Gustavo Rodríguez / Madrugada

El cepillador galante, voy a llamar así a Daniel Ríos, Danny de los Ríos en la singladura narrativa de Gustavo Rodríguez, tiene 59 años y una cita con el destino: coronar una exitosa carrera musical que ha sabido de éxitos rutilantes y caídas aparatosas –como aquella vez que tuvo que salir corriendo, sin mirar atrás, de Campanillas, en pleno reinado del tristemente célebre Vaticano-  desde que sorprendiera a los mismísimos América Latina interpretando de puro mandado “Hotel California”, la canción de The Eagles que nadie dominaba como él en Trujillo.

Sin embargo, Danny, pelilargo a pesar del paso de los años, misio, inquilino ocasional en la casa que su madre conserva en Lince, deberá enfrentarse a otro reto igual de atrevido: conocer y ayudar a una hija que lo busca para poder seguir viviendo, qué importa que el buen Danny no recuerde con quien, ni dónde, la concibió.

El cepillador galante, sesenta abriles a cuestas, casi, sigue siendo ese muchachón fogoso de barbilla partida cuya capacidad para volver locas a las mujeres que lo escuchan interpretar tan fielmente a los Bee Gees o a Men at Work, nadie, ni sus hermanos, ni su madre, se atreven a poner en tela de juicio.

No cuento más para no aguarles la fiesta. La última novela de Rodríguez, prolífico autor de títulos muy bien logrados, como “La furia de Aquiles” o “Cocinero en su tinta”, transita por la senda que hace mucho definieron Loayza, Vargas Llosa y Ribeyro y que tanto me gusta: la de retratar con finura –y lisura- los entrevecos de una Lima, y de un país, que se ha ido configurando en medio de las violencias y desatinos de todo tipo que nos ha tocado torear. En este caso, rara avis en el firmamento literario peruano, el de la minería informal con su secuela de proxenetismo, abuso infantil y, finalmente, con su pesada carga de contaminación por mercurio y otros metales.

Y allí resalta la exacta construcción que ha hecho Rodríguez  del personaje co-protagónico de “Madrugada”, Trinidad Ríos, 29 años, crecida en La Pampa, carretera Interoceánica del Sur,  una sobreviviente, una heroína de armas tomar que se enfrenta, de mejor manera que su padre, a un destino más que terrible. En fin, los dejo con las tribulaciones de Danny de los Ríos y Trinidad Ríos, su hija, invitados centrales de un drama con tantas luces como las que brillaban en el escenario de “Yo soy” la noche en que el cepillador galante, transformado en Barry Gibb, sería por última vez y para siempre el Bee Gess peruano.

Y sin querer queriendo se convertiría en el padre que todos deberíamos ser aunque sea una vez en la vida.

Qué buena la hiciste, Gustavo Rodríguez.

Buen viaje para todos.

(Guardo esta rodrigueada para usarla en su momento: “Eran dos mil kilómetros entre la Amazonía sur hasta la Amazonía norte del Perú: un trayecto zigzagueante entre decenas de climas que una persona rica jamás entendería porque, tratándose de viajes, solo el dinero puede comprar líneas rectas”. Preciso, lo digo, mientras oteo los pastizales de mi refugio en Patria, distrito de Kosñipata, a un ladito del Manu, en el fin del mundo.)

Madrugada
Alfaguara, 2018
237 páginas