¿Y SI RETIRAMOS LAS REJAS DE LOS PARQUES DE NUESTRAS CIUDADES?

El cóndor andino vuelve a poblar la costa patagónica de la Argentina

Mi opinión

Les había prometido este artículo de Nat Geo sobre el trabajo que vienen realizando en la Patagonia argentina los científicos del Programa de Conservación del Cóndor Andino (PCCA), desde hace tres décadas a la vanguardia de la conservación de la más insigne de las aves sudamericanas.

Aprovecho para contarles que en las cercanías del glaciar Perito Moreno, en la provincia austral de Santa Cruz, mientras los turistas se extasiaban contemplando los hielos eternos del coloso y le tomaban infinitas fotos, yo me entretuve más de la cuenta viendo el entrañable vuelo, alto, altísimo, a la distancia, de la mayor concentración de Vultur griphus que he visto en mi vida.

Momento de oro, indescriptible: en los confines del continente los cóndores que, en nuestro país, salvo en el Colca o en el litoral de San Fernando o en el valle de Sondondo, son tan elusivos, se agrupaban en ese fin del mundo por decenas.

De vuelta en mi hotel copié esta larga cita del W.H. Hudson (1841-1922), el viajero inglés nacido en Estados Unidos y criado en las pampas argentinas, que tanto hizo por el desarrollo de la ornitología sudamericana:

“Una corta aventura con un cóndor, el único que encontré en la Patagonia, puede dar una idea de la altura de esta pared rocosa. Íbamos a caballo con un amigo, a lo largo del acantilado, cuando apareció el majestuoso pájaro, que, descolgándose del cenit, llegó a revolotear a unos quince metros sobre nuestras cabezas. Mi compañero levantó su escopeta e hizo fuego y oímos resonar el tiro en las plumas duras de las amplias alas inmóviles. No cabía duda de que alguna de las municiones había penetrado en su carne, pues calló rápidamente hasta la orilla del precipicio desapareciendo de nuestra vista. Desmontamos y nos acercamos con cautela al borde del terrible murallón, pero, aunque miramos detenidamente hacia abajo, no descubrimos nada. De nuevo a caballo, avanzamos poco más de mil metros, para llegar adonde terminaba la roca escarpada y galopar luego en sentido contrario al pie del acantilado, sobre una pequeña franja de playa que dejaba en seco la marea baja. Cuando arribamos al lugar buscado, en el cual suponíamos hallar al cóndor muerto, lo vimos de nuevo, posado en la boca de una pequeña cavidad abierta entre la piedra, cerca de la cúspide, y su tamaño parecía a esa distancia no mayor que el de un buaro. Estaba a salvo, fuera del alcance de nuestras armas y, si la herida no era mortal, podría volar esa costa desolada para pelear, por medio siglo aún, con los cuervos, las águilas, disputándole los restos de focas y pescados”

Cita similar guardo por allí del viajero por el Perú George Squier (1821-1888), también estadounidense, quien mientras recorría el santuario de Pachacamac, a poco de terminada la guerra del Pacífico, se enfrentó a balazos con un par de cóndores, creo recordarlo, que amenazaban su solitaria andadura. De la presencia del majestuoso kuntur en los días del desembarco de Pizarro en el Tahuantinsuyo, dice Zárate, el cronista de la conquista perulera:

“Hay por las costas tan grandes buitres, que tendidas las alas, tienen quince o diez y seis palmos de punta a punta; estos se mantienen de lobos marinos, y cuando los ven en tierra, uno de ellos hace presa en los pies o cola, y otro le saca los ojos, y así otros le pican hasta matarle y cebarse en él”.

Voy a buscar la cita de Squier y a seguir compartiendo con ustedes las notas que tengo sobre cóndores andinos a medida que vayamos recibiendo los informes de los censistas del I Censo Nacional del Cóndor Andino en nuestro país. En la mañana me comuniqué con Antonio García Bravo, el responsable del registro que lideran SERFOR y CORBIDI para que nos regale un momento en su agenda para entrevistarlo sobre los alcances del censo y el estado poblacional y de conservación de la maravillosa criatura, orgullo de los hombres y mujeres de los Andes.

Tomado de National Geographic. Por Rebeca Dzombak con fotos de Sofía López Mañán

El cóndor andino, un enorme primo sudamericano del cóndor de California, alguna vez voló a lo largo y ancho de los Andes y más allá. Con una envergadura de 10 pies y una vida útil de 50 años, el ave ha sido venerada durante mucho tiempo entre las culturas indígenas andinas como símbolo de poder e inmortalidad. Es el ave nacional de al menos cuatro países.

El ilustre buitre, sin embargo, no ha podido resistir la invasión humana. Las turbinas eólicas y las líneas eléctricas pueden detener a los cóndores en pleno vuelo. La balas de plomo, enterradas en cadáveres abandonados por cazadores, indican el lento envenenamiento de estos carroñeros. Algunas comunidades agrícolas dejan cebos envenenados para matar a los depredadores que se alimentan de su ganado, una práctica que también mata a los cóndores. La caza deliberada y la caza furtiva son raras, pero aún ocurren.

Clasificado como vulnerable  a la extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), solo unos 6.700 cóndores adultos permanecen en estado salvaje en la actualidad. Pero los científicos, los conservacionistas y las comunidades indígenas están ayudando a que la icónica ave regrese. 

El Programa de Conservación del Cóndor Andino (PCCA) ha liderado ese esfuerzo en Argentina durante tres décadas. En ese tiempo, el programa ha rescatado al menos 370 cóndores, más del cinco por ciento de la población total de la especie, y ha incubado y liberado 80 polluelos de cóndor. Al hacerlo, el grupo ha restablecido la presencia de los cóndores andinos a lo largo de la costa atlántica del sur de la Patagonia.

En la liberación de un cóndor en la provincia de Tucumán, en el noroeste de Argentina, el cacique diaguita Santos Pastrana guía la ceremonia con una varita que presenta una representación andina tradicional de un cóndor bicéfalo. 
“Para nuestra comunidad, toda la biodiversidad, pero especialmente el cóndor, es símbolo de espiritualidad, sabiduría y valentía”, dice Pastrana.

Para muchos de los miembros del programa, la pérdida del cóndor así como su lento resurgimiento es un asunto personal y emocional. Son el “espíritu de los Andes”, dice Luis Jácome, director del PCCA. Muchos aldeanos patagónicos recuerdan las historias que les contaban sus abuelos sobre las enormes aves que volaban sobre los cerros, comenta. 

Debido a esta profunda conexión con los pueblos andinos, cada vez que la PCCA libera un cóndor, la comunidad local organiza una ceremonia única, dirigida por un líder espiritual, para celebrar el regreso del ave y ofrecer oraciones. Para Jácome, esta es una parte esencial de la reintroducción del cóndor en su hogar. “Nuestro trabajo es como las dos alas del cóndor”, dice. “Un ala es el conocimiento científico y la otra es la cultura. El cóndor es un ave sagrada para todos nuestros pueblos en Sudamérica”. 

Kurruf es uno de los 64 cóndores que el programa ha liberado a lo largo de la costa atlántica de la Patagonia como parte de un esfuerzo por restablecer el área de distribución del siglo XIX del cóndor andino. 
Las historias orales locales y las referencias históricas, como las notas de Charles Darwin de su tiempo allí, han ayudado a los conservacionistas a reconstruir ese rango. 
Ahora, por primera vez en 170 años, el cóndor andino se puede ver de costa a costa en Argentina.

La fotógrafa y exploradora de National Geographic, Sofía López Mañan , se dedica a reconocer este papel único que desempeña el ave en la sociedad indígena y ha pasado los últimos seis años trabajando íntimamente con la «familia de cóndores» de PCCA.  “Empecé a trabajar con cóndores porque me eligieron”, comenta. 

Además de incubar, rescatar y liberar cóndores, los científicos de PCCA están utilizando collares de seguimiento por GPS para seguir a las aves una vez que regresan a la naturaleza. Los datos les permiten identificar hábitats clave y educar a los legisladores sobre qué áreas deben protegerse. Lamentablemente, algunas de las tierras patagónicas más cruciales donde las aves han sido liberadas de nuevo en la naturaleza se proponen para el desarrollo para la producción de energía, utilizando turbinas eólicas e hidrógeno verde.

“Hoy vivimos en conflicto”, dice Jácome. “Debe haber un retorno al orden natural”. 

El artículo completo lo pueden encontrar en https://www.nationalgeographic.com/animals/article/a-look-inside-the-monumental-effort-to-save-the-andean-condor?cmpid=org=ngp::mc=social::src=facebook::cmp=editorial::add=fb20220811animals-andeancondor&linkId=176870998&fbclid=IwAR3EbGBH-kNdBaBTNkwJEHxEUZZxBVqAEi6pbXg7WCwBQrLTffe_BXXGCUA

Entre las aves, los cóndores son reproductores excepcionalmente lentos, solo se reproducen cuando alcanzan la madurez alrededor de los nueve años y crían un polluelo cada dos o tres años. Para ayudar a acelerar el proceso, la PCCA a veces extrae huevos de parejas cautivas en instituciones zoológicas para incubar en sus instalaciones. Después de que se extrae el huevo, la pareja normalmente producirá un segundo que permanece bajo su cuidado, multiplicando la capacidad reproductiva de la especie. Tama, esta cóndor hembra rescatada, ha puesto varios huevos y la PCCA ha liberado a sus polluelos en la naturaleza.

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