Qué son las lomas de los desiertos de Chile y Perú y cómo es su riqueza de plantas únicas en el mundo

Daniel Gonzalez para BBC News Mundo

Mi opinión

Las lomas costeras, apuntó hace algunos años Marc Dourojeanni, fueron, en tiempos del Antiguo Perú, las primeras áreas protegidas de nuestro territorio. En ellas, nuestros antepasados se esmeraron en asegurar la provisión de agua para las ciudades que fueron poblado y, el añadido es mío, entendieron como nadie los ciclos de la vida de las plantas que llegaron a domesticar con tanta sapiencia.

Durante el señorío ichma, poco antes de la llegada de los incas a estos valles, lo han señalado Pilar Ortiz de Zevallos y Gilda Cogorno en “La Lima que encontró Pizarro”, un coqueto y muy bien informado libro que recomiendo leer, ya vivían en los contornos de la ciudad refundada por el conquistador extremeño entre 180 mil y 210 mil habitantes.

Y todos bajo el manto de la misma niebla que viniendo desde el mar posibilitaba la existencia de esos prados en medio del desierto más seco del planeta que hemos convenido en llamar lomas.

En lo que va de la temporada lomera, que como he comentado en otras notas se inició este año en junio, mi cosecha no ha sido la que esperaba: apenas he podido recorrer las de Lúcumo –en las cercanías del centro poblado Quebrada Verde- y las de Quebrada Río Seco, en Pachacamac, recientemente convertida en un Área de Conservación Privada y claro, de soslayo y a la distancia, las de Cicazos, en San Bartolo y las que se dejan ver entre Pucusana y Mala, al sur de Lima.

Poco recorrido, a decir verdad, para quien tiene la suerte de vivir en una ciudad rodeada de lomas y en la misma costa donde se da el extraordinario fenómeno natural que ha empezado a concitar, felizmente, la atención de vecinos y científicos.

Las lomas que se extienden a lo largo de 3,000 kilómetros del litoral del Pacífico sudamericano –exactamente entre la península de Illescas, en Piura y el Parque Nacional Llanos de Challe, en Chile- acaban de ser mapeadas con exactitud por un equipo compuesto por investigadores peruanos e ingleses, ligados algunos a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y al Real Jardín Botánico de Kew de Londres, que determinaron con exactitud su extensión real: 17,000 kilómetros cuadrados, cuatro veces más de lo que se sabía.

Una constatación que debe llenarnos de alegría. Podemos afirmar que, a pesar de la degradación y la acelerada pérdida de sus espacios debido al crecimiento a la mala de nuestras ciudades, el ecosistema que deslumbró a Raimondi, Weberbauer, Ferreyra, por citar solo algunos nombres de científicos notables, sigue allí, inquebrantable, acompañándonos con su belleza escénica y brindándonos los extraordinarios servicios ambientales que nos presta desde tiempos inmemoriales.

Las lomas del Perú y Chile, que son altamente sensibles a las pequeñas fluctuaciones del clima y las corrientes marinas –como sucede con los arrecifes coralinos- proporcionan un sistema de “alerta temprana” utilísimo para encontrar las respuestas que debemos dar al cambio climático que nos aflige, acotan los investigadores que se han ocupado de mapear su distribución espacial. De allí la importancia de seguir estudiándolas transfronterizamente y, claro, desde el periodismo ambiental, el continuar visualizando el papel que han cumplido y siguen cumpliendo en la ecología de esta parte del continente y en la vida de sus pobladores. No hay que olvidarlo: el 58 % de la población de este país infinito, lo dicen los expertos que se han reunido para investigar estos espacios naturales y únicos en todo el planeta, vive al lado de una loma. Es tiempo que lo sepa.

Extendiéndose a lo largo de la costa del Pacífico de Perú y Chile, los hiperáridos desiertos de Sechura y Atacama son considerados los más secos del mundo y de los más antiguos.

Pero cada año, a pesar de su aridez, las colinas se tornan verdes y se llenan de flores.

Estas “islas de vegetación” que surgen en medio del paisaje desértico son conocidas como lomas en Perú u “oasis de niebla” en Chile.

Y se les llama así porque las plantas dependen casi exclusivamente de la niebla proveniente del mar.