Mi opinión
El lunes voy a volver al Mainique, al pongo que horada la cordillera oriental de los Andes en tierras de la nación machiguenga (Matsigenka, de acuerdo con la nomenclatura sellada y sacramentada por el Ministerio de Cultura peruano), un pueblo originario de los bosques del Cusco y Madre de Dios que habita uno de las geografías más espectaculares y biodiversas de nuestro país.
Por Guillermo Reaño
En el 2001, cuando fungía de editor de la revista Rumbos, realicé con el fotógrafo Franco Goyenechea, desde hace mucho viviendo y trabajando en Valencia, España, un viaje apoteósico por el bajo Urubamba para conocer el trabajo de los líderes machis que acababan de negociar con el Estado central los acuerdos que a la postre validarían la construcción del gasoducto de Camisea en esa región del Perú. De ese recorrido iniciático por la dermis (no la epidermis, aclaro) del territorio indígena nuestro, que tuve el honor de hacer con el antropólogo Lelis Rivera, entonces y todavía ahora director de CEDIA, la oenegé indigenista que ha hecho tanto por la titulación de las comunidades nativas de la Amazonía, guardo los mejores recuerdos y enseñanzas. Lo que aprendí allí, observando, palpando, olisqueando, constituye gran parte del engranaje que llevo conmigo cada vez que ingreso al multiverso de los pueblos originarios de la selva peruana. Ese viaje ha sido, lo he mencionado muchísimas veces, el mejor curso que he recibido de antropología indígena amazónica. Lo tengo claro.
De allí que este revisando en estos días previos a mi próxima navegación por el pongo de Mainique, en ruta al Santuario Nacional Megantoni, las anotaciones de campo que fui pergeñando en uno de los primeros blocks de mercado que desde entonces me suelen acompañar cada vez que cierro la puerta de casa para aventarme a recorrer el mundo que bulle detrás de las paredes que se han levantado para detener nuestros mejores anhelos. En esos apuntes de hace veinticinco años quedan felizmente abundantes luces que van a iluminar mi próxima navegación por el Tonkini, la puerta de entrada al cielo machiguenga, el hogar donde habitan los seres de este mundo y del mundo otro. Voy a ir dejándoles por aquí algunos de esos destellos:
“Salimos del Cusco a las cuatro y quince de la tarde, en este momento son las nueve. Nos hemos detenido en Carrizal, en medio del bosque de nubes, acabamos de dejar atrás el abra Málaga. El ranchito donde tomamos un reparador mate de sano-sano antes de continuar con nuestro recorrido se parece mucho al que me recibió en Tres Cruces, en el 83, hace ya una pila de años, cuando descendía desde lo alto del Parque Nacional Manu hacia las selvas de Shintuya y Salvación. Ahora voy a ingresar al oriente del Cusco por otra ruta. Nos alumbra un discreto lamparín y en la mesa de al lado una guitarra y dos voces saturadas de aguardiente se pronuncian en el idioma oficial de la tristeza, el huaino.
Comparto ese recuerdo con Lelis y él apunta: “ese bohío quedaba por Pillahuata, esa chocita está abandonada”.
Lelis es un baquiano trejo por estas soledades.
(Viajo en la parte posterior de una camioneta doble cabina, el pasajero que se ha acomodado a mi costado duerme como un lirón, sin darse absolutamente cuenta de que soy la almohada ideal para sus sueños más profundos. La pasé mal, a las 11 y 45 de la noche llegamos a Quillabamba.
…
El antropólogo Lelis Rivera Chávez es natural de Cocachacra, una localidad en la cuenca del río Tambo, en la provincia arequipeña de Islay. Es, digámoslo con claridad, un costeño que se ha ido desacostumbrado a fuerza de andar por la manigua a las garuas y camanchacas que nos suele endilgarnos el desierto litoral. Formado profesionalmente en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos desde hace treinta años se dedica a tiempo completo al estudio y promoción de la Amazonía. La suya, me confiesa, fue una generación de jóvenes universitarios que hizo de la selva su objeto de estudio debido a la influencia que sobre todos ejerció el magisterio de Stefano Varese, el antropólogo con quien llegaron a fundar el primer Seminario de Antropología Amazónica en la cuatricentenaria universidad limeña.
Me va contando que, a poco de graduarse, viajó con seis compañeros de estudio a la zona de Aguaytía a realizar sus primeros trabajos de campo. “Formábamos parte de una generación mucho más comprometida y solidaria que la de ahora. Teníamos el convencimiento de que la antropología debía estar comprometida con la vida de la gente”

Leer más en Lelis Rivera: “Lo que se acaba ahora se acaba para siempre”
A su retorno se involucra en el proceso de la reforma agraria promovida por el gobierno militar de Velasco que, como se sabe, promulgó hacia 1974 la primera Ley de Comunidades Nativas de la historia del Perú. Desde entonces Lelis se ha venido dedicando al asunto de la titulación de tierras en la Amazonía. Fueron años muy ricos, recuerda, ya que hubo debate y confrontación de ideas sobre la materia, así como un interés real por parte del Estado en proteger a los pueblos indígenas. “Claro que hubo oposición, prosigue, sobre todo de los sectores ligados a la conservación de la naturaleza, uno de cuyos líderes entonces era Marc Dourojeanni. Los parquistas de esos tiempos proponían la conversión de grandes territorios amazónicos en áreas naturales protegidas. Para ellos los indios, así los llamaban, debían someterse a la colonización o vagar por el bosque sin ningún derecho de propiedad”.
Finalmente, el gobierno aprobó los planteamientos antropológicos que velaban por la protección de los pueblos indígenas e impulsó una campaña acelerada de titulación de tierras. Lelis trabajó durante esa coyuntura impulsando la dación de títulos de propiedad para las comunidades nativas de la Amazonía: “Dourojeanni, contrariado, me dice, logró que se aprobara una Ley Forestal que puso en propiedad del Estado las tierras amazónicas. Felizmente que con el correr de los años se impuso la sensatez y ahora titular territorios indígenas amazónicos se ha convertido en un hecho masivo”.
Dejo aquí por un momento mis notas de campo: con el correr de los años, recuerden que el viaje que estoy narrando sucedió en el 2001, he ido conociendo otras versiones sobre las discusiones y las decisiones que se tomaron en materia de conservación y derechos indígenas en los años tumultuosos y decisivos del velascato, el periodo más o menos reciente de la historia de nuestro país definido por el ideario progresista del autodenominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1975). Una de ellas, la de mi dilecto amigo Marc Dourojeanni quien en su “Crónica de la conservación de la biodiversidad peruana” y en otros libros da cuenta de las controversias entre conservacionista e indigenistas sucedidas entonces.
Continúo.
Julio 18, miércoles
Qué bestia, Lelis maneja abundante información sobre las cuencas hidrográficas que abundan en la Amazonía… y también sobre las etnias que viven en sus riberas y profundidades. Me habló encomiosamente (el adverbio existe) de “El Hablador”, la novela de Mario Vargas Llosa que me gustó tanto, pues considera que la obra está muy bien apertrechada de datos etnográficos que describen a un autor dedicado y sumamente respetuoso de las cosmogonías machiguengas. De hecho, me dijo, el inusitado interés por la selva del Perú de muchos de los turistas que nos visitan se debe a la lectura de un libro escrito por el novelista después de haber analizado los trabajos etnográficos de los investigadores del Instituto Lingüistico de Verano (ILV).
Debo mencionar, no lo había hecho todavía, que me encuentro en localidad de Timpia, en el albergue que han construido los machiguengas en el afán de integrarse a la ola del turismo de naturaleza y aventura que nos ha caído encima.
En el Sabeti Lodge, el albergue machi, los nativos que lo atienden reproducen para los visitantes cuentos a la manera del “narrador» de la novela de Vargas Llosa. Le pregunté a Lelis si en alguna de sus recorridos por esta Amazonía había recogido evidencias de la existencia real de “Mascarita”, el personaje principal de “El Hablador” y me dijo que no, que la historia que narra el novelista arequipeño solo es una buena ficción.
Lelis considera que la Amazonía sigue estando viva, saludable, a pesar de los despropósitos que la agobian desde hace tanto tiempo. Es un convencido de que debemos trabajar de manera consciente y positiva para que en el año 2050 hayan descendientes de los hombres y mujeres que pueblan estos bosques que defiendan su cultura y la valoren. Como los judíos que después de dos mil años de diáspora, le digo, y me contesta que sí. Que qué importa si entonces son médicos, ingenieros, mecánicos o viven en cualquier parte del mundo y se sienten hijos, herederos, de una cultura antigua y extremadamente rica.
Termina de decirme que hay intentos muy serios -como el de los que impulsaron la expo “El ojo verde”- por poner en marcha una educación bilingüe intercultural entre las poblaciones indígenas de nuestra Amazonía con la intención de que los chicos no pierdan sus lenguas maternas. Cree que para ello se deben implementar currículas locales en los idiomas que hablan para que estos, muchachitos, a partir del tercer grado de primaria, empiecen a tomar clases en castellano.
Me contó que los encontronazos con los gringos, así los llamó, del ILV estuvieron a un tris de provocar su expulsión durante el régimen militar de Morales Bermúdez pero que las presiones del gobierno de los Estados Unidos impidieron que se repita lo que ocurrió en Colombia, Ecuador, Bolivia.
Me quedó claro que el actual director de Cedia tiene miles de anécdotas sobre la presencia misionera en la Amazonía: me habló de Fray Pío, un franciscano que anduvo perdido durante más de tres años por las selvas de Perú y Brasil que conoció cuando tenía 81 años. También de un cura a quien llevaron a Lima después de vivir en el monte durante 27 años sin tomar contacto con sus superiores y que cuando llegó a la capital lo hizo con el mismo hábito grueso y negro, típico de su orden, con el que había llegado a cumplir su tarea evangelizadora.
…
Julio 19, jueves.
Acostumbrado como estaba a viajar por las sierras del Perú no me acordaba de estos despertares tibios y tranquilos, pausados, de esta mañana. Aquí ni hay que levantarse de a poquitos y «vizcachear» un tantito para desentumecerse. Veo a la distancia a los machiguengas lavarse la boca en las aguas torrentosas del Urubamba: destaca su prolijidad y el sentido colectivo y puntual de una actividad tan higiénica. Escucho el cantar de un paucar. Sobre esta avecilla ha escrito César Calvo (Ino Moxo): «el páwcar que sabe imitar todos los cantos de las aves con su plumaje negro y amarillo».
(continuará)

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