¿Y SI RETIRAMOS LAS REJAS DE LOS PARQUES DE NUESTRAS CIUDADES?

Joaquín Randall: “Todas (nuestras empresas) aportan a crear comunidad”

Mi opinión

Cuando pienso en turismo sostenible en el Perú y también cuando me empiezo a entusiasmar con las lucecitas que se van prendiendo por todas partes para iluminar la cultura viajera, eso que con un poco de vergüenza ajena empecé a llamar viajerismo, pienso en Joaquín Randall, indioblanco de Ollantaytambo y en las empresas que ha ido creando a partir del emprendedurismo de sus padres, dos mochileros que llegaron del hemisferio norte a inicios de los años setenta al Cusco para sembrar ilusiones y respeto por lo nuestro, por la cultura y el suelo y las montañas y el cielo de los hombres y mujeres que habitan (y habitaron) el Valle Sagrado de los Incas.

Robert Randall, papá, y Wendy Weeks, la madre de Joaquín e Ishmael, sus retoños, sabían lo que estaban buscando cuando clavaron pica en Flandes en Ollantaytambo, sabían que en alguna parte del planeta que habitaban había un territorio propicio para construir el paraíso y desde su refugio al costadito de la ciudad viviente, empezaron a armar una revolución que sus críos, felizmente, han hecho suya. Una revolución que tiene como fundamentos el respeto por la Tierra, la búsqueda incansable del buen vivir para sus hijos y harta innovación. Y de la buena, esa que se marida con el dinero bien ganado y el compartir los frutos con la gente: con los trabajadores y la población local.

En estos días me ha tocado debatir con quienes defienden el turismo adrenalínico que viene ganando terreno por todo el país, ese que le rinde tributo a las cuatrimotos a toda velocidad por caminos rurales y senderos para caminantes y que ha hecho del selfie –de preferencia en un zipline- el leit motiv para salir de casa. Y recibir, de paso, los insultos de una mesnada de mozalbetes que presumo no han oído hablar de capacidad de carga, de sostenibilidad, de cambio climático, de ecosistemas frágiles, de tejido social. De historia del Perú, de comunidades campesinas, de amor por lo nuestro, de sumay kawsay.

En fin, no digo más porque en esa batalla en defensa de un turismo sensato, respetuoso de la gente, fueron muchos los se auparon en la trinchera en la que me suelo encontrar con Joaquín Randall & Co.
Les dejo la bonita nota que ha publicado Perú 21 sobre este wayqui de acero inoxidable.

Lo digo siempre, la tribu cada día se hace más fuerte y aunque las tareas por delante son inmensas, el camino que nos toca transitar está repleto de cantutas y flores amarillitas de huaranguay. Abrazo Joaco, #OtroMundoesPosible

Nació en la casa al lado del antiguo hotel del pueblo. Su padre fue el partero.

Su madre vive hasta la fecha en aquella casa, que hoy es parte del albergue que Joaquín Randall administra, 43 años después. Hospedaje que es parte de las empresas que él ha gestado. Entre ellas, contabilizamos un hotel en la Ciudad Imperial; y en Ollantaytambo, la Destilería Andina; el colegio Kuska School, que fundó con su esposa y amigos; la marca de café Mayu; el restaurante Chuncho y el programa de reforestación Valle Sagrado Verde. Dice que sus ideas nacen de la curiosidad. “Y si nadie las hace, siento la obligación de hacerlas”, me dice desde la carretera, viaja de Ollantaytambo a la ciudad del Cusco.

Sus padres llegaron de Estados Unidos. Él de California y ella de Seattle. Viajaron por todo Latinoamérica. Aventura que empezó en 1974. Pisaron el Perú por primera vez y detuvieron la marcha en Ollantaytambo, luego de dos años. Un escritor y una pintora.

-¿Por qué tus padres dejaron Estados Unidos?
Eran parte de la generación que buscaba otro modelo de vida, lejos del capitalismo puro y duro que se vivía en Estados Unidos en esa época. Pero mi padre falleció cuando yo era niño.

-¿Te han contado qué los atrapó del Cusco?
Al buscar una manera más simple de vida, les atrajo mucho el paisaje, la cultura, la tradición. Ellos eran viajeros. Se asentaron ahí y empezaron a hacer su vida de bohemios, de artistas. Pero se dieron cuenta de que no podían hacer vida sin integrarse a la comunidad y rápidamente lo hicieron. Tuvieron sus compadres, tuvieron sus hijos. Tengo un hermano mayor que nació en el 76 y yo nací en el 79. Asistimos a la escuela pública en Ollantaytambo e hicimos nuestras amistades allá. Decidieron quedarse y tuvieron la oportunidad de hacer una vida que les permitía ser artistas y vivir del turismo. En un inicio el hospedaje era un sitio para mochileros. Con los años hemos ido cambiando y desarrollando, pero ellos de algún modo fueron pioneros del turismo, tal vez sin pretenderlo. Ellos fundaron la segunda empresa de trekking, por lo menos del Cusco.

-Con padres norteamericanos y siendo del Cusco, ¿dónde estaba tu identidad?
Éramos bilingües. Hablábamos inglés en casa y castellano en la calle. Pero también vivíamos con una familia de Ollantaytambo, donde eran siete hermanos, que fueron como hermanos nuestros. Entonces, no éramos ajenos al pueblo. Aprendimos algo de quechua, participábamos en las danzas, las fiestas, en el trabajo en el campo. Pero claro, viajábamos a EE.UU. y era un shock cultural fortísimo, porque llegábamos a la casa de mis abuelos junto al campo de golf y la piscina.

-¿No pensaste en dejar Cusco y vivir en EE.UU.?
Mi hermano sí se mudó a EE.UU. a los 12 años. Se fue a vivir con unos tíos. Y me quedé solo con mi madre. Pero en esa época había más inversiones turísticas y en el año 90, una época muy caótica, fuimos a Estados Unidos, visitamos a unos amigos que nos ofrecieron una casa, pero la verdad que no nos sentíamos cómodos, extrañábamos Ollantaytambo, el calor humano que se sentía. Entonces, nos quedamos en Cusco. Cuando cumplí 16 años, volví a Estados Unidos para hacer un año más de secundaria e hice la universidad. Y ya luego retorné al Perú.

-¿Por qué volviste?
Cada uno encuentra su lugar. Terminé la universidad y había un par de ofertas de trabajo, pero no me llamaban la atención, y tenía ansias de volver. Dije: “voy a regresar a mi pueblo”. Mi madre vivía sola en Ollantaytambo. Hice mis estudios enfocados en temas de sostenibilidad y gestión ambiental; cuando volví a Ollantaytambo, vi que había oportunidades de tratar de hacer cosas por el medio ambiente, gestión de desarrollo económico y cultural.

-O tal vez, finalmente, te quedaste en Ollantaytambo por la memoria de tu padre, él quizá tuvo el anhelo de quedarse.
Él está enterrado en el cementerio de Ollantaytambo, siempre vamos a visitarlo. Creo que él amaba más que nadie la cultura andina. Le gustaba mucho la cultura quechua, las tradiciones y tratar de entender el legado de los incas.

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-Ahora, tus padres llegan como huyendo del mundo capitalista. Y al final, de alguna forma, has edificado un pequeño mundo capitalista.
(Risas). Irónicamente; y sí, hemos sido precursores del capitalismo acá (risas), al menos del espíritu de emprendimiento. Aunque mis papás, de algún modo, lo empezaron, pese a que su expectativa era de subsistencia, mientras que yo sí tengo una perspectiva de crecimiento económico y hacemos un capitalismo responsable, estamos comprometidos con nuestra comunidad. Todas (nuestras empresas) aportan a crear comunidad y compromiso con el lugar.

-¿Qué otro frente te falta abrir?
Estamos en un proceso de consolidar la empresa. Y me gustaría contribuir a la sostenibilidad de nuestra comunidad. Me gustan los temas de ordenamiento territorial, conservación y protección de la naturaleza, planificación urbana, la gestión pública.

-¿En algún momento entrar a la política?
Soy miembro del ente gestor de Ollantaytambo, que tiene un propósito de guiar las políticas del distrito. Pero directamente, como candidato, no es mi propósito; me gusta más ser aliado del sector público y privado.

-¿Tu padre qué pensaría?
Mi padre era bastante académico, tenía una interpretación más intelectual y creo que por ese lado a veces me siento corto, porque no he seguido esa línea, soy más pragmático; seguramente tendría muchas críticas (ríe).

-¿Cómo te defenderías?
Él apreciaba mucho la capacidad administrativa de los incas, que tenían una visión macro de cómo hacer que funcionen las cosas. Y yo estoy tratando de aportar a que las cosas funcionen mejor, a nivel social, económico y medioambiental.

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Autoficha

– “Soy Joaquín Randall Weeks, tengo 43 años. Nací en Ollantaytambo. Estudié Desarrollo Sostenible en Estados Unidos, luego de lo cual ya trabajé. En la ciudad del Cusco tenemos el hostal El Balcón; en Ollantaytambo, el hotel El Albergue y Destilería Andina”.

– “También tenemos el restaurante Chuncho, un proyecto de comida local, tradicional, usando 100% productos locales; el café Mayu, en la estación del tren está la cafetería y nosotros mismos tostamos el café. Y bueno, Destilería Andina tiene las marcas Caña Alta y Matacuy”.

– “También exportamos a Europa y Estados Unidos. El Matacuy es un destilado de caña de azúcar que está infusionado con una estación de más de 35 botánicos, y es una bebida tradicional del Cusco, que se toma después de una comida y cada familia tiene su receta; la nuestra, es la receta de mi madre”.

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