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Ecuador sigue firme en su lucha por salvar al cóndor de los Andes

Mi opinión

Qué potente que es el Ecuador. En estos días de recorrer sus caminos he podido constatar la fuerza con que sus ciudadanos y autoridades impulsan la protección de sus hábitats y especies de flora y fauna más representativas. En estos ocho días de viaje he tenido la fortuna de entrevistarme con funcionarios de ONGs y del Estado, jefes de áreas protegidas, alcaldes, guardaparques, gente del común; he recorrido el Área de Conservación Municipal La Bonita y la Reserva de Producción Faunística Cuyabeno, en la provincia amazónica de Sucumbíos, siempre gracias a una invitación y la buena compañía de técnicos de The Nature Conservancy (TNC) y Rainforest Alliance, dos instituciones involucradas en la Iniciativa para la Conservación en la Amazonía Anida (ICAA) y en todos los casos he podido comprobar el empeño de todos por construir un país reconciliado con sus riquezas naturales y su patrimonio cultural.

Regreso a Lima reconfortado por tantas buenas noticias que les iré contando. Ahora les paso esta historia que recogí del diario El Telégrafo sobre el empeñoso trabajo de un grupo de conservacionistas para salvar de la extinción a una criatura hermosa y tan ligada a nuestra historia. Suerte, cumpas.


Para mirarlo surcar los cielos andinos se necesita paciencia y una buena vista. Su gran tamaño (3,5 metros de envergadura) parece reducirse cuando se lo ve volar a más de 6.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Distinguir si es macho o hembra, adulto o juvenil (ver infografía) parece una tarea imposible para quien no tiene experiencia en el avistamiento del ave emblema del Ecuador, el cóndor.

Eso no es problema para Wladimir Ushiña, quien creció admirando estas aves en la parroquia de Píntag, en el oriente de Quito.

En las tierras que un día le pertenecieron a sus abuelos se localiza uno de los 60 dormideros, que el pasado 29 de septiembre se observó como parte del Primer Censo Nacional de Cóndores que realiza el Ministerio del Ambiente (MAE).

Son las 06:00, el viento sopla con fuerza. Eso es bueno para los cóndores, dice Ushiña, pues por su peso (15 kg) es difícil que emprendan vuelo como los otros pájaros. Por ello —estas aves, en estado silvestre— viven en zonas altas y ventosas, donde pueden planear con la ayuda de las corrientes de aire.

Antes de que los primeros rayos de sol iluminen las montañas que flanquean las lagunas de Píntag, Ushiña indica que hay que caminar por un sendero que lleva a un mirador estratégico, ubicado entre la vegetación típica de los páramos.

Ahí Ushiña coloca su telescopio y lo dirige hacía unos riscos. Al mirar a través del lente se ve un nido de cóndores. La madre es la que permanece en el lugar, mientras que el padre sale a buscar alimento.

Según datos que maneja Juan Manuel Carrión, secretario del Grupo Cóndor, entidad que trabaja en la conservación de esta ave y que también participó del censo, cada individuo recorre cerca de 200 kilómetros al día para conseguir alimento. Ushiña cree que el padre del polluelo que nacerá en estos días voló hasta los páramos del Cotopaxi y volverá antes de que el sol se oculte (17:00).

¿Cómo se comporta un cóndor?

El ciclo reproductivo del cóndor, incluido el cortejo, el apareamiento, la incubación y el levante del polluelo hasta su emancipación dura aproximadamente de 2 a 3 años. La especie posee el período de incubación más prolongado entre las aves rapaces (55 a 60 días). Una vez que nace el polluelo, ambos padres se encargan de su alimentación con carne regurgitada.

Una ligera llovizna empieza a caer en Píntag, lo que dificulta el avistamiento. Ushiña aprovecha para contar que en ese sector, él ha contado a cerca de 28 cóndores.

Por su cercanía con esta especie en peligro de extinción conoce su comportamiento. Dice que cuando localizan la carroña no descienden a comer inmediatamente, sino que se limitan a volar sobre esta o se posan en algún lugar desde donde se la vea claramente.

Pueden pasar uno o dos días hasta que finalmente se acercan a la presa. Comienzan a alimentarse en los puntos más accesibles o blandos, es decir, ojos, lengua, ubre, testículos, abdomen y entrepierna. Con sus fuertes y cortantes picos desgarran los tejidos y abren la piel lo que facilita la alimentación de carroñeros de menor envergadura. Un cóndor ingiere unos 5 kg de carne en un día y puede ayunar hasta 5 semanas.

El censo, más que un simple conteo de aves

Ushiña al igual que Carrión están conscientes de que el cóndor sufre varias amenazas: la caza y la pérdida de su hábitat. Por ello indican que el censo permitirá conocer la realidad del ave y afinar las políticas de conservación.

Cristián Terán, subsecretario de Patrimonio Natural, informa que los resultados se conocerán el próximo 26 de octubre. Para la ejecución de esta iniciativa se diseñó un protocolo con mapas de los dormideros seleccionados en 11 provincias y cartas topográficas con información de los sitios donde viven.

Se espera que el registro arroje resultados valiosos sobre el número mínimo de individuos en el país, su estructura demográfica y su estado actual de conservación. Además, esto permitirá garantizar sus procesos reproductivos y fortalecer las condiciones de vida. “Amparar y preservar la vida de esta legendaria especie, aún amenazada, permitirá lograr un equilibrio en el ecosistema”, indica Terán.

El día transcurre en Píntag, son las 07:45 y desde la parte más alta de las montañas, donde parece que el cielo se une con las cubres, un cóndor macho vuela. Planea por los riscos y rápidamente se pierde entre el cielo nublado. Saldrá el sol, dice Ushiña, pues según la leyenda inca, el cóndor era el responsable de que el astro rey aparezca cada mañana. Con su energía era capaz de tomar los luminosos rayos y elevarlos a montañas, iniciando el ciclo vital.

Su valor mitológico

Antes de que Ecuador se creara como país, los habitantes de estos territorios tenían divinidades, seres encargados de mostrar las expresiones espirituales de los pueblos a través de un tótem. Este objeto era usado para representar con animales los 3 niveles del hombre. El yo inferior o inconsciente, el yo medio y el yo superior. Este último era simbolizado con un cóndor.

El sociólogo Andrés Iturralde cuenta que, en la mitología inca, el cóndor es el mensajero de los dioses y de los espíritus. “Se lo consideraba como el guía de los muertos hacia el reino del Hanan Pacha (tierra de arriba)”.

El experto señala que para proteger al ave, no solo hay que hablar de su valor ambiental, sino también educar sobre la identidad y la virtud que nuestros ancestros le dieron a esta especie que en 1843 se colocó por primera vez dentro del escudo nacional.

 

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