Guillermo Parvex / La muerte acampa en Chorrillos

Mi opinión

Recomiendo la lectura desapasionada de este librito que ha puesto en circulación en nuestro país Penguin Randon House: vale la pena. El trabajo realizado por Guillermo Parvex, el casual albacea del soldado escritor, es pulcrísimo; con absoluta precisión ha rescatado del silencio un alegato por la paz que es también una impugnación de la guerra como obligado escollo para lograr fines superiores.

Y la muerte, la maldita e insistente muerte, no solo acampó en Chorrillos, donde el autor de este singular testimonio combatió con bravura y comprensible encono, también lo hizo en el Campo de la Alianza, en Tarapacá, en el morro de Arica, en las breñas de los Andes centrales, en cuanto muñón del territorio peruano sirviera de escenario para una abominable contienda bélica que a pesar del tiempo transcurrido aún sigue sacando chispas.

A ver: hago un recuento antes de presentar a José Miguel Varela Valencia (1856-1941) , soldado del regimiento de Granaderos a Caballo del ejército chileno durante las campañas de Tarapacá, Lima y  la Sierra del Perú,  testigo de excepción del drama vivido por los habitantes de un país -el nuestro- martirizado por su historia última y las miserias de sus clases dominantes. Sus memorias, mejor dicho, los capítulos dedicados a relatar su participación en la guerra, acaban de ser editadas en nuestro país luego del éxito que precedió a la publicación en Santiago del libro “Un veterano de tres guerras”, el recuerdo de sus años de combatiente durante el malhadado conflicto,  la “pacificación” de la Araucanía y la guerra civil de 1891 .

En abril de 1879 estalló la guerra entre Chile, Perú y Bolivia, un conflicto alentado por los políticos de entonces y el capital internacional, una guerra fratricida que despojó del litoral a los bolivianos y sirvió también para mutilar buena parte del territorio del infinito sur alto-peruano, entre otras tragedias. Sobre el desarrollo de la conflagración hay miles de páginas dando vueltas por todas partes. Lo menciono porque en un tiempo, yo también fui uno de sus comentaristas: en “Los años difíciles:1865-1919”, un librito de 1990, me ocupé con entusiasmo de este acontecimiento visceral y tan manoseado de nuestro proceso histórico; también en una serie de artículos que llegué a publicar en la página editorial del fenecido diario El Sol de Lima.

Allí están esos bocetos para entender mi posición: la guerra que nos contaron entre un país militarizado en extremo –Chile- y dos estados víctimas de su prepotencia imperial-Perú y Bolivia- no fue tal. La llamada Guerra del Pacífico fue sobre todo un concierto, mutuo, tripartito, de miserias, errores y sinvergüencerías al por mayor. Lo supe leyendo con espíritu crítico las fuentes disponibles en uno y otro país. Y de esas, recuerdo en particular las memorias de José Francisco Vergara, poderoso civil a cargo del ministerio de Guerra chileno en el 79, que describe a un ejército invasor excepto de luces que estuvo a punto de naufragar en el encrespado mar que debía llevarlos a la costa peruana y que se volvió a extraviar en los desiertos que rodeaban las salitreras y puertos sometidos.

De allí que el relato del abogado Varela, asimilado a los 22 años por voluntad propia al ejército de su país, resulte un testimonio personal y valiosísimo que debiera revisarse para seguir avanzando en la desmitificación de una contienda que solo ha servido para encrespar pasiones y ocultar estulticias. O abonar a favor de un armamentismo encargado de adular a gobernantes corruptos y a una clase militar inepta y excesivamente poderosa.

La guerra es una impostura y sus héroes siempre son de carne y hueso: tontamente mortales. Son los figurantes de una tragicomedia urdida por los poderosos que solo sabe de víctimas, de miles de víctimas. Varela los reconoce sobre los campos repletos de osamentas y las piras de cadáveres ardiendo sobre un territorio que alguna vez fue bello en exceso.

De su actuación en la fallida defensa de Lima vuelve a mencionar la facilidad con que se imponen las fuerzas de su país y los excesos cometidos por una tropa ebria y en evidente descontrol que repitió en Chorrillos y Miraflores, ante la impotencia de su oficialidad, el mismo comportamiento criminal que había mostrado meses antes en las campañas del sur. Justifica su proceder –qué ejército victorioso no lo hace- repasando la ferocidad ejercida también desde el campo contrario.

El soldado que llegó a alcanzar los grados de teniente y sargento en los días aciagos de la ocupación, ha trazado en sus memorias un certero retrato de Ricardo Palma, el responsable de la Biblioteca de Lima que intenta evitar a como dé lugar la sustracción de los libros que el gobierno de Chile dispuso tomar como execrable reparación de guerra. Refiere que el tradicionalista ocultaba en el día el material más valioso con el propósito de evitar su pérdida: “Nunca le reproché por el ocultamiento que hacía de esos libros y él tampoco me reclamó nunca por esos allanamientos nocturnos. Era casi un juego sin diálogos”, comenta. Usos son de la guerra, vencer o ser vencidos.

Recomiendo la lectura desapasionada de este librito que ha puesto en circulación en nuestro país Penguin Randon House: vale la pena. El trabajo realizado por Guillermo Parvex, el casual albacea del soldado escritor, es pulcrísimo; con absoluta precisión ha rescatado del silencio un alegato por la paz que es también una impugnación de la guerra como obligado escollo para lograr fines superiores. Para mí, después de haber navegado muchos años por los intersticios de la contienda bélica de 1879, me queda claro que su estudio es válido si es que nos sirve para entender que los campos donde acamparon para siempre los soldados de nuestras guerras no nos son de utilidad, necesariamente, para entrever el futuro que nos ha llegado.

Otras son las guerras que nos quedan por batallar, así que a otra cosa…

La muerte acampa en Chorrillos
Guillermo Parvex
Penguin Random House Grupo Editorial, 2018
290 pp.

Oficiales del Regimiento de Granaderos a Caballo en Arica en 1880. José Miguel Varela es quien está de pie al final del grupo, a la derecha.