha mencionado lo siguiente el día de ayer al descender de las alturas de Áncash: “Tantos años caminando por la Cordillera Blanca. Este es mi hogar. Este es mi lugar. Aquí he pasado gran parte de mi vida, caminando, escalando y viviendo entre estas montañas que considero una de las grandes mecas del montañismo en América del Sur y del mundo. Pero regresar año tras año y ver cómo esta belleza incomparable se va destruyendo poco a poco por el turismo irresponsable, cada vez me duele más”.

No hay otra, hay que ordenar la casa de todos. Hay que frenar la estampida del turismo irresponsable en todas sus facetas.

III

Me olvidaba, la irrupción de lo masivo en los deportes extremos no es un fenómeno inherente al montañismo. No. La sociedad de consumo se ha extendido tanto que todos podemos conseguir el juguete que está a la mano -en la tienda del mall más próximo o en Amazon. O en Temu, para los que somos más misios- para sentirnos completamente seguros de que en tres salidas de campo y un par de buenos tutoriales en YouTube ya estamos listos para kayakear en el río Futaleufú; surfear en Pipeline o Nazaré; hacer parapente en las proximidades del K2 o del Broad Peak o lanzarnos a la conquista de los catorce ochomiles del planeta.

O a hacer cumbre en el Huascarán.

IV


Sí, ya sé. La sociedad del espectáculo -o el capitalismo en su versión más que-viva-el -consumo-y- listo– ha servido también para democratizar la práctica de estos deportes y de mil actividades más, una de ellas el turismo, que hasta mediados del siglo pasado eran facultad de  las élites más acaudaladas.

Hablemos ahora de los riesgos que asume en el uso de su libertad los que se aventuran a desafiar sus límites personales ya sea en Futaleufú, Nazaré o en el Huascarán. Lo he comentado en redes con diferentes personas, algunas de ellas montañistas de larga data que saben muy bien los peligros que corre todo escalador en la búsqueda de sus pasiones. Uno de estos riesgos, por cierto, el tener que enfrentarse a un accidente que podría causarle la muerte. Como me dijo uno de los lectores de esta plataforma: son gajes del oficio, más bien saludemos que cada vez haya más montañistas detrás de sus sueños.

Es cierto.

Y eso es precisamente lo que hay que cuidar, reglamentando con propiedad esta y las demás actividades que se realizan en las montañas: en otras palabras, tenemos la obligación de organizarnos para que el territorio que los montañistas y los turistas, los que turistean responsablemente, obvio,  utilizan para “vivir sus sueños”,  se respete, se le considere como lo que es: un  bien común que debe ser cuidadosamente gestionado. No a la brava, como está sucediendo, pese a quien le pese. Y gestionarlo adecuadamente significa, entender que en ese territorio se vienen realizando desde hace mucho tiempo actividades económicas  que envuelven a miles de personas: porteadores, guías, hoteleros, restaurantes, agencias de viaje, proveedores de equipos, tour operadores, transportistas, rescatistas, tíasveneno, etcétera, etcétera, etcétera. Una red, compuesta mayoritariamente por pobladores locales, hijos de esas montañas a las que se quiere  abrazar desde sus cumbres, que han visto mejorar sus condiciones de vida gracias a una industria que podría irse por la borda si es que no la cuidamos.

Estoy convencido de que hay que regular éste y todos los demás deportes extremos de este país ideal para la práctica de casi todos. Regular no significa estatizar, confiscar, nacionalizar. Regular significa, pienso y los someto a sus opiniones, organizar, normar, poner, de común acuerdo, las mejores condiciones para que las cosas funciones… para que no cunda el libre albedrío.

No digo más, solo soy un simple espectador tratando de entender lo sucedido para evitar que se produzcan tragedias como las que han ocurrido este año en el Tacllaraju (donde fallecieron un escalador mexicano y una canadiense) y en el Huascarán. Y que nuestras cordilleras -ese inmenso bien común- sigan siendo el espacio donde habitan los sueños de tantos.

 Qué la resignación y los buenos recuerdos acampen en casa de los montañistas fallecidos”.

En fin, sería lindo ponernos de acuerdo sobre estos y otros tenas pendientes.

Buen viaje…

Deja un comentario