Solo Para Viajeros

La expedición de la Kon Tiki / Thor Heyerdahl

Mi opinión

“La expedición de la Kon Tiki” es el relato épico que cayó en mis manos cuando andaba por lo doce años –o de repente menos- y devoré en un santiamén. La biblioteca de mi casa guardaba entre sus pliegues varios lomos grises de los famosos condensados, novelas condensadas me imagino, de Selecciones de Reader´s Digest: “Cortés y Marina”, “La leona de dos mundos” y “Kon Tiki”, fueron para mí lo que para otros mozalbetes de mi generación debieron ser las novelas de aventura de Salgari, Stevenson o Julio Verne.


“¿FRONTERAS? YO NUNCA HE VISTO UNA. PERO HE OÍDO QUE EXISTEN EN LAS MENTES DE ALGUNAS PERSONAS” 
—THOR HEYERDAHL

La nave había sido construida con apenas nueve troncos de un árbol derribado en las yungas del Ecuador que unidos entre sí con lazos de cáñamo le daban forma al maderamen que sirvió de dormitorio, cocina, patio de juegos y refugio para que los seis fornidos muchachotes llegados desde los confines de la tierra y el loro que los acompañaba pudieran soportar los 101 días de navegación que les tomó recorrer, impulsados por el influjo de los vientos y el vaivén de las mareas tropicales, los más de siete mil kilómetros que separan las costas del Callao de las islas más cercanas de la Polinesia.

Corría el año de 1947 cuando Thor Heyerdahl, noruego y terco como una mula, decidió, mientras se acortaba su estadía académica en Nueva York, asumir el desafío que le propusieron sus detractores cuando se animó a compartir los resultados de sus investigaciones sobre el poblamiento de las islas polinésicas.

Para el paracaidista de la fuerza aérea de Noruega en combate contra los nazis y hasta antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, inquieto estudiante de biología, el poblamiento de esa miríada de diminutas islas sobre un mar infinito debió llevarse a cabo por vía marítima, cuando marineros intrépidos provenientes del actual territorio peruano se montaron en  balsas de madera y totora similares a las que los españoles divisaron en Tumbes al inició la conquista de estas tierras para surcar el mar Pacífico en busca de otros reinos.

Heyerdahl diez años antes de su intrépida decisión, mientras realizaba estudios de zoología en las islas Marquesas, había recogido el relato que Tei Tetua, un anciano de Fatu Hiva, le refirió como quien habla de cualquier cosa: “Tiki, le dijo…que era jefe y era dios fue el que trajo a mis antepasados a estas islas donde ahora vivimos. Antes vivíamos en un gran país al lado del mar”. Impresionado por esa revelación y los cabos que desde entonces fue atando, el noruego tuvo los elementos suficientes para tejer una hipótesis a contracorriente de las que se esbozaban por esos años –y ahora- para explicar el poblamiento de la Polinesia.

La guerra interrumpió por un tiempo sus elucubraciones, pero cuando ésta llegó a su fin, el soldado por compromiso retomó sus inquietudes y luego de varios tropezones y discusiones con los miembros del Club de Exploradores de Nueva York se lanza a probar con sus propios medios la factibilidad de un viaje similar varios siglos después de la travesía de los hijos de Kon Tiki Viracocha. De viajes extremos el aventurero sabía mucho.

Los expedicionarios, de izq. a derecha: Knut Haugland, Bengt Danielsson, Heyerdahl, Erik Hesselberg, Torstein Raaby y Herman Watzinger. Expertos en antropología y en navegación consideraron muy improbable que la balsa pudiese llegar a la meta. Muchos argumentaron que se desintegraría después de dos semanas y que la expedición podría asemejarse a una acción suicida. Se equivocaron: la balsa y su tripulación continúan siendo inmortales.

“La expedición de la Kon Tiki” es el relato épico que cayó en mis manos cuando andaba por lo doce años –o de repente menos- y devoré en un santiamén. La biblioteca de mi casa guardaba entre sus pliegues varios lomos grises de los famosos condensados, novelas condensadas me imagino, de Selecciones de Reader´s Digest: “Cortés y Marina”, “La leona de dos mundos” y “Kon Tiki”, fueron para mí lo que para otros mozalbetes de mi generación debieron ser las novelas de aventura de Salgari, Stevenson o Julio Verne.

Se los recomiendo si no lo han leído. Decenas de millones de lectores en 7o lenguas diferentes lo han hecho desde que se publicó la primera edición del viaje magallánico del noruego  de 33 años y sus cinco compinches suecos, casi todos menores que él. La narración empieza en Nueva York, donde Heyerdahl busca y consigue el apoyo financiero de sus patrocinadores; se traslada después a Quito, lugar elegido para conseguir la madera balsa con la que construyen en los astilleros de la marina peruana en el Callao la embarcación “prehispánica”. En Lima, “una de las capitales más bellas del planeta”, afirmará el navegante, se reúnen con el presidente Bustamante y Rivero y son despedidos con las fanfarrias propias de un acontecimiento oficial.

El resto de la narración transcurre sobre los tablones de una balsa impulsada, ya lo he mencionado, por los vientos, las corrientes y la buena fortuna. Y entre ballenas, tiburones, tiburones ballenas y una fauna pelágica impresionante poblada de cangrejos, aves de vuelos también magallánicos y la presencia permanente de delfines –el noruego los llama dorados-, peces voladores, pulpos, atunes, rayas de tamaños descomunales y unas misteriosas sombras que se escondían en la profundidad del océano insondable que hubieran hecho temblar al maléfico capitán Ahab.

Heyerdahl y los suyos finalmente se tropezaron con un arrecife inoportuno en el atolón Rairoa, en el archipiélago Tuamotu, en la Polinesia francesa convirtiendo en legendaria una proeza de titanes. Hace más de veinte años escribí, cuando el capitán todavía estaba entre nosotros: “La hazaña que concluyeron cien días después es una de las proezas más bellas y decididas de nuestro tiempo. Un canto a la obstinación y a la honradez científica. Su contribución a la ciencia y a la historia del Perú ha sido inmensa y –como pocas veces sucede con los forjadores de la peruanidad- el reconocimiento a su obra y valía es unánime. El viejo Thor puede estar seguro que sus predicciones han sido confirmadas. En las reales tumbas de Sipán, los arqueólogos pudieron observar admirados lapislázuli chileno y concha spondylus del Ecuador. Pruebas elocuentes de la extraordinaria capacidad de la navegación marítima en el antiguo Perú”.

Qué importa que otro tozudo, Wade Davis, haya escrito sobre las peripecias del aventurero lo siguiente: “De hecho fue tanta la ligereza de Heyerdahl al hacer sus interpretaciones, y tan descabellado su manejo de la cronología que su teoría, como llegó a sugerirlo un estudioso del tema, sería equivalente a que un historiador contemporáneo se atreviera a alegar que Estados Unidos fue descubierta durante los últimos años del imperio romano por Enrique VIII, que introdujo entre los rústicos nativos el Ford Thunderbird”.

Bah, pamplinas Wade, yo le sigo creyendo al inmortal capitán de la Kon Tiki.

La expedición de la Kon Tiki
Editorial Juventud, 1986
238 páginas

La Kon Tiki descansa en el Museo de Oslo.
 

Deja un comentario