Solo Para Viajeros

El desierto y la memoria. De viaje con Cees Nooteboom en el sur de Perú. Una evocación de Susana Montesinos

Por Susana Monesinos, tomado de Perder países https://perderpaises.substack.com/

“Ik had wel duizend levens, maar ik nam er maar één”.
“Sí que tuve mil vidas, pero solo he llevado una” *
Cees Nooteboom

Uno de los momentos más hermosos de mi vida literaria —y esa es, en efecto, una de mis vidas— fue el encuentro que tuve con Cees Nooteboom en Arequipa en 2017. Fue una de esas fracciones del tiempo que uno recuerda con nostalgia. Una devoción especial —por no decir un cariño sobrehumano. Me sentí honrada de poder formar parte de su viaje los seis o siete días que anduvimos en el sur de mi país.

No era la primera vez que Nooteboom pisaba el Perú, pero sí en la que se detuvo durante varios días. Antes había pasado una noche entera como pasajero en tránsito hacia Bolivia para una serie de reportajes que escribía para Avenue, una revista de viajes neerlandesa de los años sesenta. También participó después en un encuentro de poetas organizado por la Universidad Ricardo Palma de la que no queda registro.

—¿Es usted Cees Nooteboom? —le pregunté en mi suave neerlandés al verlo sentado en uno de los sillones coloniales de la recepción del Casa Andina.

Alzó la cabeza. Le sorprendió que le hablara en su idioma.

Sí, ¿cómo te llamas? —detuvo su mirada en la mía.

Le di mi nombre explicándole inmediatamente después, como casi siempre lo hago, que era peruana, pero que vivía en Países Bajos.

¿Países Bajos?

—¿Y dónde en Países Bajos?

En Roermond.

Bastó que mencionara el nombre de la pequeña ciudad donde vivo —poco conocida para el mundo— para que levantara las cejas: “¿Roermond? Volteó hacia la recepción. “¡Simone! ¡ella vive en Roermond!”, señalándome con una marcada sonrisa en el rostro. La misma ciudad en la que había nacido su mujer, Simone Sassen, era la misma en la que vivía yo. “Va a acompañarnos estos días de festival”.

Así empezó una amistad entre nosotros. Una amistad que perduraría el tiempo que aún le quedara de vida, a pesar de las largas pausas y de mis/nuestros largos viajes alrededor del orbe.

Aquella tarde-noche nos sentamos en el lobby del hotel. Hablamos de las relaciones entre los caminos de mis antepasados y de los suyos. De mi relación con los Países Bajos. De los viajes por África y América Latina. Salimos a cenar a uno de los restaurantes auspiciados por el Festival. Probamos cebiches y causas y lapas arrebosadas, que le encantaban. “No hay nada mejor que un buen pescado”, recitaba entusiasmado secándose los labios con una servilleta.

*

Entre los recuerdos más queridos que conservo de esos días fueron los momentos en el festival. Su primer conversatorio sobre poesía fue en la Universidad San Pablo. Allí, una muchacha en primera fila le leyó uno de sus poemas en español. Al principio no creía lo que escuchaba. Cuando cayó en la cuenta de que el poema era suyo, le tocó el corazón.

Le emocionó tanto que se lo comentó días después a Cristina Fuentes, organizadora del festival. Describió el suceso en la página web del evento. Días después lo repetiría e incluso recitaría en la camioneta en la que viajamos a la costa. Semanas más tarde lo contaría orgulloso en la Radio Nacional Holandesa en una entrevista. Qué vena le habría tocado, la felicidad absoluta.

Aquellos días en Arequipa fueron de los más memorables. Las entrevistas que dio a programas de televisión como Entre Libros de Alonso Rabí do Carmo. Los encuentros con amigos como con Juan Cruz. El cóctel organizado por el British Counsil en los claustros del Santa Teresa. Los recorridos por el Monasterio de Santa Catalina. No despegaba la vista de los frescos y los cuadros allí expuestos. Los analizaba junto a Simone Sassen. Los comparaba con aquellos vistos en otros conventos, en otros países, en otras ciudades. Ella les tomaba fotografías. Le fascinaban los textos alrededor de aquellos expuestos en el Patio de los Naranjos.

Una azalea surgió como la punta de un iceberg entre aquellos días. Una hermosa planta de ‘hojas’ punzantes, de una textura suave como los agaves.

Mientras nos deteníamos frente a las puertas y las antiguas ‘habitaciones-viviendas’ de las monjas de clausura, me preguntó por ella. Estaba en una maceta, en el alféizar del marco de una ventana. “¿Cómo se llama?”, se detuvo a observarla, como si nunca antes hubiera visto una. Le dije que no lo sabía, pero que tenía un conocido especialista en botánica, que podría averiguarlo.

Entonces se detuvo a analizarla, a crear dentro de su cabeza alguna descripción itinerante que le diera un lugar a su viva memoria.

Tengo toda una colección.

—¿De cactus?

Sí —rió, eso hacemos los viejos, interesarnos por los cactus —rió.

Nooteboom anotó que en el Atacama nació su pasión por los cactus. Después de aquel viaje fue a una tienda de plantas en Menorca, isla en la que vivía la mayor parte del año. Se compró seis, de las cuales cinco sobrevivieron el invierno. Son parte de la flora de su hogar. Uno de ellos se llama el Mexicano, un cactus adoptado y que aparece en su libro 533 Días (2016) su diario íntimo.

Por la noche me acompañaron como si fueran mis padres al cocktail de inauguración del festival, al que no se quedaron; no estaban para eso, para los tumultos y los eventos sociales, decían.

*

La última noche del Hay Festival varios poetas ofrecieron un recital en la Casona Tristán del Pozo, uno de los recintos más emblemáticos de la ciudad, de paredes gruesas de sillar, dos patios interiores.

—¿Y qué poema vas a recitar? —le pregunté antes de entrar.

Este poema dedicado a Hugo Claus —me señaló la página del libro traducido al español de “Luz en todas partes”. Llevaba la traducción al castellano con la página marcada con bolígrafo.

—¿Y también lo recitarás en holandés?

Se quedó pensando. Simone reaccionó positivamente. ¿Por qué, no?

Creo que es importante que lo hagas —añadí—, pues así el público asistente escuchará la voz original aunque no entienda el idioma.

Cuando subió al estrado, recitó el poema en español y después de un largo aplauso, lo hizo en neerlandés. Era un poema que tocaba las entrañas. Estaba dedicado a su gran amigo Hugo Claus, el novelista belga, autor de “La pena de Bélgica”. Un ícono de las letras flamencas en el siglo XX. Nooteboom admiraba su poesía: “Era un gran poeta más que novelista”. Su amigo murió en 2008 de la enfermedad del olvido.

Al final del encuentro terminamos tomando unos pisco sours en la azotea de un café-bar del Pasaje de la Catedral, con un poeta israelí y una muchacha que hablaba hasta los codos y en todos los idiomas que uno se pudiera imaginar. A Cees le divertía compartir con gente joven. Se tomó un whisky y al terminarlo, los acompañé hasta el hotel.

*

A Cees Nooteboom nada le parecía imposible a sus ochenta y cuatro años, a pesar de que necesitaba ayuda para subir los peldaños de las escaleras del hotel o sentarse después de caminar varias cuadras en el centro. En uno de esos paseos contaba que había viajado al Atacama con Simone cinco años antes. El desierto le había enamorado. Lo había cruzado en auto, entre sus campos vacíos, la arena y el calor. Imagino que algo de su literatura —una literatura serena, filosófica, de mucha profundidad— habría encontrado allí un eco natural.

Así, mientras avanzaban los días en el festival, les sugerimos hacer un viaje a la costa de Arequipa. El Atacama estaba demasiado lejos. Eran siete u ocho horas en vehículo a la frontera con Chile, y desde allí otras diez o doce más. Esto equivaldría a pasarse interminables horas en auto, y el esfuerzo, tanto para Simone como para Cees, no parecía razonable.

Entonces apareció la camioneta. Y apareció también mi hermano, el botánico que le recitaba todos los nombres de las plantas de las que Cees Nooteboom deseaba tener noticia.

—¿Cómo se llama la especie de cactus del convento? —preguntó.

Azalea —le respondió el botánico.

Nos embarcamos en un viaje a los enclaves costeros de Mollendo y Mejía, para cruzar en vehículo aquel camino que también recorriera la feminista Flora Tristán a principios del siglo XIX. El desierto o la pampa como lo llamamos los arequipeños, es un territorio seco y plano como un campo de fútbol en dimensiones gigantes.

Mientras salíamos de la ciudad por una carretera que se abría paso entre montañas cortadas, hablábamos de botánica. De la capacidad de adaptación y de comunicación entre las diversas especies de plantas. Mi hermano le hablaba de las puyas, aquellas bromelias gigantes que crecían a cuatro mil metros de altura. Además, de las miniaturas y de los pastos que crecían espontáneamente en temporadas de lluvias.

Avanzábamos atentos a las curvas pronunciadas al borde del precipicio y a los camiones que roncaban subiendo cuestas.

De pronto apareció el pueblecito de San José, era una especie de parada obligatoria que anunciaba el principio del desierto.

Nos detuvimos allí.

Mi hermano —el botánico— quería desayunar algo antes de continuar el camino ¿Unas galletas? ¿Algo de fruta? Cees Nooteboom miró alrededor, como si reconociera el lugar en otro tiempo de su vida, maravillado. Una mujer ancha de caderas salió de una puerta de carrizo a preguntar si deseábamos un caldo de fideos.

Cees cabeceó afirmativamente, y dijo “Sí” con decisión.

Nos sentamos en una mesa patifloja a las afueras del quiosco, mientras los perros merodeaban alrededor olisqueando cualquier rastro de comida. Nos sirvieron un caldo de fideos. Un huevo duro flotaba como un submarino blanco. Lo tomamos despacio, sorbiendo el líquido salado. “Es así como aprendí a viajar”, decía orgulloso Cees, recordando sus años iniciales con los camioneros tirando dedo.

Al retomar camino, entramos a la pampa. La pampa larga de mi niñez que me parecía eterna. Siempre me gustó el vacío, los espacios amplios y sin nada. Las tristes cruces del camino, esos pequeños altares que recuerdan accidentes de carretera.

Cees quería detenerse en cada una de ellas. Simone se moría de vergüenza.

—¿Frenamos? —preguntó mi hermano.

Sí, sí —señaló unas que llamaron su atención, y la nuestra.

Saltamos del vehículo. Caminamos los cinco metros que nos separaban de la vía. Eran varias cruces acompañadas de sombrillas y rodeadas de muchas botellas de agua, como las cruces de camino de la Difunta Correa en Argentina.

Al parecer era de una familia.

—¿Qué les habrá pasado? —se preguntó Cees.

Anotaba los nombres de los difuntos en una libretita mientras su mujer, Simone Sassen, le tomaba fotos a todas aquellas que visitábamos.

¿Un accidente?

También de los cactus. Algunos eran como falos elevados al sol.

Proseguimos nuestra ruta.

Te voy a enseñar una planta prehistórica —le propuso mi hermano al entrar al valle de Tambo.

Se detuvo al borde del camino. El cactus parecía sacado del tiempo de los dinosaurios. La Neoraimondia arequipensis, un cactus gigante en una de las zonas más áridas de la Tierra, que puede alcanzar los nueve metros de altura.

Nos quedamos una noche en la ciudad de Mollendo en un hotelito de dos estrellas al borde de un acantilado. La chica de turno nos ofreció un desayuno rico en carbohidratos, pero pobre en proteínas. Paseamos por el antiguo puerto de Islay, imaginando cómo hubiera sido en sus años de esplendor a principios del siglo XX. Edificaciones de madera como en las películas de vaqueros, abandonadas a su gracia, que reflejaban en sus comisuras nunca reparadas sus años de auge y esplendor.

Qué lugar tan triste.

No sé si el desierto al que estaba expuesto que tenía su propio trazo que no era el mismo vacío que yo recordaba de pequeña, ahora más habitado, más invadido, le acercaba un poco al Atacama. No hay que volver dos veces a un lugar recita la frase. Mejor visitar uno nuevo.

*

Cees Nooteboom era un hombre de una elegancia discreta, que prefería comer en un simple mercado en lugar de un restaurante. Le fascinaba la quietud de los conventos, a pesar de su declarado ateísmo. Recorría librerías para ver si allí vendían sus libros y los de sus colegas amigos. Era una especie de apátrida voluntario que no era tan leído en su país natal, a pesar de tener un enclave en Ámsterdam, una casa de principios del siglo XVII, apretada entre otras dos, en una calle peatonal cerca a la zona turística del centro de la capital neerlandesa. Uno de sus colegas Remco Campert le dijo “qué te quejas de no ser leído en Holanda, si nunca estás aquí”.

Pasaba temporadas, generalmente en invierno, en el sur de Alemania en la casa de unos amigos, y en Menorca, su pequeño paraíso, su refugio, acompañado por sus cactus y su compañera de vida, la fotógrafa Simone Sassen, con la que se casó en 2016 después de una convivencia de treinta y siete años.

Después lo visitamos en su casa en Ámsterdam. Su mujer preparó unos fideos con pesto de albahaca deliciosos.

Alguna vez le hice una entrevista en línea para una publicación española en Países Bajos llamada Gaceta Holandesa.

Lo veía en programas de televisión o lo leía en las noticias. Cada vez que De Bezige Bij, su editorial holandesa, publicaba alguno de sus libros corría a la librería.

Cees Nooteboom ha muerto el pasado 11 de febrero en un hospital de Sant Lluís, lugar en el que se sentía más a gusto. En una última entrevista realizada en abril del año pasado en Trouw, por el periodista Thomas Heerma van Voss, declaró con una voz desgastada por los años que ya no se veía haciendo un viaje desde Menorca a Ámsterdam y que pensaba quedarse en su isla.

Esto indicaba que se acercaba su final. El adiós de su último libro de poemas “Afscheid”.

Buen viaje, Cees Nooteboom. Que el desierto sea amplio y que la memoria —“como un perro que se echa donde quiere”, decía él— te acompañe allí donde estés, si estás.

* La traducción es de la autora de este artículo.

Susana Montesinos es escritora y docente de español en la Universidad de Maastricht. Ha colaborado con las revistas Etiqueta Negra (Perú), Internazionale (Italia) y Gaceta Holandesa (Países Bajos).

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