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Los fardos funerarios que investiga el Dr. Krzysztof Makowski que están reescribiendo la historia de Pachacamac

Mi opinión

Hace unos días Felipe Varela, el Chaski, el conocido caminante por las rutas ancestrales de nuestro país nos visitó en San Bartolo para hablarnos de una de sus pasiones más intensas: la relación que existió -y todavía existe- entre los pobladores de este litoral con los hombres, mujeres y dioses de las montañas andinas más próximas. Para nadie es un secreto que el paisaje compuesto por las islas de Pachacamac, las de Punta Hermosa y Curayacu, el mar océano, el mítico Pariacaca, las lomas de Cicasos y las riadas que descendían desde las alturas para fructificar la tierra, fue un territorio poblado desde el precerámico peruano por grupos humanos que en menor o mayor medida lograron arrebatarle a la naturaleza algunos de sus bienes más preciados para sembrar culturas.

Desde los tiempos del hombre de Cerro Paloma, hace diez mil años, hasta nuestros días, estas costas y breñales han sido el escenario de una intensa ocupación humana que debemos conocer. Allí están, diseminados, entre Lurín y los balnearios de Asia, los testimonios físicos y las huellas evidentes de su presencia. Los estudios del profesor Makowski y su equipo de arqueólogos de la PUCP, que han sido reseñados por las publicaciones de la prestigiosa National Geographic, van a permitirnos transitar por ese otro camino, como en su momento hicieron Muelle y Engel, en San Bartolo, Pucusana y Chilca. No hay que olvidar que fue precisamente el arqueólogo Jorge Muelle, mientras buscaba evidencias humanas que revelaran la presencia Chavín en la costa central, quien encontró en el cerro La Ermita la estatuilla de terracota de 47 centímetros conocida con el nombre de la Venus de Curayacu, evidencia de la existencia de una aldea de pescadores en las playas y roqueríos de San Bartolo por lo menos desde hace cuatro mil años.

Les dejo parte del reportaje multimedia que PuntoEdu ha puesto en circulación para visibilizar el trabajo de los investigadores de la especialidad de arqueología de la universidad limeña los que a punta de mucho tesón y avidez científica están resignificando el sentido de los asentamientos humanos en el sitio de Pachacamac, la Meca de la idolatría para los barbudos que saquearon sus templos al inicio de la conquista de estos reinos.


Tomado de PuntoEdu

Hace dos años, un equipo liderado por el Dr.

Los fardos funerarios que investiga el Dr. Krzysztof Makowski que están reescribiendo la historia de Pachacamac El museo no debe estar en Pachacamac / Fernando de Szyszlo Buen domingo para todos. Les dejo estas contundentes reflexiones de Fernando de Szyszlo publicadas hoy en El Comercio de Lima a propósito de la construcción del nuevo Museo Nacional de Arqueología en Pachacamac. En este portal hemos consignado las declaraciones de los doctores Mariana Mould de Pease y   Luis Jaime Castillo sobre la cuestionada obra. Discutir sobre el espacio que ocupará el MUNA es necesario. Mejor aún hacerlo desde la razón, lejos de los apetitos políticos y las mentecateces que tanto daño hacen.

Para Szyszlo el Museo Nacional debe estar ubicado en la ciudad misma, no en sus periferias y estar articulado, como los grandes museos del mundo, a la dinámica de la ciudad, al quehacer de sus ciudadanos. 

Interesante punto de vista. De acuerdo con el Maestro cuando afirma que resulta equivocado “mirar el futuro Museo de Arqueología como un atractivo más para el turismo. El turismo será siempre bienvenido, pero dejemos que las cosas importantes vengan primero”. En otras palabras: dejemos de hipotecar nuestra suerte al turismo, este nuevo cajón de sastre donde han ido a parar nuestras mejores elucubraciones obre el futuro. “El museo que necesitamos no debe ser uno alejado del centro de la ciudad, en donde turistas en buses con aire acondicionado lo visiten y después visiten las ruinas de Pachacamac para luego disfruten un almuerzo o un snack en alguno de los restaurantes que habrá alrededor, o paseen por los mercados de artesanías y arte popular que seguramente surgirán en torno”, advierte. Que siga el debate, nos hace bien. 23/10/2016 

Pachacamac, un oráculo andino y una huaca del siglo XXI Hace unas semanas visité por primera vez el recientemente inaugurado Museo de Sitio de Pachacamac, veintiún kilómetros al sur de esta ciudad tan afecta a las malas noticias. Lo menciono porque a los pocos minutos de haber empezado a recorrer sus salas de exhibición tuve la sensación de haber ingresado a uno de esos espacios -como el Museo Tumbas Reales de Sipán o la Huaca del Sol y de la Luna- que nos reconcilian con lo que somos y podríamos ser si es que de verdad nos ponemos las pilas y aprendemos a sumar entre todos. Testigo de lo que les cuento fue el fotógrafo catalán Raimon Plá.

El Museo de Sitio de Pachacamac es una joya de la cultura peruana por donde se le mire y aunque parezca mentira se fue edificando mientras perdíamos el tiempo en confrontaciones políticas de poca importancia y cabildeos menudos. Desde la propuesta arquitectónica, desarrollada por dos jóvenes arquitectos peruanos y la excelente gestión que viene desarrollando el equipo del Ministerio de Cultura a cargo del santuario, hasta la museografía que se ha puesto en escena, todo, realmente todo es de primera. Como suelo mencionarlo cuando me enfrento a situaciones como ésta: provoca aplaudir de pie y batir hurras por los involucrados.

Volví al valle de Lurín hace unos días con Walter Silvera y Anna Cartagena para preparar una nota sobre el museo y el oráculo de Pachacamac. Gracias a la buena nota de Denise Pozzi-Escott, Carmen Rosa Uceda y Janet Oshiro, del equipo del Ministerio de Cultura, pude recorrer sus salas y algunas zonas del santuario, siempre pensando en volver para seguir hurgando entre sus muros de adobe y sus infinitas historias. 24/6/2016

 profesor de la Especialidad de Arqueología de la Pontificia Universidad Católica del Perú, descubrió en medio de un cementerio prehispánico de Pachacamac, 73 entierros intactos. Los fardos funerarios yacían bajo un muro colonial derruido, que los mantuvo en buen estado y lejos de los huaqueros. Desde el laboratorio donde se investiga el hallazgo, rodeado por el avance urbano en el valle de Lurín, PuntoEdu habló con el Dr. Makowski y sus colegas sobre uno de los proyectos de arqueología funeraria de mayor envergadura en los Andes.

El Dr. Krzysztof Makowski se desplaza con rapidez sobre las lomas de tierra arenosa, que durante la temporada de lluvias absorben la humedad y se transforman en un manto verde salpicado por flores moradas. Este es el escenario donde se encuentran los laboratorios del Programa Arqueológico – Escuela de Campo «Valle de Pachacamac», donde él ejerce como director.


 
Horas antes, mientras manejaba su Subaru Forester en la carretera, el Dr. Makowski nos compartió que estas lomas son las mismas donde, hace casi 70 años, Josefina Ramos de Cox y Mercedes Cárdenas descubrieron la zona arqueológica de Tablada de Lurín. En ese lugar, acompañadas por estudiantes de diversas facultades de la PUCP, las profesoras realizaron sus excavaciones todos los fines de semana, continuando con frecuencia y duración variada hasta el año 1988. Ahora, el Dr. Makowski observa a su alrededor: cámaras funerarias vacías, dejadas expuestas hace más de medio siglo, en cumplimiento del deseo de la población de Villa María del Triunfo, cuyos integrantes, en particular escolares, regularmente visitan el sitio, y, a lo lejos, el valle de Lurín donde se encuentran los sitios de Pueblo Viejo-Pucará y Pachacamac, materia de sus actuales investigaciones.
 
Es la segunda ocasión que vemos al renombrado arqueólogo y docente de la PUCP. Pocos días atrás, nos acercamos a él en el campus para abordar el fascinante hallazgo de los 73 entierros en Pachacamac. Aunque la noticia ya había sido difundida por diversos medios de comunicación, tanto a nivel nacional como internacional, nuestra curiosidad persistía, motivándonos a indagar a fondo sobre este descubrimiento que ocurrió en un lugar tan cercano a nosotros. Especialmente, cuando la fuente estaba en la misma PUCP.


Sabíamos que era un descubrimiento de gran importancia.
 
Lo que no imaginábamos era que solo representaba parte de un gran proyecto.
 
Esta es su historia.

Corría el año 1991. Para ser más precisos, era octubre de 1991. Esta es la fecha de inicio del Programa Arqueológico – Escuela de Campo «Valle de Pachacamac». El Dr. Makowski, con lentes oscuros e indumentaria color caqui y de tela ligera, hace memoria: «Habían pasado dos o tres años desde que Mercedes Cárdenas había dejado el trabajo en Tablada de Lurín. Los ejecutivos de Cementos Lima S.A., hoy UNACEM (Unión Andina de Cementos), se acercaron a mí para crear este proyecto y seguir con las excavaciones». Caminando a través de la pampa arenosa, el reconocido arqueólogo señala la aproximada extensión de la zona arqueológica, de las excavaciones llevadas a cabo, respectivamente, bajo su dirección y bajo la dirección de Ramos de Cox y Cárdenas, probable área del cementerio de entierros en pozo (200 a.C. – 200 d.C.), así como la extensión y la organización espacial del cementerio posterior, compuesto por cámaras subterráneas de piedra (200 – 400 d.C.). Entre ambos proyectos se han excavado 4,600 m² con 957 contextos funerarios. Se trata, por ende, de uno de los proyectos de arqueología funeraria de mayor envergadura en los Andes. Mientras hace estos comentarios, se acerca una de sus colegas, la magíster Cynthia Vargas. Ella es parte del programa que dirige el Dr. Makowski y estuvo presente en la primera conversación que tuvimos junto con otro colega, Doménico Villavicencio. En ese primer encuentro, bajo el toldo de la Caseta A de Arqueología que nos protegía del incesante sol, el Dr. Makowski, al hablar sobre el proyecto, resaltó su enfoque integral y multidisciplinario, propio de arqueología contextual. Dicho enfoque se desprende de la temática impuesta por haber excavado en área contextos correspondientes a diferentes periodos en la secuencia prehistórica del valle de Lurín y, asimismo, a sitios de características distintas: campamentos precerámicos de cazadores-recolectores, cementerios que preceden cronológicamente al Periodo Lima en Tablada de Lurín; áreas funerarias y arquitectura ceremonial Lima, Ychma e Inca, en Pachacamac; y arquitectura residencial, común y palaciega con cámaras funerarias, en Pueblo Viejo-Pucará.

Para adentrarnos en la historia de Pachacamac, es necesario retroceder hasta las excavaciones de finales del siglo XIX. El Dr. Makowski, con su característica forma de hablar, nos relata que Max Uhle, reconocido como el padre de la arqueología del Perú y uno de los pioneros en la arqueología científica, protagonizó el descubrimiento del complejo de cementerios y le atribuyó el culto de la deidad con el nombre de Pacha Kamaq a la pirámide escalonada llamada Templo Pintado, en el extremo sur del extenso sitio, conocido gracias a las crónicas españolas del siglo XVI y también a relatos de los Checa de Huarochirí, como santuario y oráculo de Pachacamac. Por el sitio han pasado generaciones de arqueólogos nacionales y extranjeros, desde Max Uhle y Julio C. Tello hasta Peter Eeckhout, Krzysztof Makowski, Regulo Franco y Ponciano Paredes, Jesús Ramos, Izumi Shimada y el equipo de Denise Pozzi-Escot, estos últimos en el siglo XXI. El profesor nos comenta que «todos ellos han aportado no solo evidencias, sino también puntos de vista y modelos de interpretación raramente coincidentes, pero a veces convergentes».

Leer más en Pachacamac, un oráculo andino y una huaca del siglo XXI / Guillermo Reaño
Más info en Qué es lo que hay que saber sobre las lomas costeras

El profesor Makowski nos habla con ese compás pausado sobre sus descubrimientos. Se puede notar en sus ojos la emoción que siente al hablar de arqueología y de los logros y satisfacción que obtiene de ella. Ya resguardados del sol, en sus laboratorios en la Tablada de Lurín, le pedimos que nos hable sobre los 73 entierros. Con un tono orgulloso nos comenta que junto a su equipo (y colegas), Cynthia Vargas, Doménico Villavicencio y Ana Fernández, los descubrieron intactos en fardos y que algunos tenían máscaras talladas de madera o cerámica; las máscaras estuvieron cocidas a las cimas abultadas del fardo, conocidas como «cabezas falsas». Añade que estos fardos fueron sepultados en pozos individuales muy poco profundos y, luego, en grupos dentro de cámaras funerarias, especialmente construidas para este fin. Se observan notables parecidos con los fardos excavados en el valle de Rímac (Huaca Pucllana) y en Ancón.

Mientras seguía hablando de los entierros, nos hace recordar nuestra primera reunión, en el campus, junto a Cynthia Vargas y Doménico Villavicencio. Ahí, nos enseñó uno de los fardos que encontró en Pachacamac. Y, en efecto, dentro había una persona que falleció cientos de años atrás y fue cuidadosamente envuelta. «El individuo muerto fue puesto desnudo y, luego, le pusieron el primer envoltorio y después capas y capas de rellenos, generalmente de algodón. También se tiene piel, vegetales, hojas de coca y luego viene otra capa textil», nos comentó. Al mismo tiempo, Doménico agregó: «La mayoría tiene la posición sentada con miembros fuertemente flexionados. Hemos encontrado hombres, mujeres, niños, recién nacidos. Dentro de los fardos, como en el ajuar externo, hemos hallado cerca de 140 vasijas de cerámica de varios estilos».

En ese primer encuentro, Cynthia nos habló de los bastones que encontraron en niveles de ocupación del Periodo Wari y en la proximidad del área de entierros: «Estos dos bastones de madera se encontraron en el 2019. Están tallados en la parte de la mitad superior en el mismo estilo que el famoso ídolo de Pachacamac. Son dos personajes diferentes, uno en cada báculo, y están vestidos como dignatarios del Imperio Wari que representan, tal vez, a ancestros de linajes nobles». Todos estos descubrimientos motivan a pensar que, contrariamente a lo que aparece en los libros de historia, Pachacamac no cumplió las mismas funciones ni gozaba del mismo prestigio como un centro ceremonial en tiempos del Imperio Inca y en tiempos del Imperio Wari. Es posible que, por la presencia de las islas guaneras, de fuentes y lagunas en la desembocadura del río, este particular lugar siempre fue considerado sagrado, adecuado para construir un centro de culto local o regional. En las tradiciones de Huarochirí, se menciona a Cuniraya Huiracocha, Urpaihuachac, Cauillaca como deidades veneradas en Pachacamac, y cuya gesta estuvo además inscrita en el paisaje del valle bajo y de las islas. No obstante, tal parece, que recién la administración Inca promovió el culto de Pachacamac como deidad imperial y convirtió el sitio en el gran centro de peregrinaje para acudir al oráculo de Pachacamac. «Estos resultados», nos dice el Dr. Makowski, «traen más interrogantes y hasta pueden cambiar todo lo que presumimos saber sobre Pachacamac y los Wari».

Es casi mediodía en Tablada de Lurín. Nuestra conversación con el Dr. Makowski está llegando a su fin. Nos contaba que se sentía «bastante feliz, por supuesto. También estoy muy preocupado por todo lo que viene. Es una responsabilidad grande y es un tema el poder sacar el jugo de las evidencias». El Dr. Makowski saluda a las personas que trabajan en el laboratorio. Conoce a todos y todos lo conocen a él. Le sonríen y viceversa. Existe cariño y respeto por el querido profesor. Le preguntamos qué se sentía al aparecer en National Geographic y nos responde que «es importante que se difunda de manera mundial este hallazgo. Bueno, es importante que difundamos muchas cosas; lo importante es que disfrutamos lo que hacemos».
 
Al seguir caminando por el laboratorio, llegamos a un pequeño espacio donde había alrededor de 20 niños. Cynthia Vargas se nos acerca otra vez y comienza a hablar de los talleres para ellos: «Tenemos un proyecto integral, donde, aparte de las excavaciones en los tres lugares, también se dan talleres de arqueología para niños los lunes, miércoles y viernes. Todo se hace con el apoyo sostenido de Unacem, a través de su programa de educación “Santuario de Amancaes” y el convenio que tiene con la PUCP. En los talleres, buscamos que los niños conozcan más su historia y nos ayuden a cuidar el patrimonio». Efectivamente, el sonido que hacen los niños es de asombro y alegría. Ahí, en las mesas que se han hecho para ellos, aprenden principios básicos de arqueología, se les enseña a excavar en papel donde se han hecho planos, se les entierra cerámica de mercado para que los chicos las encuentren y muchas actividades más. Entre el juego y el aprendizaje, se está formando a los posibles futuros arqueólogos o a los agentes transformadores de su histórico entorno, para darle valor y protegerlo.

Los tres arqueólogos nos hablaron de Tablada de Lurín, de Pueblo Viejo-Pucará y de Pachacamac. Del primero, nos contaron la historia ya mencionada. Sobre el segundo, nos relataron que tiene 12 hectáreas de área construida, buen estado de conservación de arquitectura de piedra y que era el siguiente asentamiento en importancia en el valle de Lurín, luego de Pachacamac, en el Periodo Inca. Sobre el lugar de sus actuales investigaciones, supimos que las excavaciones empezaron en el año 2005, y que hace dos años, en 2022, luego de varias temporadas en las que hicieron otras excavaciones y variados hallazgos, encontraron los 73 entierros debajo de un muro derrumbado que data de la época inca y colonial. «Nosotros ubicamos nuestras unidades de excavación en lugares estratégicos del asentamiento estudiado, ya pensando en qué tipo de información puede rendir cada una de ellas. En este caso, la unidad denominada M1 estaba al pie y del lado exterior del muro perimétrico de El Cuadrángulo y abarcaba un amplio derrumbe que cubría la superficie de lo que Max Uhle llamó “cementerio 1” en sus planos de Pachacamac. Nuestro propósito era completar la compleja secuencia estratigráfica dentro del recinto de El Cuadrángulo con la de afuera, en particular con los niveles que se relacionan  con la ocupación Wari. En esa área, conocida por los contextos funerarios excavados por Max Uhle, presumíamos que podíamos encontrar entierros humanos, pero no teníamos idea de que íbamos a encontrar tantos fardos dentro de una unidad de dimensiones tan pequeñas», nos dijo Doménico. En tanto seguíamos conversando, lo que nos sorprendió es que nos digan que los contextos funerarios se encontraban a 20 cm de profundidad y que el muro caído impidió el saqueo de estos, cumpliéndose en este sentido las sospechas iniciales. Cynthia Vargas agregó que «en las afueras del muro perimetral de El Cuadrángulo, presumiblemente, íbamos a encontrar contextos funerarios. Lo que no sabíamos era la cantidad y el buen estado de conservación de muchos de ellos».

Volviendo a Tablada de Lurín, bajo un calor que agobia, el Dr. Makowski nos dice que nos enseñará algunos de los artefactos que han encontrado en los tres lugares desde el año 1991, incluyendo ciertos objetos asociados a los 73 fardos. De paso, nos avisa: «Aquí no encontrarán huellas del arqueólogo romántico con sombrero, de un Indiana Jones, que, guiado por pura intuición, llegó a un lugar determinado y afirma “aquí puede haber el gran hallazgo”. Si bien las sorpresas son inevitables, las investigaciones arqueológicas siguen una planificación rigurosa, concebida a partir de antecedentes de estudio. Lo que nosotros hemos querido en el proyecto Pachacamac es definir, mediante unidades de excavación, la relación entre lugares y superficies de tránsito, puertas y calzadas, con los niveles de construcción y uso de la arquitectura colindante. Estuvimos de esta manera siguiendo un objetivo mayor: saber y entender cuál es la cronología de Pachacamac, cuántos Pachacamac diferentes hay», nos explica mientras abre las cajas con los objetos.

Gracias a esta labor de generaciones de estudiosos, se sabe que Pachacamac ha pasado por distintas etapas, como el Periodo Lima (aprox. 400 – 800 d.C.), Periodo Wari (aprox. 800 – 1100 d.C.), Periodo Ychma (1100 – 1450 d.C.), Periodo Inca (1450 – 1532/33 d.C) y luego Periodo Colonial Temprano (1532 – 1572 d.C.) tras la llegada de los españoles. Sin embargo, hay que entender que entre un periodo y otro no hay un cambio brusco y dramático en todos los aspectos de la cultura material, que incluye el estilo de cerámica. Por ejemplo, el estilo Ychma aparece bien consolidado en el Periodo Wari, se mantiene y desarrolla en los Periodos Ychma e Inca, y deja de ser producido recién en el Periodo Colonial Temprano, junto con los estilos introducidos en la costa por la administración Inca, como el Chimú-Inca y el Cusco Polícromo.

Como nos hace recordar el director del programa, Pachacamac fue reconocido en tiempos de la conquista como el destino de peregrinajes de todo el Tahuantinsuyo, un gran centro oracular, y el tercer santuario de culto imperial del dios Sol (Inti) en importancia, junto con el de templo de Coricancha de Cusco, y las islas del Sol y de la Luna en el lago Titicaca. Una pregunta se impone: ¿Pachacamac tuvo una historia larga y continua desde los tiempos Lima o Wari, y se parecía en este aspecto a una Meca; o, por lo contrario, Pachacamac como santuario y oráculo fue obra de la administración cusqueña y carecía de antecedentes en los periodos anteriores? El renombrado arqueólogo responde: «Las construcciones incas se sobrepondrían, en este segundo caso, a los vestigios arquitectónicos de otros Pachacamac preíncas, una sobreposición que la comunidad universitaria de la PUCP puede observar, por ejemplo, en la vecina Maranga». El Dr. Makowski y sus colegas nos cuentan que hay un consenso acerca de que Pachacamac-Lima, contemporáneo con la gran mole de Templo Viejo, difiere de Pachacamac Wari, que no ha dejado vestigios de arquitectura monumental, y también de Pachacamac Ychma preínca con su arquitectura de mediana envergadura. Los resultados de las excavaciones realizadas año tras año desde 2005 no dejan lugar a duda de que el Pachacamac monumental y planificado, con las tres murallas, las calles que se cruzan bajo el ángulo recto, varias pirámides con rampa, entre otros ha sido construido por la iniciativa de la administración imperial inca. Para Makowski, hay, por lo tanto, varios Pachacamac diferentes debajo del gran Pachacamac imperial planificado.

Sin embargo, una duda nos asalta cuando los tres arqueólogos nos hablan de estos periodos: en la mayoría de ellos, se encontró arquitectura monumental, excepto en el Periodo Wari… 

Posiblemente hasta ahora.

Sin embargo, no todo es felicidad. Los dos nos cuentan que han tenido riesgo de invasión en años anteriores. Su esfuerzo y tenacidad ha impedido que esto llegue a escalas mayores y puedan preservar el espacio que tienen. Ellos demuestran que la carrera de Arqueología, que el año pasado cumplió 40 años en la PUCP, es como el Dr. Makowski dice: «Una carrera sumamente versátil para muchos tipos de personalidades y muchos tipos de habilidades, tanto para aquellos que les gusta hacer síntesis y entender el paso de las sociedades como para aquellos que, con la minucia y cariño increíble, van a poner a prueba del tiempo a los fardos como conservadores, como para aquellos que quieren entender algo de antropología física, hoy llamada bioarqueología, y pasar su vida en el laboratorio demostrando qué tipo de enfermedades aquejaba, con qué intensidad se caminaba y realizaba trabajo manual, y cuál ha sido el nivel de vida en el pasado, etc.».
 
De esa manera termina nuestra conversación con el reconocido arqueólogo y su colega. Al prepararnos para volver a la ciudad, damos una última ojeada al laboratorio en Tablada de Lurín, a las lomas (las cuales se tornarán verdes  entre junio y octubre), y, a lo lejos, Pachacamac y el resplandeciente mar.
 
Mientras volvemos en carro a la ciudad y su ruido, aún podemos escuchar la risa de los pequeños futuros arqueólogos. Volteamos la mirada y ahí está el profesor Makowski, alto, con un gorro e indumentaria caqui, entrando a sus laboratorios para desentrañar los misterios que aún aguarda descubrir sobre Pachacamac.

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