Mi opinión
En el Día de las Madres quisimos saber cómo pasan y sienten el día las madres que conservan a Gaia, nuestra madre universal, el origen de lo que somos y de lo que seremos, para saberlo buscamos a un grupo de ellas y les lanzamos la pregunta. En este día especial queremos hacer un alto en nuestro trabajo para festejarlas, apapacharlas, decirles que sin su empuje y sin sus convicciones nada de lo que soñamos podremos conseguirlo. Con ellas, #OtroMundoesPosible.
Un especial por el Día de la Madre a cargo de Stefano Cárdenas
En tu experiencia como madre y trabajando en conservación comunal en la Amazonía, ¿cómo se redefine el acto de cuidar cuando no solo se trata de tus hijos, sino también del territorio que los forma y les dará futuro?
No es tan diferente, la Madre Tierra nos cuida, nos provee, nos escucha, nos muestra el camino; yo vengo de un linaje de mujeres amazónicas poderosas, con un contacto estrecho y respetuoso con el territorio, con una visión del cuidado integral y profundamente arraigada en la reciprocidad.
Como madre, entiendes que el bienestar de tus hijos es inseparable del entorno que los rodea. Cuidar el territorio es maternar a mayor escala; es entender que la Amazonía no es algo externo a nosotros, somos parte de ella, somos una unidad indisoluble, somos un sistema vivo perfecta y armoniosamente diseñado, y que cuidar el territorio es la forma más amorosa de cuidar a mis hijas, de cuidarnos a nosotros mismos. Por eso en todos estos más de 30 años de compromiso con la Amazonía y la naturaleza en general me ha acompañado el lema de conservar la vida para compartirla con todas y todos, porque, no solo conservamos territorio y sus recursos, conservamos VIDA en todas sus formas.
Pero también es un acto político de justicia social, yo he extendido al colectivo que me ha acompañado, generosa y desprendidamente, el propósito de que mis hijas, nuestros hijos, puedan vivir en un mundo libre, justo, sostenible, solidario, feliz.
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En un contexto donde la conservación —especialmente desde lo comunitario— suele ser invisibilizada, ¿qué te sostiene en los momentos de desgaste? ¿Y cómo logras traducir ese esfuerzo en un mensaje que tus hijos puedan comprender y heredar?
Como madre me sostienen, sin duda alguna, mis hijas, que ya son adultas, las veo tan comprometidas, tan activistas, con una sensibilidad y empatía social tan arraigada que me conmueven infinitamente, si algo bueno he hecho en mi vida, son ellas.
Como profesional que ha dedicado su vida a la conservación y al bienestar de las comunidades, me sostiene la terquedad colectiva. Veo a las más de cuarena mil personas que forman parte de la Red “Amazonía/Perú Que Late”, que, a pesar de las amenazas y dificultades del día a día, siguen en pie. Cómo no levantarme y seguir poniéndole el corazón, si un propósito individual es ahora colectivo. Ese poder y valor que tiene cada persona de ser como la leyenda del colibrí, que aún sabiendo que no puede apagar el incendio solo, lleva agua en sus alitas, porque tiene la voluntad y el coraje de hacer su parte. Además, de todo el amor que me brindan y me sostiene, las palabras más cariñosas que he recibido en los momentos difíciles han sido de mujeres y hombres con quienes hemos caminado por trochas fangosas trepando montañas o cruzando aguajales, y nos hemos abrazado cuando lo hemos logrado. Y no es sacrificio, es coherencia.
Como ser humano, pues, cuando las cosas se ponen feas, tengo un arma poderosa que es el amor que le tengo a la vida, mi búsqueda constante e insaciable de nuevos conocimientos y herramientas para el bienestar de las personas y del planeta. Defiendo la alegría con uñas y dientes, para una mujer de fe, como yo, me sostiene la confianza a las nuevas generaciones, confío en que podemos hacerlo. Que cada vez somos más, por más difícil que esté el panorama, hemos sembrado miles de semillas en tierra fértil, veo como la mayoría de ellas florecen y dan frutos, que ahora en mi rol de observadora y atenta a ayudar cuando se requiera, me llena de orgullo y paz.

Mi corazón está lleno de amor
Mi alma de dicha plena
Me gusta seguir asombrándome en los caminos que ya recorrí antes
Si los territorios amazónicos con los que trabajas pudieran narrar tu historia a lo largo del tiempo, ¿qué dirían sobre tu rol como madre y como articuladora de procesos de conservación junto a las comunidades?
Guau, qué pregunta.
Si el territorio hablara, creo que no mencionaría cargos ni títulos; contaría la historia de una niña que caminaba por los bosques sin zapatos, bailaba bajo la lluvia, sonreía para la foto que el universo le tomaba cada vez que relampagueaba; amaba sus sueños de los viernes en la chacra acunada por ikaros en sesiones de ayahuasca, que su madre y tío compartían para curar; hablaba con las plantas, las estrellas y los insectos como sus mejores amigos; gozaba libremente cuando cruzaba montada en el lomo de un caballo los ríos; sentía ser parte del universo que lo asumía generoso y benefactor; agradecía que la abuela le preparara la sopa de picuro con harto sachaculantro y la yuca que se deshacía en la boca, solo porque era su favorita. Esa niña que fue arrebatada de su paraíso a una ciudad hostil y gris, y que recordando ese principio de reciprocidad que tanto le fascinaba, estudió biología solo para regresar, una mujer con una fe y una terquedad abrumadora, aun cuando le decían que era imposible siguió su corazón para apostar por la democratización de la conservación, haciéndola voluntaria y comunitaria.
Dirían que mis abrazos se sentían como el de una madre, que lo curan todo. Dirían que soy alguien en quien se puede confiar, que ama con todo el corazón, que no existen imposibles cuando lo que nos mueve es la bondad. Susurrarían que soy alguien que articula, integra y teje conexiones, vínculos de confianza, une voluntades y latidos. Contarían que mi voz ha sido un puente entre el arte y la ciencia, entre la gestión pública y la gestión comunitaria; que supe unir la ciencia con los conocimientos tradicionales, en un diálogo de saberes interminable, e hice que lo técnico y científico pareciera más fácil y accesible
Mi historia es la de alguien que simplemente decidió que maternar al territorio era la única forma posible de asegurar la permanencia de la VIDA. Dirían que nunca perdí mi capacidad de asombro y que era como la de una niña; que aprendí a escuchar el lenguaje de las raíces y el sentir de las comunidades antes de proponer soluciones. Dirían que mi maternidad no se quedó en casa, sino que caminó las trochas, traspasó las montañas y se sentó en las cocinas de mujeres sabias de las comunidades, que jugó partidos de vóley las tardes, navegó ríos torrentosos siempre con respeto y se bañó en las cascadas de sus amores. Y obvio, se referirían a la compañía eterna de una sonrisa amorosa, mas no complaciente, pues como la de una madre. Al fin y al cabo, creo que ese es el mejor de los roles, ser madre de mis hijas, de mi propósito de vida, del territorio y de las personas que lo cuidan.
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Si algún día tus hijas recorren esos mismos territorios que hoy contribuyes a proteger, ¿qué te gustaría que sintieran al descubrir, en silencio, todo lo que hiciste por ellos y por el futuro que habitarán?
Qué preguntas para más complejas Vamos por la última.
Me gustaría que sintieran que su madre fue humana, política y socialmente valiente, aún con miedo, enfrenté lo que tenía que enfrentar porque ahí estaban sus convicciones; que sintieran pertenencia y orgullo, porque todo lo hice con amor. Que al caminar bajo la sombra de esos árboles o al bañarse en esos ríos, al admirar la belleza de las orquídeas, y sean visitadas por un colibrí como mensajero de amor, sientan gratitud y amor por la vida. Me encantaría que dijeran: «Mi mamá estuvo aquí, se siente su toque, su aroma, su legado». Que cuando estén en los bosques se sientan en casa, rodeada de una familia, que va más allá de la parental.
Sientan también, que cada árbol en pie que puedan abrazar, es una batalla ganada en silencio, y a veces anónima. Que son más libres que la abuela y yo, su madre. Sientan que todo lo trabajado no fue impulsado por el odio o la rabia, sino por el amor. Que sientan esa sintonía armoniosa que las lleve a asumir con responsabilidad y generosidad lo que les toca en esta nueva parte del ciclo, convertirlo en uno virtuoso. Que sientan que el territorio las reconoce como suyas, y que yo y sus ancestras estamos con ellas en cada pedacito.
Me gustaría que sientan que mi paso por estos territorios no fue un trabajo, sino una ofrenda, fue vocación, fue misión de amar a mi prójimo, como a mí misma, entendiendo que el prójimo era todo el universo, todo lo hecho ha sido mi manera de decirles “las amo” ,“nos amo”. En la inmensidad del bosque puedan sentir mis abrazos, en ese lugar secreto, ellas saben dónde queda, y sepan que nunca, nunca estarán solas, yo estoy en cada pedacito de vida de los bosques y ríos, como parte de nuestra identidad, nuestra dignidad y nuestro legado.
