Ahorita / Martín Caparrós

“Siempre es difícil contar el presente”, ha comentado Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) al iniciar este simpatiquísimo tratado a cuenta gotas sobre el fin de la Edad del Fuego. O el inicio de la Edad de la Concupiscencia, para llamar de alguna manera a estos tiempos de banalidades infinitas y mentiras verdaderas que nos ha tocado vivir. O padecer. No le creo. No conozco a otro periodista en nuestra lengua con tantos recursos como los suyos para hablar del presente sin caer en los lugares comunes, el extremismo en boga o en las florituras tan propias del nuevo periodismo que de tan bueno esta convirtiéndose en soporífero.

Y en Ahorita, el último de sus trabajos publicado por Anagrama, la pluma de Caparrós, que gozamos y no nos cansamos de gozar casi diariamente a través de sus columnas por todo el mundo, alcanza alturas insospechadas. El libro que les presento es una especie de manual de prosa poética puesta al servicio del tocamiento –qué fea palabra- de los hechos y conductas que modelan esta era ígnea  llena de sortilegios: por las páginas de este ensayo heterodoxo como su autor, compuesto por algunos retazos de su colaboración última en El País,  el argentino se ocupa de los selfies, los viajes, el consumo, la vejez en tiempos de hedonismo juvenil , el ecologismo y el eco-business, las tecnologías insulsas, la obesidad, el tiempo libre, el gusto por el fin de semana y otras monsergas que construyen el  renovado  american way of life planetario de los terrícolas de la posverdad.

Caparrós, he leído sus últimas entrevistas, que por cierto son tan prolíficas como sus artículos, cuenta que ya no tiene casa, ni cosas que le impidan moverse apenas se le antoja. Eso dice, al menos es lo que sus seguidores queremos creer. Pero a falta de aquello tiene data, muchísima data. Qué tipo, por dios, para manejar con tanta desenvoltura los datos y las estadísticas que por lo general suelen amontonarse, inánimes, en las mesas de redacción (si es que todavía existen) y en documentos oficiales pero que en sus manos adquieren protagonismo y se llenan de anfo. Para hablar del consumismo, por ejemplo, dice como quien se acomoda en la mesa del café del barrio que “en Inglaterra un niño de diez años promedio posee 238 juguetes, aunque juega con diez o doce. Y la investigación de una aseguradora inglesa dice que nos pasamos diez minutos promedio buscando cosas que perdimos: en una vida pueden ser 200 días perdidos en la búsqueda. Casi nada, comparados con los 2,000 que pasamos de compras”.

Y como esas perlas, Ahorita, ese mexicanismo tan exacto para hablar en  presente presentísimo  (a la vez  peruanísimo), trae en abundancia. Claro, sin que el lector se atosigue  con tantos números como en El Hambre, el metatexto de 610 páginas que Caparrós pergeñó para perorar sobre el flagelo que acompaña a nuestra especie desde el paleolítico. Allí, fiel a su estilo de escudriñador de data,  comentó: “Si usted se toma el trabajo de leer este libro y lo lee en –digamos- ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo, esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado”. Me saco el sombrero, cuánto manejo de la pluma  para conjugar info con buena narrativa. Ese es el sello Caparrós que me gusta. Caparrós en modo Siri (“cada vez paso más tiempo charloteando con Siri”) y cada vez más Caparrós.

Sobre el particular el polígrafo ha comentado que suele tener entre 200 a 300 libros en el ordenador al alcance de sus pesquisas. Y mientras usted lee estas líneas, el autor de Contra el cambio, me lo imagino, debe estar rebuscando en las páginas más insulsas del New York Times, Le Monde, L’Observattore Romano o el Granma, lo que sea: un chiste, un trascendido, una noticia vacua- para convertir lo que alguien dijo o quiso decir en tono menor en dinamita pura: “Cada año mueren en accidentes vitales alrededor del mundo 1.300.000 personas: unas 35.00 cada día, más de dos cada minuto todos los minutos. El terrorismo, las guerras y los crímenes sumados matan menos. El automóvil es cosa de ricos pero sus muertes no: nueve de cada diez ocurren en los países de ingreso medio y bajo, que solo tienen la mitad de los autos del mundo”.

O “tratándose de amor, el negocio es seguro. Stanley Coren, afamado perrista americano, calcula que nos acompañan unos 600 millones de canes -y que el mundo gasta más de 100.000 millones al año en mantenerlos. Solo en Estados Unidos hay uno cada cuatro habitantes; en Europa hay cada diez, igual que en China. Cada año los ingleses, por ejemplo, compran un millón de perros nuevos -y se indignan porque muchos son contrabandeados desde criaderos de Europa Oriental que, dicen, no cumplen con las reglas mínimas de sanidad y humanidad”.

Ah, me olvidaba, Caparrós termina la reflexión indicando que los perros producen 300.000 toneladas de mierda -así se expresan los porteños- cada día mientras que cada 24 horas 25 mil personas mueren de hambre en el planeta. Y que los cien mil millones de dólares que se gastan en cuidar a las benditas mascotas “son el triple de dinero que, según la FAO, alcanzaría para eliminar en pocos años el hambre más mortífera”. 

En suma, un muy bien armado libro que intenta entender el fin de una era y el advenimiento de otra. Una que no va a tener las prisas que tenemos ahorita por consumirlo todo. Creo. Espero.

Ahorita
Apuntes sobre el fin de la Era del Fuego
Nuevos Cuadernos Anagrama
125 páginas
2019