Viajar slow, esa es la consigna

Revista GEO, con foto de Aldo Durand

Mi opinión

Lo slow es la voz. Comer slow, viajar slow, disfrutar slow, vivir slow. La forma de vida preconizada por Carl Honoré en Elogio de la lentitud es la única que se me ocurre recomendarles para organizar nuestras vidas. Y ponerle freno de una vez y para siempre a los apuros que determinan nuestra particular manera de ver y entender el mundo que nos ha tocado vivir.

Empero, la opción por lo slow -y no la opción por la ecomoda slow como dirían mis amigos del norte peruano- es tranquísima. Lo digo con conocimiento de causa, diablo predicador de una ideología que aunque admirable se me hace tan difícil asumir en la práctica…

En fin, mientras acelero el ritmo para cumplir con todos los pendientes de este domingo en casa, les paso esta nota que he recogido de la revista GEO. La iba a acompañar de un relato sobre mi última visita al fundo de mi amiga Olivia Sejuro en Nazca, un ecolodge ideado por su creadora para tomar un baño de slow y ser feliz por mucho tiempo. Me acordé, sin embargo, que pasé apuradísimo por su finca entretenido como estaba en “papar moscas”. Un ganso.

Olivia y su prole han decidido vivir slow, suerte la suya, qué envidia.

La fast life ha alcanzado ya al turismo. Los viajes programados, los paquetes ‘todo incluido’, los hoteles low cost que ofrecen un confort y unos servicios mínimos para que la persona sólo pernocte en ellos, son vicios cada vez más frecuentes en los viajeros.

Se expande una nueva filosofía para viajar. Elegir una zona limitada, permanecer por lo menos una semana en el destino elegido, escoger alojamientos pequeños son algunas de las caracteríticas del nuevo turismo slow. Suena bien, ¿no crees? Este nuevo concepto de viajar es una manera diferente de disfrutar del tiempo libre. Nuestro tiempo de libre es nuestro tiempo de libertad, donde nos liberamos del muchas veces ‘opresivo’ mundo global.

Por unos viajeros responsables

La propuesta del turismo slow surge como contrapartida de la modalidad de viajes de los últimos tiempos. Esas salidas donde se vuelve más agotado que antes de partir, con vuelos interminables, horas y horas de espera en los aeropuertos, y paquetes tan ajustados que obligan a mirar más el reloj que el paisaje.

Para el turismo slow, el sujeto es la persona y no el paquete turístico, de manera que cuando se habla de producto turístico el componente principal es el atractivo cultural, complementándose con los otros atractivos, entre ellos el paisaje, los servicios, el atractivo cultural de naturaleza y gastronomía local. Es muy importante destacar la denominada cultura de la hospitalidad, en la que todos estemos convencidos de pertenecer a la calidad de artesanos del trato.

El movimiento Slow nace con el Slow Food en un pueblito de Piemonte (norte de Italia), en 1986, para responder -en defensa de las tradiciones gastronómicas y el placer de la degustación- a la difusión del fast food de origen norteamericano. De la mesa, el Slow Food pasó a otros campos, abriendo un amplio debate sobre la lentitud, sobre los ritmos de vida compatibles con la calidad de vida. Petrini propone tres criterios fundamentales: “la comida debe ser ‘buena’ desde el punto de vista del sabor, ‘limpia’ desde el punto de vista del medio ambiente, y finalmente ‘justa’ que significa retribuida de manera adecuada a quienes producen la materia prima”.

De ahí, muchos seguidores se cautivaron de esta filosofía y actualmente el libro de cabecera del movimiento es “Elogio de la lentitud”, de Carl Honoré, canadiense radicado en Londres que un buen día se dio cuenta de que ni siquiera tenía tiempo para contarle un cuento a su hijo.

En esta filosofía, que hoy extrapolamos al turismo, el protagonista eres tu y tu entorno, sin prisas ni agobios ni excursiones marcadas por horas desenfrenantes. En la actualidad vivimos a tal velocidad que es casi imposible salirse de la tendencia, aun cuando deseemos frenar. Y así es como aumentan las consultas con el médico y el estrés llega a picos desconocidos.

Los 10 pilares del Turismo Slow

  1. Elegir una zona limitada, que no sea muy grande, de una región.
  2. Permanecer por lo menos una semana en el destino elegido.
  3. 3. Escoger alojamientos pequeños, refugios, hoteles de pocas habitaciones, casas rurales, posadas, hostales.
  4. Frecuentar los mismos lugares para conocer y tener contacto con la gente del lugar, comprar en las mismas tiendas donde va la gente del sitio (panadería, ultramarinos, bares, restaurantes).
  5. Evitar tener que desplazarse en coche en la medida de lo posible. A pie se tiene un mayor contacto con la gente y el lugar.
  6. Llevar menos guías turísticas y más libros del destino para entregarse al placer de la lectura.
  7. Dejar la cámara fotográfica en casa y contemplar o dibujar los sitios en un cuaderno de viaje.
  8. Hacer picnic y evitar comer cada día en un restaurante.
  9. Pasear, montar en bici, aprender el idioma o apuntarse a clases de cocina. de pintura, de escultura o de baile.
  10. Dejarse llevar por el pensamiento de no hacer nada para desconectar por completo de la rutina diaria.

Organiza un viaje a ritmo del tren o de un globo. Viaja a zonas tranquilas como pequeños pueblos, aldeas de montaña, islas…¿Te apuntas al turismo slow? El desafío del turismo slow es improvisar, y sobre todas las cosas: descubrir, no sólo mirar.