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Mariella Leo, la protectora del mono que cuida los bosques de nubes del nororiente del Perú

Mi opinión

Guardo un profundo respeto por el trabajo científico y las contribuciones al cuidado de las áreas naturales protegidas de nuestro país realizado por Mariella Leo Luna, una mujer valiente que sigue dando batalla, silenciosamente, por la construcción del futuro que nos merecemos. Estoy escribiendo una pequeña nota sobre su legado en relación con las celebraciones por los 50 años del redescubrimiento científico del mono choro de cola amarilla, el primate con el que la bióloga limeña tomó contacto a fines de la década del setenta. Precisamente mientras preparaba mi artículo sobre Mariella y el Lagothrix flauvicada de sus inicios como investigadora, volví a escuchar el discurso que diera al recibir con tanta justicia el Premio Carlos Ponce del Prado 2019, allí, emocionada y contrita, la conservacionista peruana repitió lo que Greta Tunbergh había dicho por esos días: “No he hecho lo suficiente, no estoy haciendo lo suficiente”. Si la aplicada discípula de Carlos Ponce, Marc Dourojeanni, Antonio Brack y Manuel Ríos , que ha hecho tanto lo dice, nos quedan a nosotros infinitas tareas por delante para sanar el planeta que ocupamos. Que los festejos por el hallazgo del primate endémico del nororiente peruano nos sirvan para seguir confiando en el trabajo colaborativo y en la necesidad de hablar en voz alta de los problemas -y sobre todo soluciones- que tenemos por delante.


Por Camila Alomía para La República

El primer encuentro de Mariella Leo Luna con el mono choro de cola amarilla no fue afortunado. Después de maravillarse ante este primate de tupido pelaje y de contemplar su hermoso hogar, entre árboles y nubes, la joven bióloga sufrió una torcedura, por lo que tuvo que ser llevada en “procesión” por una trocha, hasta llegar a la ciudad más cercana y luego a Lima.

“No vas a regresar, ¿no?”, le preguntó su madre al ver a su hija veinteañera, estudiante de la Universidad Nacional Agraria La Molina  (UNALM), con un pie vendado.

Mariella no respondió, pero 15 días después —tras liberarse de un yeso— estaba nuevamente rumbo a la regipon Amazonas, conduciendo una camioneta de segunda mano que su padre le había comprado. Estaba decidida a estudiar al mono choro.

Era 1978, iban cuatro años desde que la especie había sido redescubierta por una expedición liderada por el primatólogo Russell Mittermeier y se desconocía información básica: dónde se encontraba, qué comía, qué hacía el mono en nuestra selva.

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 Protector. Con sus hábitos alimenticios, la especie ayuda a preservar el bosque. Foto: Russ Mittermexer
Protector. Con sus hábitos alimenticios, la especie ayuda a preservar el bosque. Foto: Russ Mittermexer.

Todo había empezado de manera inocente. “¿Quieres ir a estudiar a un mono?”, le había preguntado Antonio Brack Egg, su profesor en la UNALM. “Sí, por supuesto”, recuerda que contestó emocionada.

“Estaba en el tercero o cuarto año de la universidad. Ya había ido al Manu, donde tuve una primera experiencia de estar en campo y ver cómo era el bosque”, cuenta la especialista.

Además de ver por primera vez monos en su hábitat, en el Manu también descubrió que era alérgica a los isangos, unos bichitos que se esconden bajo las hojas y te caen encima. “A todo el mundo le pica, pero a mí me sacan el ancho”, confiesa Mariella, que tuvo que aprender a aplicarse ampollas, por tantas veces que se ha “isangueado”.

Para su suerte, descubrió aliviada que no hay isangos en el territorio en el que vive el mono choro. “El bosque de montaña es súper bonito, no hace tanto calor, ni tanto frío y el paisaje es diferente”, precisa.

Mariella llegó al hogar del mono choro junto con un equipo liderado por Berni Peyton, biólogo estadounidense, que buscaba al oso de anteojos; y Daniel La Torre, un conocedor de fauna silvestre que se convertiría en su gran amigo y compañero de viajes.

“La primera vez que vi al mono fue porque Daniel nos lo señaló. Era el bosque de Shillac, en Amazonas, y estaba a 20 metros, sobre las copas de los árboles”, relata. Años después agudizó su capacidad de detectar a estos primates, pero todavía conserva la sensación de sorpresa. “Las endorfinas se te disparan. Todavía sigue siendo emocionante verlos y espero lo sea hasta que me muera”.

 Capacitación. Mariella Leo Luna en una charla sobre el mono choro con nativos awajún en Bagua. Foto de 1997. Foto: difusión
Capacitación. Mariella Leo Luna en una charla sobre el mono choro con nativos awajún en Bagua. Foto de 1997. Foto: Difusión.

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Mariella, con cabello blanco y corto, sonríe y mira con cariño un peluche que la acompaña, en la oficina de Apeco, la Asociación Peruana para la Conservación de la Naturaleza que cofundó hace 41 años y hoy preside. Es un muñeco especial, sobre todo para una coleccionista de objetos con representaciones de monos: peluches, esculturas, cuadros, entre otros.

Hocico blanco

El mono choro, pese a su nombre, no solo es identificado por el amarillo de su pelaje. Lo primero que se distingue del animal, según explica la bióloga, son los pelos blancos de su hocico. Los machos tienen un mechón de pelo amarillo en la entrepierna, que a veces muestran buscando intimidar.

Mariella ha perdido la cuenta de cuántas veces ha visto al primate, quizás alrededor de 30.

Cada vez que observa a la especie, Mariella trata de hallar un nuevo tipo de comportamiento. Las observaciones suelen ser cortas porque se van. “Son como pedacitos de un rompecabezas”, explica. “Una vez vi a un mono mecerse y catapultarse hacia el otro lado de una quebrada. Tomando impulso, haciendo que la rama haga el efecto de lanzarlo. La quebrada era ancha como para saltar de un lado a otro. Medio peligroso, pero así es la naturaleza”, narra.

Protectores del bosque

Los monos choros de cola amarilla se alimentan de unos frutos pequeños con semillas que van dejando caer mientras caminan. Pero también hay frutos que comen con todo y pepitas, estas van a dar lejos. “Las semillas que han sido medianamente procesadas por jugos gástricos están en mejor posición para germinar y ayudan a que los árboles no crezcan pegados”, comenta la experta acerca de la función del mono.

 Bigote. Una de las características del mono choro es el pelo blanco de su cara. Foto: difusión
Bigote. Una de las características del mono choro es el pelo blanco de su cara. Foto Difusión.

Este primate también está relacionado con el cuidado del agua, debido a que los bosques nublados están en la parte alta de las montañas, entre 1.100 y 2.700 metros sobre el nivel del mar, de acuerdo a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Allí nacen ríos que luego abastecen de agua a cientos de personas.

Hace 50 años, el mono choro de cola amarilla fue encontrado tras décadas sin saber de él. Hoy subsiste en bosques de Amazonas y San Martín. No es tan popular, aunque sale en las famosas monedas de un sol. Mariella comenta que, en algunas campañas, ha hablado con niños que no reconocen al animal, pese a que viven en la misma región.

Y si bien se estima que la especie está presente en 11 áreas protegidas, entre nacionales, regionales y privadas —de las cuales Apeco ha participado en la creación de siete—, se desconocen cifras actualizadas y detalladas de su población, que según la UICN está en decrecimiento.

En Perú, el único país refugio del mono choro, categorizado en peligro crítico de extinción, no se sabe cuántos hay en los lugares donde se supone que está. La deforestación es la principal amenaza, pero también está la caza para consumo local de su carne y la captura de las crías para ser vendidas como mascotas.

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Cuando Mariella Leo Luna ganó el Premio de personalidad ambiental, en 2019, un reconocimiento honorífico por su contribución a la conservación de la biodiversidad peruana, expresó en su discurso: “Es bonito celebrar el redescubrimiento del mono choro cola amarilla, pero todavía no sabemos un montón sobre este animal, no sabemos exactamente cuántos quedan y no estamos trabajando en soluciones”.

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