“El camino más corto” del gran Manu Leguineche, un clásico de la literatura de viajes

Guillermo Reaño para #100librosparaviajeros

Mi opinión

Tozudo como suelo ser y sin que nadie me lo haya propuesto inicio con estos apuntes una nueva aventura, un nuevo proyecto personal que osaré en llamar con pompa y mucha lisura:  #100librospara viajeros… que pueden ser solo 20, aclaro, si el cansancio me abate y a otra cosa mariposa. O solo diez, no lo sé. Voy a intentar llegar a cien, uno por semana, lo prometo: lo que significa en cristiano dos años remando contra la fatiga y el consabido dejar-las-cosas-de-lado para asumir otros afanes, ese mal tan extendido entre los periodistas obligados a pagar cuentas y vivir del oficio.

¿El objetivo? Rebuscar en mi biblioteca los cien libracos de viajeros (o cuasi viajeros) que me han conmovido para proponérselos a ustedes, amables lectores y seguir armando la fiesta. Viajar y leer, lo he dicho antes, resulta un combo, un dúo interesantísimo para los que creemos que no hay mejor boleto para transitar los caminos que nos salen al frente, cualesquiera que sean, que un buen libro en la faltriquera. O en la mochila. Igual da.

Comienzo por “El camino más corto”, la opera prima del Manu Leguineche (1941-2014), el periodista de viajes y trotamundos más cojonudo que conozco, “el más universal de todos los vascos” como alguien dijera por allí.

Leguineche fue un lector voraz y un escritor de polendas. Practicó casi todos los géneros literarios y su biblioteca, lo dicen sus mejores amigos, Javier Reverte, otro que acaba de partir, entre ellos, alcanzó a tener entre ocho mil y diez mil volúmenes. Tremendo.

El libro que comento –y recomiendo- es el relato de un viaje iniciático, un tour de force alrededor del mundo realizado en 1965 por un mozalbete imberbe – Manu-  y cuatro aventureros llegados a la España de Franco desde el primer mundo con el objetivo de dar la vuelta al mundo en automóvil y de esta manera superar la marca impuesta –en kilómetros se entiende-por una expedición estudiantil británica algunos años antes.

A bordo de un “jeep” Toyota Land Cruiser rojo sangre los expedicionarios parten de Jerez de la Frontera pensando en coronar la hazaña que se habían propuesto en seis meses: al final, el viaje del Manu duró tres largos y muy productivos años. Tres años por los confines de Asia fungiendo de todo y muchas, muchísimas, vueltas y más vueltas por todas partes, por medio mundo. Y en cada lugar una anécdota y un montón de reflexiones al paso de quien hiciera de recorrer el planeta para tomarle  el pulso a la humanidad que lo habita una obsesión y su destino.

“Partir es vivir. Pero que no se corra la voz: podría cundir el ejemplo” , Manu Leguineche

Se los recomiendo, como dice el propio Leguineche, citando a Hermann Keyserling, un escritor de principios del siglo pasado: “El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Me dispongo, pues, a dar la vuelta al mundo. Europa ya no me produce efecto. Harto familiar me es este mundo para obligar a mi alma a nuevas configuraciones. Además, es un mundo demasiado limitado. Toda Europa tiene en lo esencial un solo espíritu. Quiero anchura, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por competo para subsistir, donde la intelección requiera una radical renovación de los recursos intelectuales, donde tenga que olvidar mucho –cuánto más, mejor- de lo que supe y fui. Quiero que el clima de los trópicos y otros muchos aspectos imprevisibles envuelvan mi ser y actúen sobre mi alma, para ver lo que será entonces de mí. Ya están cortadas las relaciones con lo que me sujeta. Siento en mi la beatitud de la libertad conquistada. De seguro que no hay nadie ahora más independiente que yo. No tengo profesión externa, no tengo familia que me preocupe; no tengo obligaciones que llenen mi tiempo, puedo hacer u omitir lo que me plazca”.

“Un libro casi canónico de la literatura de viajes”, Javier Reverte

Maravilloso, linda semana, nos volveremos a encontrar, si los duendes lo permiten, la semana próxima.