[COLOMBIA] Nuquí, donde la naturaleza se la pasa de fiesta

Joseph Casañas para El Espectador

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Me muero de ganas de conocer el Chocó colombiano, una geografía extraordinaria, compleja, llena de contrastes. Hace unas semanas les dejé en esta vitrina virtual la historia de Javier Montoya, un hombre bueno acribillado a mansalva en la puerta del hotel que construyó al lado del manglar y de la infinita belleza del Pacífico colombiano. Ahora les paso este relato sobre las ballenas jorobadas que arriban cada año a la ensenada de Nuquí y el trabajo de Josefina Klinger, una mujer coraje que está construyendo con los suyos una experiencia de turismo rural que quiero conocer. Buen lunes para todos.

Nuquí, danzar es el verbo que más y mejor se conjuga. Danzan los colores; el verde de la selva y el azul del océano. Danzan las aguas, las bravas del mar y las calmas del río. Danzan las comunidades; los indígenas embera, los negros, los colonos y los turistas. Danzan las ballenas que llegan en busca de aguas cálidas para dar a luz. Danzan las energías, danzan los demonios.

Mientras un grupo de turistas se seca el sudor de la frente y hace esfuerzos para ventilarse, la voz fuerte y clara de una mujer rompe el silencio. Habla con todo su cuerpo. Mueve las manos, los ojos, la cara, su pelo crespo. Muestra una sonrisa contagiosa y hace una advertencia amistosa. “Aquí solo llegan los espíritus que están preparados. El humano que fue capaz de desarticular sus miedos y romper sus paradigmas”, dice Josefina Klinger, directora de la Corporación Mano Cambiada, organización que busca fortalecer el ecoturismo en la zona y desarrollar proyectos sociales, culturales y ambientales en los que la población local participa activamente.

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 Como nada de lo que vale la pena en la vida es fácil, llegar a Nuquí tampoco lo es. Hay dos vías de acceso: por aire o por agua.  Este municipio chocoano cuenta con una terminal aérea en la que solo pueden aterrizar aeronaves pequeñas, con capacidad de hasta 14 pasajeros. Si va desde Bogotá, por ejemplo, hay que hacer escala en Medellín y, desde allí, un vuelo tarda hasta 45 minutos. Desde Quibdó, el trayecto es de 15.

Aterrizar en Nuquí es un espectáculo visual. Desde arriba se ve un baile de colores. El verde de la selva se encuentra con el de los bosques andinos y el azul se ve en todos sus tonos, desde el más claro en el mar, hasta el más oscuro en el cielo, que parece que se perdiera en un beso con las montañas. En el vuelo, las nubes funcionan como un telón que se va abriendo para presentar a los protagonistas de una obra teatral de la naturaleza, que pone a prueba todos los sentidos.  También se puede llegar por el mar: desde Buenaventura, en un trayecto que tarda ocho horas, o desde Bahía Solano, en uno de dos.

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Según los embera, una ballena en realidad es una indígena que desobedeció a su comunidad y como castigo fue obligada a vivir en el mar. Cada año llega a Nuquí para saludar

Pa-cien-cia

Por estos meses, Nuquí está de fiesta. Hasta los últimos días de octubre, nadan por esas aguas del Pacífico colombiano numerosos grupos de ballenas que, después de recorrer cerca de 8.000 kilómetros desde el Polo Sur, eligen este lugar como su sala de parto.

El avistamiento de las ballenas jorobadas es el principal atractivo turístico de la región. Para verlas hay que tener solo una cosa: pa-cien-cia. Una virtud que por estos tiempos, en los que las redes sociales mandan, muchos han perdido. En días en los que todo el mundo exige resultados, ‘para ya’, esta cualidad es subestimada, pero allí, en el mar, es la reina. Recuerde lo que dice Josefina Klinger: “Aquí solo llegan los espíritus que están preparados”.

En alta mar, los lancheros esperan sin apuros la señal: un vapor de agua en el horizonte. Para verlo, hay que ir de a un lado a otro y esperar. Una vez lo divisan, llevan sus lanchas hasta ese punto, ponen el motor en neutro y esperan a que la ballena salga a tomar oxígeno. El ejercicio puede repetirse varias veces y tardar múltiples minutos, ya que las ballenas tienen la capacidad de hacer inmersiones de hasta 300 metros y, al regresar a la superficie, aparecen en cualquier parte.

Ver ballenas no es como ir a ver leones o jirafas a un zoológico, en donde la visita está dirigida. Ellas (las ballenas) gozan de libertad y la infinidad del Pacífico hace que el avistamiento se convierta en un ejercicio de convicción, de fe.

Ver ballenas es también un ejercicio de suerte, y el día en que Cromos fue a verlas nos acompañó. El sol pegaba fuerte y habían pasado más de 30 minutos sin tener éxito. Cuando la tarde caía y los turistas perdían las esperanzas de verlas, los fotógrafos de registrarlas y los camarógrafos de grabarlas, sin previo aviso y a menos de 15 metros de la lancha, una gigantesca ballena apareció. El sonido que emitió al expulsar el vapor de agua provocó emociones encontradas, que fluctuaban entre el asombro, la fascinación y el temor.

Después, todo fue mágico. Aquella tarde de septiembre, las ballenas se dejaron ver en todo su esplendor. Al lado de la lancha en la que viajamos, nadaron ballenatos que, al nacer, pueden medir hasta cinco metros. Nadaron, también, ballenas adultas, que pueden alcanzar longitudes de 18 metros y pesar 40 toneladas.

Melvys y Pirry –los lancheros y anfitriones de aquella tarde–, como viejos lobos de mar y con 30 años de experiencia viendo ballenas en el Pacífico, advirtieron que iban a saltar. Según un estudio publicado en la revista Marine Mammal Science, las ballenas saltan por una razón básica: comunicación. El golpe de su cuerpo contra las aguas genera una señal acústica que le indica a otro grupo de ballenas la distancia que los separa.

Por su parte, el Instituto de Conservación de Ballenas indica que el salto de las ballenas tiene otras funciones, además de la comunicación. “Demostrar fuerza y dominancia ante otras ballenas; liberarse de parásitos de la piel e incluso jugar… Para saltar, la ballena nada horizontalmente hasta que ha conseguido suficiente velocidad, después inclina la cabeza hacia arriba y levanta su aleta caudal o cola. Estas acciones convierten el impulso horizontal en impulso vertical y la ballena emerge del agua”.

Entre la vida y la muerte

Mientras los turistas ven en el mar el baile de las ballenas, en la tierra, Josefina Klinger coordina una actividad con la que le rinde un homenaje la niñez. Este año se celebró en Nuquí la quinta edición del Festival de las Migraciones, un evento con el que Mano Cambiada trabaja para evitar que la guerra o el narcotráfico se roben los talentos que pueden trabajar por la conservación del medio ambiente.

“Esta fiesta busca que los niños no crezcan con los mismos miedos con los que mi generación creció. Los niños tienen que saber que es un privilegio que un animal recorra 8.000 kilómetros para escoger su pueblo como sala de parto”. Josefina se aferra a sus convicciones con la misma fortaleza con la que hace unos diez años se aferró a la vida. Mientras vivía en Medellín, padeció tuberculosis cerebral, enfermedad que la hizo mirar a la muerte de frente.

Josefina reconoce que está viva de milagro. Recuerda que, mientras esperaba en la cama, que supuestamente sería su lecho de muerte, entendió que aún le quedaba una tarea por cumplir. “Nunca me detuve a preguntar si me estaban castigando. La vida no es un castigo. No reconozco la energía divina –llámela  Dios o como quiera–, como una energía castigadora. Pero le pregunté a esa energía por qué mi trabajo no avanzaba. Tuve respuesta en dos sentidos. Uno, que lo estaba haciendo desde lo material y no desde lo espiritual, y dos, que estaba trabajando con la generación que no era. Tocaba hacer el trabajo con los niños. A los tres días me vine para Nuquí otra vez”.

Con esa energía renovada, Josefina se empezó a sorprender con cosas que antes no la movían. Tuvo una conexión con la naturaleza, con su comunidad y con la vida. En el 2006 fundó la corporación que hoy dirige e hizo de su espacio vital un fortín turístico. “Sorprende que, en un pueblo estigmatizado por la muerte, un animal llegue a generar vida. Eso deben entenderlo los niños. Hay que trabajar con ellos, blindarlos para que no se conviertan en víctimas de los abusos sexuales por parte del turista, trabajar con ellos para que tengan una autoestima rígida”.

Aunque esta mujer de 53 años es una de las figuras más reconocidas de Chocó, es crítica y fuerte con sus propios paisanos. “El amor que no se acompaña del carácter no sirve para nada y tenemos que decirnos la verdad de frente si queremos transformar realidades”, advierte. En el Parque Nacional Natural Utría, donde tiene lugar este diálogo con Josefina, lo único que se escucha a esta hora de la noche, además de la danza adormecedora del mar, es su voz fuerte.

“Hay que desmontar el imaginario de víctimas que todo el mundo tiene de nosotros (hace referencia a las comunidades negras). Nosotros no somos víctimas, nosotros somos cómplices. Decir eso es ponerme en contra de una comunidad, pero hay que dar ese debate”. Y se explica: “Las mayores dificultades que he tenido en estos años no han sido con la gente de afuera sino con la gente mía. De tanto pedir, de tanto reclamar y pelear para reivindicar los derechos, se te olvidan los deberes. Por eso no soy activista para reivindicar derechos de género, ni de negros, ni de pobres. El trabajo no está en seguir reivindicando los derechos, porque si usted dice que los está reivindicando es como si los hubiera perdido”.

Ser negro, dice Josefina, debe ser el principal atractivo de esta región y en eso es contundente para pedirles a los chocoanos: “Cojan a esa sociedad que no les reconoce los derechos y, desde su condición humana, denle la vuelta y usen su tragedia para atraer a esa sociedad. La imagen nuestra es una negra con la selva en la cabeza. Esa selva, que me enseñaron a despreciar y que me dijeron que me condenaba a la pobreza, la puse en la cabeza porque si la selva la tengo en los pies la piso y la desprecio”.

Josefina se ha dedicado a trabajar, en lugar de pedir. Por eso la Corporación Mano Cambiada tiene en comodato, desde el 2006, el Parque Nacional Natural que se ubica en la ensenada de Utría. Cuando ella habla de ese lugar, le brillan los ojos. Las 54.380 hectáreas marinas y terrestres son administradas por la propia comunidad. Por eso, Klinger considera que este modelo de turismo puede ser exportado.

“Aquí vuelves a lo más simple. Los sentidos se agudizan, recobras el ser, tu intuición se despierta. Irremediablemente te encuentras contigo mismo. Mi propósito es que el turista entienda que este lugar encierra una energía especial. Chocó es una energía femenina, que es reparadora y abraza. Por eso, cada vez que me levantaba y veía la abundancia de los recursos decía: ‘el mundo espiritual es muy rico, los tacaños somos nosotros’”.

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Los embera danzan al lado del mar. La música que interpretan se asemeja a los sonidos de la naturaleza. Del mar, de la tierra, del aire. En Nuquí hay presencia de seis comunidades indígenas: Nuquí, Panguí, Tribugá, Jagua, Puerto Indio y Jurubirá.

Diversidad

La Ensenada de Utría es un lugar propio para el descanso, a donde se llega en 30 minutos en lancha desde Nuquí o en cuatro horas por tierra  desde Bahía Solano (40 minutos en colectivo y tres horas a pie). Allí se encuentra un hotel con capacidad para 32 personas. Está prohibido el consumo de bebidas alcohólicas y el porte de armas de fuego, así como producir ruidos o utilizar equipos sonoros que perturben el ambiente natural.

La tierra de la diversidad

En el municipio de Nuquí, compuesto por nueve corregimientos, hay unos 8.500 habitantes, 6.000 negros y 2.500 indígenas. Durante la temporada de avistamiento de ballenas no es extraño ver a los indígenas embera practicar sus bailes tradicionales en la playa.

Los sonidos de las comunidades negras e indígenas son diametralmente opuestos. Sin embargo, tienen en común un instrumento: el tambor. Para las negritudes, el baile es una expresión de alivio, de desahogo. Es la forma en la que tradicionalmente expresan su alegría por haberse liberado de la esclavitud. Por eso, los sonidos que determinan sus movimientos son fuertes. En contraste, para los indígenas el tambor trata de asemejar los rumores de la naturaleza. Su eco es suave y habla de la relación del hombre con la tierra.

En Nuquí, danzar es el verbo que más y mejor se conjuga. Danzan los colores, las aguas, las ballenas y la gente. Danza la vida.

16/10/2017

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