Por Stefano Cárdenas / Grupo Viajeros, especial para Solo para Viajeros
Santuario Histórico de Machupicchu, Cusco.
Hay lugares donde enseñar no puede ser un acto superficial. Donde hablar de conservación, sin transformar la relación con el territorio, es —en el mejor de los casos— insuficiente. En la escuela de Qoriwayrachina, dentro del Santuario Histórico de Machupicchu, decidí impulsar un taller de agricultura orgánica y saberes ancestrales con un objetivo claro: entender el estado actual de la conciencia de quienes serán nuestros futuros líderes. Así, un grupo de niños y niñas participó en una experiencia que buscó ir más allá del aprendizaje técnico, incorporando también una dimensión de conexión emocional con su entorno. Sin embargo, más allá de la actividad en sí, la pregunta persiste: ¿estamos formando verdaderos guardianes del territorio o simplemente reproduciendo discursos que rara vez se sostienen en el tiempo?
Sembrar más que alimentos: el riesgo de la educación simbólica
La jornada se inició con tierra en las manos, con semillas y con historias. Un punto de partida necesario. Sin embargo, en un contexto donde la educación ambiental suele quedarse en lo declarativo, el desafío es mayor: evitar que estos espacios se conviertan en experiencias aisladas sin continuidad.
Sembrar no puede ser una actividad puntual. Tiene que ser un proceso. Porque enseñar agricultura orgánica sin seguimiento, sin integración en la vida cotidiana y sin articulación con políticas locales corre el riesgo de convertirse en una experiencia bien intencionada, pero insuficiente frente a la escala de los problemas ambientales actuales.
Saberes ancestrales: entre la reivindicación y la superficialidad
Recuperar conocimientos ancestrales es clave, pero también exige rigor. Existe una tendencia creciente a romantizar estos saberes sin comprenderlos en su complejidad. En territorios como Machu Picchu, donde las prácticas agrícolas tradicionales fueron sistemas altamente sofisticados, el reto no es solo mencionarlos, sino integrarlos de manera real en los procesos educativos.
De lo contrario, el saber ancestral se convierte en recurso discursivo, no en herramienta viva de sostenibilidad.

Conexión emocional: condición necesaria, pero no suficiente
El componente emocional del taller fue, sin duda, uno de sus puntos más fuertes. La relación afectiva con el bosque es fundamental. No se protege lo que no se siente. Pero sentir no basta.
La conservación requiere también conocimiento técnico, criterio y capacidad de decisión. Apostar únicamente por la conexión emocional sin complementar con herramientas concretas puede generar sensibilidad, pero no necesariamente acción efectiva a largo plazo.
Educar en Machupicchu: una responsabilidad mayor
El Santuario Histórico de Machupicchu no es un espacio cualquiera. Es un territorio bajo presión constante: turismo masivo, cambio climático, fragmentación ecológica. En ese contexto, la educación ambiental no puede operar a pequeña escala ni con enfoques fragmentados.
Cada intervención educativa debería responder a una estrategia mayor de conservación. Formar niños conscientes no es solo deseable, es urgente. Pero requiere continuidad, inversión y visión a largo plazo.
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Trabajo en campo: compromiso que sostiene, sistema que aún falta
El rol de los guardaparques Oswaldo y Frank evidencia un compromiso real en territorio. Su presencia, al respaldo institucional de la Ing. Emilene Vizcarra, especialista del Santuario Historico, demuestra que existen esfuerzos valiosos.
Sin embargo, también deja en evidencia una realidad más amplia: muchas de estas iniciativas dependen del compromiso individual, del esfuerzo muchas veces de la sociedad civil más que de sistemas estructurados. Y eso, en términos de política pública, es una debilidad.

Más allá del taller: la urgencia de escalar la educación ambiental
Lo ocurrido en Qoriwayrachina no debería ser la excepción, sino la regla. Pero para que eso ocurra, la educación ambiental debe dejar de ser un componente accesorio y pasar a ser eje central en la gestión de áreas naturales protegidas.
Esto implica financiamiento, currículos adaptados al territorio, seguimiento y evaluación real de impacto. Sin esos componentes, los esfuerzos seguirán siendo valiosos, pero dispersos.
Comentario de cierre
Desde el punto de vista personal, este tipo de iniciativas representan una oportunidad. Pero también una advertencia. No basta con hacer. Hay que sostener. No basta con enseñar. Hay que transformar.
Machupicchu no necesita más actividades simbólicas. Necesita procesos. Necesita generaciones que no solo amen su territorio, sino que tengan las herramientas para defenderlo frente a presiones reales.
Porque en un contexto donde la conservación compite con intereses económicos y decisiones políticas complejas, la educación ambiental no puede ser ingenua. Tiene que ser estratégica.
Seguimos haciendo todo por la conservación. Pero hacer todo implica también cuestionar cómo lo estamos haciendo.
Conservar para investigar, investigar para conservar, se ha vuelto mi mantra personal para poder seguir llegando cada vez un poco más lejos, el camino será largo.

